Por: Carlos Jaramillo Medina*

Si en el fabuloso mundo de la naturaleza los entes feos tienen la posibilidad de la convivencia con los seres bellos, por ejemplo la araña peluda viuda negra con el colibrí prisma de colores volador con GPS; en cambio, en la ciudad las obras de exquisito mal gusto, junto a las bellas, son banales, de consumo masivo, vulgares, ordinarias, presuntuosas, impertinentes, chillan o cantan desafinadas

El árbol navideño gigante, en mitad de la plaza San Francisco, se impone sobre la altura de la torre del templo y los edificios del entorno.

En el fabuloso mundo de la naturaleza los entes feos cumplen, a su modo, una tarea bella, y la araña, la lombriz, el moscardón, los grillos, el ratón, la lagartija… son otras tantas cifras de la clave del universo.

Jorge Carrera Andrade confiesa haber descubierto cualidades especiales en estos seres que no son incompatibles con los bonitos, porque todo en la naturaleza tiene su razón de ser y un valor trascendental. Con el estilo del micrograma, del texto breve, condensado y profundo, el poeta transmite la imagen con gran significado de estos seres feos de la naturaleza.

La araña: “Araña del suelo / charretera / caída del hombro del tiempo.
La lombriz: Sin cesar traza en la tierra / el rasgo largo, inconcluso / de una enigmática letra.
El moscardón: uva con alas / con tu mosto de silencio / el corazón se emborracha.
Los grillos: clavan su bandera azul los grillos / en el tope de la tarde / con martillitos de vidrio.
El ratón: oficial de taller / se pasa fabricando / virutas de papel / Pst… la S señorial / y la i de los libros /le gusta deletrear.
La lagartija: amuleto de plata / o diablillo con bocio / criatura del alba / memoria de las ruinas / fugaz mina animada / calofrío del campo / lagartija misántropa”.
En contraste, las obras feas realizadas por los hombres en la ciudad, lo no hecho por la naturaleza, tienen un carácter de mal gusto, kitsch, con falta de sensibilidad o baja calidad. Pretenden ser obras artísticas, replicando estilos refinados, pero solo consiguen falsas imitaciones para el consumo masivo.

Paúl Valéry, filósofo y poeta en la obra “Eupalinos o el Arquitecto” (1921), aborda los temas relacionados con la calidad de las obras bellas, intrascendentes y feas de la ciudad, a través de un diálogo de forma platónica entre Fedro y Sócrates después de muertos. El primero, poeta y amante de la arquitectura; el segundo, filósofo y amante de las ideas eternas, concuerdan que al igual que las condiciones de trabajo del texto literario se deben cumplir, lo mismo debe ocurrir con las obras arquitectónicas.

“La mayor libertad nace del mayor rigor”, y necesitan ser honestas, justas y bellas.

Bajo estas consideraciones, el poeta y el filósofo clasifican por su mensaje a las obras humanas de las ciudades de este modo: las que cantan, las que hablan y las feas de mal gusto. Las primeras, son bellas; las segundas, pasan desapercibidas; y las últimas, son impertinentes, chillan o cantan descompasadas.

El fantasma de “Eupalinos o el Arquitecto” se ha presentado en el exquisito mal gusto de nuestra ciudad. Intentemos interpretar a manera de microgramas tres ejemplos:
Cuenca: “destino turístico navideño”: ciudad de la parafernalia y del sinsentido / maquillaje de la realidad / cortocircuito en tiempos de sequía y apagones / el número de luces, la cantidad de adornos y armatostes de aluminio, protagonizan el campeonato mundial para adorar al Niño Dios Recién Nacido / ¿No sería más sencillo y estético retomar la tradicional conexión de la Navidad con la naturaleza, el ser humano y el cielo?

La escalinata del Parque de la Madre: pecado capital a las normas elementales de la restauración / propuesta descabellada que ha instalado un aparatoso conjunto mecánico simulando a los posmodernos centros comerciales / “una bofetada al flujo del Río Tomebamba y la memoria de Huayna Cápac”. (*)

Turi parque temático: “parque temático exceso de luz / colores de chiringuito costero / pero en el fondo mucha ignorancia / mucha ambición y poca sensibilidad para entender los valores de Turi, no como mirador, sino mirándose a sí mismo…”. (**)

Si en el fabuloso mundo de la naturaleza los entes feos tienen la posibilidad de la convivencia con los seres bellos, por ejemplo, la araña peluda viuda negra con el colibrí prisma de colores volador con GPS; en cambio, en la ciudad las obras de exquisito mal gusto, junto a las bellas, son banales, de consumo masivo, vulgares, ordinarias, presuntuosas, impertinentes, chillan o cantan desafinadas.

La polémica “renovación” de La Escalinata que une la terraza del centro histórico con la de El Ejido, a orillas del Tomebamba. En la otra foto la imagen en lo alto de la colina de Turi.

Referencias:

• Elisa Sánchez Almansa; “Esto no es lo que era: lo feo en la arquitectura”, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, Universidad Politécnica de Madrid, s/f.
• Gabriela Eljuri; Del muro, 21-11-2024.
• Álvaro Malo; post, 25-02-2024. (*)
• Fausto Cardoso; post, 27-01-2024. (**)
• Jorge Carrera Andrade; “Obra poética”, 2000.
• Paúl Valéry; “Eupalinos o el arquitecto; el alma y la danza”, traductor, José Luis Arántegui, 2000.
• José Hernán Córdova; “Itinerario poético de Jorge Carrera Andrade”, 1986.
• La revisión de estilo y algunas precisiones conceptuales son de Olga Jaramillo Medina.

* N del D: El autor fue director de planificación municipal, profesor de la facultad de arquitectura y es crítico de arte y de patrimonio.

por: Rolando Tello Espinoza

 La muerte, a veces, resucita a las personas. Marcelo Toral Calle estaba olvidado desde que dejó de circular diario EL TIEMPO. Un infarto cegó su vida el 30 de noviembre de 2024 y súbitamente revivió en las condolencias y recuerdos propalados por las redes. Tenía 78 años.

Humberto Toral, su padre (1909-1998), tipógrafo del naciente diario El Mercurio en 1924, fundó en 1955 el periódico EL TIEMPO, a cuyo precario taller se integró Marcelo en las postrimerías de los años 60 del siglo XX y siguió la evolución tecnológica del medio que empezó bisemanario, se hizo interdiario en 1956, volvió a bisemanario en 1957 hasta hacerse diario el 12 de abril de 1971 y desaparecer en junio de 2016.

Yo cursaba en 1967 el último año del colegio Benigno Malo cuando Marcelo me invitó a que “escribiera notitas” para el bisemanario, al que me vinculé hasta cuando se hizo diario en 1971 y seguí hasta fines de esa década. Hacer periodismo entonces, ¡un diario!, en un galpón con cajas de tipografía, chibaletes, linotipos, clichés de plomo, una antigua prensa Chandler y herramientas como de mecánica, era hazaña increíble. Escribían Manuel Muñoz Cueva, Hugo Ordóñez Espinoza, Miguel Ernesto Domínguez, Gonzalo h. Mata, Luis Moscoso Vega, Antonio Lloret Bastidas, Gonzalo de Jesús Amoroso, Rigoberto Cordero León, Juan Viteri, Manuel Neira Carrión y más personajes de la docencia, el periodismo y la cultura de Cuenca, a los que sucedimos, más otros tantos nombres, de quienes estuvieron antes y después.

El dueño de la imprenta no hacía noticias, artículos, ni editoriales, pero rodeado de gente de cultura, literatos, columnistas y principiantes cronistas anteriores a las escuelas de periodismo, impulsó el periódico que acrecentó lectores afectos a la nueva alternativa periodística de la ciudad que al celebrar en 1957 cuatrocientos años de fundación, se proyectaba a una nueva etapa de progreso cultural, industrial, económico y humano.

Marcelo Toral, diagramador y prensista, fue el hombre duro para sacar día a día el periódico. En torno de él ocurrían urgencias, esfuerzos y anécdotas de la experiencia cotidiana. Dos telegrafistas se turnaban para obtener información internacional que se traducía del alfabeto morse a los textos por imprimirse. Entonces inventamos un sistema para “piratear” las noticias nacionales de medio día de canales de TV de Quito y Guayaquil.

Al invento, mejor que el teletipo, llamamos “Telepata”: los noticieros se grababan en un aparato de grandes proporciones, pues aún no había mini grabadoras. Para no perder tiempo poniendo pausa con la mano a cada frase de la cinta magnetofónica, el modernísimo sistema consistía en un interruptor al piso para parar con el pie el aparato y volverlo a conectar una vez transcrita la frase o el párrafo. ¡Y el periódico maravilloso salía, poco después, con las primicias del país y el mundo!

Marcelo Toral y Eliécer Cárdenas, personajes entrañablemente unidos en las jornadas periodísticas de EL TIEMPO.

Fue anecdótica el 13 de abril de 1971, al otro día que se hizo diario, la crónica que golpeó a todos los diarios del país con la primicia de la muerte del arzobispo Manuel de Jesús Serrano Abad, por un infarto, al medio día. Ya se había cerrado la edición del vespertino y semejante noticia hizo cambiar con prisa la primera página y el pase a interiores, con datos del fallecimiento, fotos del personaje y sobre las ceremonias de homenaje y funerales. ¡Tremenda promoción del flamante diario arrebatado por el público de manos de voceadores y canillitas!

Después de Marcelo se sumaron al diario los hermanos René, Iván y Fernando Toral Calle, así como familiares suyos, para continuar la tarea editorial y periodística del visionario Humberto Toral León, desarrollándose con nuevas tecnologías, nuevos locales, nuevas gentes, nuevos equipos, hasta los más modernos sistemas informáticos de impresión de medios escritos. Lástima, el diario ya no existe, pues al pasar de vespertino a matutino ingresó a una etapa decadente que le hizo sucumbir luego de ir a tutela del diario oficial El Telégrafo, que también acabó por cerrar sus ediciones físicas.

Y entonces al hombre orquesta en el quehacer de EL TIEMPO, Marcelo Toral Calle, se le desvanecieron los sueños que le ataron de por vida al medio, en el que tampoco escribió noticias, artículos ni editoriales, pero fue pieza fundamental del engranaje para difundir novedades de cada día. Los periódicos no hacen los periodistas, que los escriben, sino los impresores que dominan el arte editorial, para que ellos expresen su pensamiento. Marcelo fue uno de ellos, su mérito hay que reconocerlo.

En 1970 se adquirió la prensa alemana Heidelberg con la que en 1971 el bisemanario se hizo diario. Constan Marcelo Toral, con una mano en un manubrio de la máquina, Vicente Zhañay Cárdenas, N. Vallarino, personero de la marca en el Ecuador. Al extremo derecho Humberto Toral, director del periódico y, Modesto Casajoana, de la casa alemana en Cuenca.

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