La mágica memoria de las cámaras guarda con realismo más que la imagen la presencia vital de paisajes, tradiciones, culturas, personajes y costumbres del pasado, mejor que la historia o el recuerdo de los cuencanos mayores. El cómodo presente se sustenta en precariedades rebasadas con esfuerzos humanos, tecnológicos y la decisión de gentes previsoras. Los ojos jóvenes de hoy admirarán en estas viejas fotos la diferencia del vivir entre ayer y hoy, que les invita a crear impulsos válidos más allá del fugaz trajín por la historia. Al arte fotográfico suceden nuevas formas de perpetuar cada latido del destino humano y de los pueblos, pero sin la huella digital con la que las manos del tiempo impregnan de pátina la memoria. Las fotos de antaño recuerdan episodios admirados hoy más que ayer, captados por fotógrafos clarividentes –Serrano, Alvarado, Ortiz y otros, anónimos-, que eternizaron su entorno con la clarividencia de sus cámaras, hoy piezas de museo dignas de ser fotografiadas como tesoros paleolíticos.

Cuenca hace al rededor de cien años: la calle Gran Colombia rebasa la avenida Huayna Cápac en dirección al cementerio,
referente sobre la ciudad de entonces, entre terrenos rurales.

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