"El robo público tiene sus principales agentes en quienes debían exterminarlo; y el gobierno, por su conveniencia y la de sus amigos, no aplica el remedio necesario para curar esos males, y en vez de contener y exterminar la vergonzosa explotación de las rentas nacionales, la impulsa, la patrocina y autoriza. Si a esto se agregan los inmoderados gastos en ridículos viajes presidenciales, en legaciones muy costosas al erario, en el sostenimiento de tantos jefes y oficiales en comisión y los que se hacen inútilmente de mil diversas maneras, se ve palmariamente que las rentas disminuyen en la mitad o cuando menos en una tercera parte; mientras tanto la instrucción pública está abandonada, los caminos intransitables, los empleos públicos mal servidos por estar mal pagados y el erario en bancarrota..."

Las expresiones de tanta actualidad las pronunció Luis Vargas Torres en 1885.

Este visionario había nacido 30 años antes en Esmeraldas. Quedó huérfano de padre todavía niño y fue enviado a estudiar en el seminario de Quito, de donde pasó apenas cumplída la mayoría de edad a Guayaquil, atraído por el mundo de los negocios.

Eloy alfaro había iniciado por entonces sus incursiones guerrilleras contra los rezagos de fanatismo y abuso de poder heredados por Ignacio de Veintimillla del garcianismo tiránico; en un enfrentamiento con las fuerzas del gobierno pereció Clemente Concha Torres, hermano de Vargas Torres.

Este episodio conmovió al joven patriota que acabó por vender su establecimiento comercial, para entregar el dinero a disposición de Eloy Alfaro, que preparaba en Panamá un nuevo ataque contra el despotismo. "La soberanía reside en el pueblo y es por su voluntad, no por la divina, que existe el gobierno, quien no es más que un delegado, ejecutor de su voluntad", decía.

Ansioso de libertad y justicia, Vargas Torres fue el estratega que doblegó a las fuerzas militares en su provincia de Esmeraldas en 1883, obligándolas a fugar, aunque en la impotente huída promovieron incendios, desafueros y violaciones.

Incentivado por el triunfo de Esmeraldas, Alfaro se apresuró a tomar Manabí, para robustecer las posiciones revolucionarias, cuando tenía el Ecuador tres gobiernos: los conservadores con un pentavirato en Quito; los liberales, con Eloy Alfaro en Manabí y Esmeraldas; y Veintimilla que había corrido a Guayaquil, desde donde no tuvo sino que huir, cuando se aliaron los ejércitos conservadores y liberales para combatirlo.

La unión de los dos sectores políticos antagónicos no fue duradera y Alfaro, traicionado por los conservadores, vio cómo la asamblea constituyente nombró presidente del Ecuador a José María Plácido Caamaño.

Vargas Torres, elegido diputado para la asamblea, demostró su enorme valor humano al conseguir que se aboliera de la Constitución la pena de muerte por razones políticas. "Ahí, como en el campo de batalla, fue el mantenedor de la libertad y el derecho, el paladín de los fueros y las prerrogativas de los pueblos", diría José Peralta sobre su gestión parlamentaria.

La caída de Veintimilla no significó avance social para el Ecuador, sino la continuación del despotismo, el peculado, el desenfreno del fraude, la persecución a todo aquel que levantara la voz contra el sucesor Caamaño, para reclamar por los derechos humanos, por el respeto al pensamiento ajeno y a la vida.

" ¡Qué tiempos aquellos! -escribe Manuel J. Calle-. La República parecía un vasto cementerio; el miedo reinaba en las conciencias con innoble señorío y, declarándose todos impotentes, inclinaban la cabeza: refunfuñando tal vez, pero la inclinaban".

Siempre junto al Viejo Luchador, Vargas Torres mantuvo activo protagonismo para combatir con las armas lo que no era posible hacerlo con la razón, aunque los recursos disponibles resultaban pequeños frente a ejércitos bien provistos en número y equipos.

Tras una de muchas derrotas, Alfaro escapó a Centroamérica y Vargas Torres al Perú, pero siempre alistándose para emprender la campaña decisiva por la liberación.

Luego de un silencio revolucionario -tiempo de planificación y estudio- Vargas Torres reapareció por territorio ecuatoriano a comienzos de diciembre de 1886, en la provincia de Loja, donde tras algunas acciones de relativo éxito lanzó proclamas al pueblo y al ejército del sur, en nombre del Supremo Gobierno Provisional.

Pero no había llegado aún el tiempo del triunfo del liberalismo. La indiferencia fue la respuesta de los compatriotas invitados a ser "tenaces obreros de la libertad", y el joven revolucionario cayó preso junto a varios compañeros.

La detención de Vargas Torres divide la historia del personaje en dos capítulos claramente diferenciados: hasta entonces fue un héroe, en adelante sería un mártir.

A la vez, su detención y lo que vendrá después, miden con absoluta precisión   la poca altura moral del gobernante, que pasará a la historia con excepcional notoriedad de deshonra.

"Cargados de hierros, sin pan, sin agua, sin abrigo, abrumados con el insulto soez, con la diatriba vil, con el sarcasmo amargo, maltratados por manos cobardes que no respetaban ni la inerme desgracia, con el cuerpo llagado por los grillos y las esposas, exalando sordos gemidos de dolor -dice Peralta-, llegaron los prisioneros de Loja en esta ciudad".

En Cuenca se los sometió a un consejo de guerra plagado de ilegalidades desde que se envió de Quiuto a los juzgadores y se desechó a miembros de Cuenca que podían ofrecer resistencia a los designios de la dictadura; además, se notificó a las víctimas una tarde que al otro día, a las 11h00, iban a ser juzgados, sin darles tiempo para la defensa.

Vargas Torres, que jamás dio muestras de arrepentirse, dijo al consejo de guerra: " ¿Con que no creéis que no tenemos sobradas razones y mucho derecho para defender con las armas en la mano lo que tiene de más caro un ciudadano republicano? Si así no fuese no seríamos sino unos parias indignos de ser hijos de una república. Sí, el gobierno ha despedazado nuestra carta fundamental y actos arbitrarios e inconstitucionales han sido la norma de su conducta".

"Os repito, señores jueces -terminó gritándoles en la cara- que no trato de defenderme ni justificarme por las razones que he expuesto. Estoy bajo la sanción de vuestras leyes: juzgad, fallad, que yo he cumplido con mi deber".

El, que había hecho constar en la constitución la abolición de la pena de muerte para los casos políticos, acabó sentenciado al patíbulo por los violadores de las normas jurídicas.

Los demás sentenciados a muerte imploraron perdón con expresiones de arrepentimiento y promesas de reformar su vida, pero Vargas Torres se negó a la claudicación. Por satisfacer a sus amigos se limitó a mandar una esquela al dictador para pedir que "conforme a un derecho que le concede la constitución le conmuten dicha pena".

Jamás obtuvo respuesta, lo cual constituía otra violación legal y humanitaria, pues a nadie se le podía imponer la pena capital mientras no haya sido tramitado el pedido de conmutación, que sí favoreció a los demás implicados.

Cuando se conoció la decisión irrevocable de acabar con su vida, amigos y partidarios organizaron un acto en la casa municipal y los guardias, embriagados, podían ser burlados para que escapara de la prisión, pero Vargas se negó a hacerlo, en una demostración adicional de integridad moral sin titubeos.

La noche del 19 de marzo de 1887 fue la más tormentosa de su vida, víspera del viaje al cadalso. Los verdugos no le permitieron compartir esas horas postreras con los compañeros de infortunio y caminó como una fiera encerrada en su celda, esperando el último amanecer.

"Aquellos insensatos que me matan por satisfacer una ruin venganza, creen contener el vuelo de la revolución con este crimen y no saben esos infelices que lo que hacen es darle más aire y espacio", escribe a su madre pocas horas antes de la ejecución.

La proximidad del suplicio no desanimó su espíritu y escribe aún varias páginas que las titula "Al borde de mi tumba", para dejar la última constancia de su pasión por la justicia y la condena profunda a sus enemigos. "Sé que mis compañeros de infortunio están tristes y desesperados con la terrible noticia de mi próxima muerte -escribe-; yo los recuerdo y el dolor despedaza mi corazón; que no desmayen en su sagrado propósito de salvar la Patria, y en la eternidad los recordaré con gusto. Quiera Dios que el calor de la sangre que se derramará en el patíbulo enardezca el corazón de los buenos ciudadanos y salven a nuestro pueblo".

Había amanecido el 20 de marzo y en la plaza de armas de Cuenca una banda ofrecía música alegre que poco presagiaba la consumación de uno de los crímenes más abominables de la historia ecuatoriana. La gente se congregó atraída por el bullicio y niños y jóvenes de los planteles educativos fueron llevados a presenciar la escena más espantosa que podía ofrecerse a sus ojos aún inocentes.

Hacia las ocho de la mañana Vargas Torres fue conducido del calabozo a la plaza central, escoltado por militares y por dos clérigos que hacían vanos intentos por convencer al coronel para que se arrepintiera de sus pecados libertarios.

Tras leer la sentencia de muerte, un militar ordenó a la víctima colocarse bajo un arco de la vieja casa de gobierno, de espaldas y de rodillas. El valiente joven se negó a hacerlo, como se negó también a que le vendaran los ojos.

De pie, con la mirada fija en su verdugo, le exigió que cumpliera su criminal mandato. Años antes había pasado la prueba simbólica de la iniciación masónica y familiarizado con la luz, quiso volver con los ojos bien abiertos al infinito universo de las constelaciones.

La ruindad no terminó con el sacrificio del héroe y mártir, sino que se ensañó con su cadáver, arrastrado por peones oficiales hasta el cementerio, dejando el piso fertilizado con sangre.

Consternado ante semejante barbarie, el poeta Miguel Moreno donó un féretro para colocar los restos, pues de otra manera hubiesen quedado insepultos, arrojados en la quebrada donde se solía echar los cuerpos de los herejes abominados sin caridad por la iglesia católica, apostólica y romana.

Julio de 1994