
Ya centenario, el doctor José Simón al escritorio del ejecutivo atento a los ajetreos de la empresa FRUVECA,
de su propiedad y dirección.
Hombre privilegiado que presenció los cambios vertiginosos del mundo y vivió largamente, con lucidez, para contarlos. Murió el 30 de septiembre de 2025, a ciento dos años, cuatro meses y diez días de nacido en Cuenca, el 20 de mayo de 1923
Ya casi centenario, José Simón Astudillo Quintanilla evocaba el jardín parvulario de las monjas de la Caridad, del barrio San Sebastián, donde el rito de jugar y rezar encarnó en su memoria. De allí fue el alumno que más demoró en vivir y morir, y guardó la imagen de dos compañeros inolvidables, hace mucho fallecidos: Dora Beatriz Canelos y Francisco Estrella Carrión, nombres de ciudadanos que llegaron a ser ilustres en la sociedad y la cultura local. El asilo infantil, ironías de la vida, ahora es asilo de ancianos, con monjas de la misma comunidad. Acaso niños y niñas de sus antiguas aulas y patios de recreo volverían a esos espacios, para juntar dos etapas extremas de inocencia en la condición humana.
Dos años y medio antes de que naciera, el piloto italiano Elia Liut había aterrizado con una pequeña nave inaugural de la aviación en Cuenca, aventura que escuchaba comentar, atento, admirando al héroe que bajó del cielo y al que le dio un nombre: Elías Luz. Años después, iba a ver los aviones aterrizando o decolando en una planicie de El Tablón, al nororiente de Cuenca, antes del nuevo aeropuerto, nominado Mariscal Lamar, que se inauguró en 1941, en el sitio que se hizo urbano, donde continúa.
La mente del niño congelaría las imágenes de la Cuenca pequeñita, con acequias en las calles empedradas, cuando comenzaron a rodar los primeros carros levantando polvaredas y asombro. Una estación de taxis apareció en el parque central, a donde había que ir a pedir una carrera, pues los teléfonos aparecieron cuando él ya iba a cumplir los veinte y cinco años.
El tiempo convierte rutinas en historias curiosas para las nuevas generaciones: José María Astudillo Ortega, su padre, le llevó un día a que visitara a su padrino de bautizo, Remigio Crespo Toral, en la enorme residencia del poeta coronado y hombre público, en la calle Cinco de Junio, ahora Calle Larga. Nunca se esfumaría de la mente del niño, ni del adulto mayor, el encuentro con el veterano que, con Honorato Vázquez, departía junto a una mesita central con dos copas y una botella de licor. Los visitantes fueron bienvenidos, pero su padre rehusó un brindis en presencia del infante. ¡Tiempos aquellos…!
José Simón asistió a la escuela de los Hermanos Cristianos, de la que salió a carreras cuando un lego, Dositeo, le encajó un golpe de varilla, que le dolería siempre que se acordaba. Luego fue a la escuela Luis Cordero y terminó la primaria en la Federico Proaño. ¿Problemas disciplinarios? El anciano ya no podía –o no quería- recordarlos.
La secundaria inició y terminó en el colegio Benigno Malo, en una casa antigua junto al templo de Santo Domingo. Pero hizo un paréntesis cuando de 13 años fue a la academia Militar Eloy Alfaro, de Quito, de la que pasó a la Marina, sin estabilizarse en la formación militar. En 1942 se graduó bachiller del Benigno, de cuya promoción de 43 compañeros fue el último vivo hasta hace poco más de un mes. El penúltimo longevo en morir fue el médico José Neira Carrión, hace un par de años, y antes de él había partido Hugo Ordóñez Espinoza, otro benignista de su promoción.
En la Universidad de Cuenca cursó la Escuela de Química y Farmacia, donde se licenció en 1946 y se doctoró en 1948, con el premio Benigno Malo que da la Universidad a los graduados de más altas calificaciones. La Universidad tenía su edificio en las calles Luis Cordero y Sucre, en ángulo con el parque Calderón, hoy sede de la Corte Provincial de Justicia. Ya entonces era hombre serio, pues al segundo año de estudios casó con Lastenia Ferrand Crespo, que le daría ocho hijos.
Entonces intensificó su carrera de emprendedor iniciada como alumno universitario que participó en crear la Liga Deportiva Universitaria y la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador (FEUE), conjuntamente con Hugo Ordóñez Espinoza. Fundó el Círculo de Periodistas Deportivos y el Colegio de Químicos y Farmacéuticos del Ecuador, del que fue presidente. Siempre aficionado a los deportes, creó la revista Pulso, publicada en la imprenta Alianza Obrera, de propiedad de su padre.
En los 50s del siglo pasado instaló la primera lavandería automática de Cuenca, que llamó La Química, para ofrecer un servicio moderno, que apuró a cambiar de oficio a las tradicionales lavanderas del río Tomebamba, con ropa tendida a secar en las orillas, como muestran añejas fotos pintorescas de la cuencanía de antaño.
Activo hombre de iniciativas, en 1968 montó una industria alimentaria a la que llamó FRUVECA (Frutas, Vegetales y Carnes), en un sitio de cuatro mil metros cuadrados en el lejano barrio Narancay, ahora dentro del área urbana: de allí despachó al mercado local y nacional productos con la marca Parrish: salsas, sazones, vinagres, cebiches y frutas enlatadas. Hasta poco antes de morir, iba a ver el funcionamiento de las máquinas, calderos y sistemas de producción de la planta a la que dedicó los mayores esfuerzos y experiencias físicas y químicas de su profesión.
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| En una ceremonia por los 101 años cumplidos, el personaje junto a Flor María Salazar, doctora en Farmacia, ligada a su misma profesión. |
Durante su vida larga e intensa, José Simón recibió homenajes, distinciones y preseas de instituciones públicas y privadas por sus emprendimientos en bien de la ciudad y el país. El 12 de abril de 2024, un mes antes de cumplir 101 años, la municipalidad de Cuenca le dio la presea “Benigno Malo”, por su aporte al desarrollo industrial.
El personaje, por añadidura, alternó la profesión con actividades culturales y de arte. Heredero de la vocación del abuelo José María Astudillo Regalado (1869-1953) y de su padre José María Astudillo Ortega (1896-1961), médicos los dos y activos en el periodismo, la música y la poesía, incursionó en esas actividades. Entre sus recuerdos familiares brillaba la ortofónica, con la que su padre inundaba la casa con música de Verdi, Chopín, Beethoven y otros grandes maestros. Además, ya avanzado de ancianidad, evocaba los tiempos mozos rasgando la guitarra y la garganta con canciones del pentagrama nacional y latino americano. También tocaba el piano, desde que fue aprendiz en el Conservatorio. Viejo a todo dar, vivió largo, midiendo minuciosamente las décadas, hasta trasponer los límites de un siglo.
En la infancia había escuchado al padre cantando en dúo con Alejandro Andrade Chiriboga, en un concierto en el templo de San Alfonso. Sus voces poderosas hacían vibrar los vitrales. Y aunque creció en un ambiente religioso, nunca le contagió su entusiasmo. “No soy hombre religioso –confesó en uno de los últimos diálogos-, pero creo en un dios no cristiano, inconmensurable e infinito, que no se lo puede reducir a una religión”.
¿Algún secreto para la longevidad? Su respuesta, con voz pausada y segura, fue simple y contundente: “vivir en paz con uno mismo; no juzgarle mal a nadie, reconocer lo que hay en él de bueno y que lo malo lo juzgue Dios: si se ha perdonado a quienes nos han hecho daño, ya no tenemos enemigos”. Además, riendo, dijo que era vegetariano.
