Aquella niña de cuatro años a la que regañaban en casa por garabatear con tiza o carbones las paredes y el piso, acabó por ser la creadora de la Bienal Internacional de Pintura de Cuenca, de la que ya se han realizado seis ediciones.

"La vocación por el arte es innata. Mis más antiguos recuerdos están asociados a una sensibilidad por el color, al papel de seda de los caramelos que manchaban los dedos y todo lo que tocaba", recuerda Eudoxia Estrella Ordóñez, que a los 73 años no da vacaciones a su imaginación.

Daniel Ordóñez, el abuelo, fue quien más comprendió su afición por la pintura y le obsequió una pizarra para que desfogara en ella los arrebatos infantiles que estropeaban la cuidadosa pulcritud de los espacios hogareños.

Los años no han atenuado la energía de su personalidad y cuando habla insistentemente golpea el puño sobre la mesa. Más aún, si recuerda que siempre estimó la libertad como una necesidad: odiaba los horarios escolares, el encierro y las presiones para ir al Asilo de las Madres de la Caridad donde le matricularon para lo que hoy llaman Jardín de Infantes.

"Siempre fui tímida, pero también rebelde. Nunca encontré gusto por las muñecas y prefería distraerme en cosas más vitales, al aire libre, junto a la naturaleza". El estudio obligado le era una tortura y cuando le matricularon en el colegio Herlinda Toral para la secundaria, vivió los años más ingratos.

Ella sabía que lo que necesitaba y quería era perfeccionar sus aptitudes artísticas. Por ello, contra la voluntad de los padres, se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Cuenca, donde después de cursar los cuatro años reglamentarios se quedó cuatro más, como oyente, para no abandonar ese recinto donde se encontraba a gusto a sí misma.

El interés por la literatura le vino de su amistad con los jóvenes que hicieron el grupo de Los Lobos: Efraín Jara, Jacinto Cordero, Joaquín Zamora, Estuardo Cisneros, Fausto Sánchez, Eugenio Moreno. "Eramos gente afín para compartir la amistad más franca y sincera: nada de enamoramientos. Me silvaban y yo salía para ir con ellos a conversar sobre André Gide o el existencialismo".

En 1948, cuando ya había hecho algunas exposiciones de sus acuarelas, inclusive en Quito, junto a pintores tan grandes como Guayasamín, fue nombrada profesora de arte del colegio Manuela Garaicoa de Calderón, que lo aceptó por necesidad de trabajo más que por vocación docente: "Pero hice el gran descubrimiento del magisterio como la oportunidad para fomentar en las jóvenes la sensibilidad por el arte. Fueron años productivos y felices, hasta que en 1960 renuncié por razones personales al colegio".

Un personaje había aparecido en su vida, con una fuerza afectiva capaz de alterar su trayectoria. Guillermo Larrazábal, un español traído por la Curia para elaborar los vitrales de la Catedral de Cuenca, sintonizó con sus inquietudes por el arte primero y con su personalidad después, hasta complementarse el uno en el otro y convencerse de que no podían sino juntarse por el resto de la vida.

"Era un hombre con una sensibilidad extraordinaria. Un artista y gran compañero para mí y yo una gran compañera para él. Murió en 1983 y a pesar del tiempo transcurrido le tengo en todos los actos e instantes de mi vida. El mundo se derrumbó desde que está ausente, pero no dejo de sentir por él una pasión obsesiva", confiesa sin reservas como si volcara en las palabras una fuerza interior que necesita escaparse. En la planta baja de su casa funciona la Galería de Arte Larrazábal, uno de los espacios culturales importantes de Cuenca.

La vida junto a Larrazábal es una de las experiencias ricas de su vida. Su intensidad solamente es comparable al gran descubrimiento de la vocación por la docencia, que le llevó a fundar en 1970 una academia de pintura que la conserva hasta hoy, o a la satisfacción por crear la Bienal Internacional de Pintura de Cuenca.

Fue en 1985 cuando promovió la iniciativa de encontrar un espacio para internacionalizar la pintura cuencana y que a la vez sirviera para conocer lo que se hace fuera en el arte. "Yo presidí la primera y la tercera bienales, pero me apena que los propósitos educativos se han desvirtuado luego, al punto que hasta los premios, que se previó enriquecerían el patrimonio del Museo de Arte Moderno, se llevan las instituciones que los auspician".

Desde hace 18 años Eudoxia Estrella es Directora del Museo de Arte Moderno de Cuenca. El edificio restaurado de la antigua Casa de Temperencia, del siglo pasado, es casi una extensión de su propia residencia, apenas distante unos pasos, junto a la tradicional plaza de San Sebastián, donde ella había nacido y habían nacido sus antepasados.


DEL AMOR SIN PAPELES

Flores, rostros de niños, bichos, hojas secas desprendidas de los árboles, son temas de las acuarelas y óleos de Eudoxia Estrella. Los niños son su pasión y el motivo principal de su actividad educativa: el papel en blanco es el mejor amigo de los niños.

A través del arte los niños se liberan de las presiones del hogar: que haga o no haga ésto o aquello, que realice los deberes, que actúe de tal manera. "En la academia tienen la libertad total, sin calificaciones, incentivados por la creatividad, para desahogarse de todos los problemas".

- La libertad es algo recurrente en su conversación. ¿Le da, realmente, tanta importancia?

- El arte y la vida no pueden realizarse sino a través de la libertad. Yo no contraje matrimonio con Guillermo Larrazábal, pero me junté a él, libremente, y fuimos felices. Por entonces la sociedad cuencana era demasiado cerrada y muchos me voltearon las puertas, pero al fin reconocieron la nobleza de nuestros sentimientos.

- ¿Cuál es su opinión sobre el matrimonio?

- Es un concepto de unión para toda la vida, pero puede darse sin el matrimonio o puede fracasar a pesar de las actas con firmas y las bendiciones.

La unión libre es respetada y lleva a convivir libres del acto matrimonial, lo que implica más sinceridad y responsabilidad. Yo no me casé con Guillermo, porque él estaba ligado en matrimonio a una mujer de su país, donde no había el divorcio.

Era una audacia hacer lo que yo hice en aquellos tiempos, por lo que mucha gente me dio las espaldas, más los amigos de izquierda que los de derecha, que me comprendieron y comprendieron a Guillermo.

- ¿Satisfecha por lo que ha hecho?

-   Sinceramente, sí. No me jacto por ello ni me considero un ser especial, pero tampoco me arrapiento, aunque me duele el que acaso haya hecho sufrir a alguna gente. Había tanta comprensión y amor en nuestra relación con Guillermo que si tuviera otra oportunidad la repetiría. Compartimos nuestras vidas de 1961 a 1983.

- ¿Es usted una mujer de carácter fuerte?

- Más bien me considero débil. Es una debilidad no poder dominar el temperamento y solamente pueden hacerlo las personas fuertes. De nada me arrepiento ni me arrepentiré después: no tiene sentido que a la hora de la muerte una vaya a arrepentirse de algo que ya no tendrá oportunidad de repetirlo.

- ¿Qué más le gusta, aparte de enseñar y pintar?

- La sencillez, la justicia. Desde niña odiaba la injusticia social: los mejores amigos de los primeros años de estudio eran los compañeros pobres, a quienes traía a mi casa y compartíamos juegos y golosinas. Me gustan las cosas simples y soy feliz todos los días, a las nueve de la mañana y al caer la tarde, cuando salgo al parque frente a mi casa para alimentar a una bandada de palomas que viene puntualmente a recoger lo que esparzo con mis manos.

- ¿Algo más, doña Eudoxia?

- Yo no soy una mujer religiosa -Guillermo era místico-, pero doy gracias a Dios por haber tenido una vida rica material y espiritualmente. También a mucha gente que me dio su afecto sin que yo sea digna de recibirlo, pues me ayudó a salir de todas las dificultades que se me plantearon.

Julio de 1999