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Las palabras han seguido circulando entre la gente igual que las monedas y, en consecuencia, se han ido desgastando por los bordes. De modo que no pudo ser excepción el vocablo dominus; y así, tras sucesivos recortes, se convirtió en don, reservado en un principio para los varones de elevada jerarquía social

Amodo de descanso, ofrecemos una observación sobre el uso y abuso de la palabra don, pero no referida en esta oportunidad al vocablo que viene del latín donum: regalo, habilidad (la vida es don de Dios”, “un admirable don de gentes”); por supuesto, tampoco esta nota tiene que ver con el río apacible que después de bañar la región sudoriental de la estepa rusa desemboca en el mar Azov. No; la reflexión va referida a la palabra que proviene del latín dominus o, con mayor precisión según los etimólogos, del latín medieval domnus, del que deriva don. Las voces latinas anotadas significan amo, dueño de casa, un concepto para el cual hay otro término alternativo, igualmente respetuoso, del latín senior: viejo, el más viejo, del cual viene señor. Quizás esto explique lo hilarante que resulta “mi señor” dirigido a un adolescente, así como “mi joven” a un longevo.

En la Historia de la Lengua española (1981), don Rafael Lapesa expuso el desvío formal y semántico experimentado por los modos de tratamiento en el Siglo de Oro. El pronombre tú, por ejemplo, fue quedando restringido para la intimidad familiar y para las gentes consideradas de rango inferior. El pronombre vos, en cambio, se imponía si el oyente era un sujeto de condición inferior, pues en su lugar se empleaba, para las personas de respeto, la locución vuestra merced que, al cabo de lentas mutaciones, se fue reduciendo a usted. En el siglo XVII, usted se consideraba de uso ordinario entre criados y gentes de similar condición; no como ahora. La familia humana ha hallado siempre materiales apropiados para levantar muros aparentemente invisibles: las palabras, hasta que el ala del tiempo las toca y las derriba al suelo, si es lícito parafrasear al inefable Olmedo.

Enfocada así la cosa, vemos que las palabras han seguido circulando entre la gente igual que las monedas y, en consecuencia, se han ido desgastando por los bordes. De modo que no pudo ser excepción el vocablo dominus; y así, tras sucesivos recortes, se convirtió en don, reservado en un principio para los varones de elevada jerarquía social. Ello no impidió, sin embargo, que sirviera expresivamente para realzar la intensidad de algún defecto o la carencia de algo: don ladrón, don nadie (persona sin poder ni valía). Algo de cuanto se lleva dicho ha resumido con ingenio la copla popular: “Cuando tenía dinero / me llamaban don Tomás; / ahora que no lo tengo, / me llaman Tomás nomás”.

Paulatinamente, debido acaso a la influencia del convivir democrático que también ha obrado sobre la lengua y el lenguaje, don acabó por perder los pujos de abolengo y prefirió acompañar con más decoro al nombre de varones admirados por los méritos, los saberes, los frutos del talento: don Miguel de Unamuno, don Gregorio Marañón, don Juan Montalvo. Ascendido de este modo a las esferas académicas, don irá de seguro remplazando a los títulos, cada vez más sofisticados, con que en la actualidad tienden a distinguirse unos de otros los mortales.

Mientras ello no acontezca, lo razonable es atenerse a lo que registra la Academia al señalar que don es una forma de tratamiento respetuoso que se antepone a los nombres de pila de los varones: don Julio, don Francisco, don Matías. Abusando de la paciencia del lector, antes de concluir apelaremos al criterio de María Moliner. Con la autoridad que a ella le confiere el Diccionario de uso del español (1967), la monumental obra de su vida, previene sobre el mal hábito de anteponer don al apellido.

Y tiene razón porque ese mal hábito provoca un efecto por demás despreciativo. Es el trato que generalmente dan aquí los empleadores a los maestros de obra: don Moreno, don Pérez, don Rivera. Sin embargo, es mayor el desagrado que suscita el uso de don si va privado de nombre y apellido, a la manera de “diga mi don”, tratamiento que, al generalizarse en el sector público, eleva otro muro, en apariencia invisible, entre el servidor y el ciudadano común, reducido a don nadie.

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