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Ilustración de la presa Quingoyacu de 42 metros de altura, para reservar 21 millones de metros cúbicos de agua destinada a electrificación, regadío y control de las crecientes.

La empresa Elecaustro lo impulsa desde hace 15 años. A más de incrementar 22 megawatios de electricidad al SNI, daría aportes de riego, agua potable, control de crecientes, apoyo social y agropecuario a comunidades de Baños y San Joaquín, al occidente de Cuenca y al cantón

En su primer día de gestión, el Prefecto Yaku Pérez sembró el 15 de mayo árboles en el sitio destinado a la obra, en oposición al proyecto, en defensa de las fuentes hídricas y aduciendo que el propósito sería beneficiar a los sectores mineros.

La empresa Elcaustro, por su parte, lo defiende con razones técnicas y proyecciones del servicio múltiple en la dotación de agua potable y control de caudales para evitar daños en zonas rurales y urbanas del cantón Cuenca, que ya se han dado y podrían ser más graves a futuro, por la expansión poblacional. La electricidad no es el único propósito, aunque se justificaría por si solo.

El tema deben tratarlo con amplitud y responsabilidad los sectores a favor o en oposición, para descartar la imposición o una ligereza en su realización o impedimento; que la técnica y el bien común descarten connotaciones que podrían llevar a sospechas de orden político. Lleva también a considerar la importancia de las aguas y los ríos en la vida y el destino de Cuenca.

Los ríos son fuentes de vida, embellecen los paisajes y generan la electricidad que impulsa el desarrollo de los pueblos. Los ríos Tomebamba, Tarqui, Yanuncay y Machángara son lo que quedaría del gigantesco lago que se vació por el encañonado del Tahual, según la leyenda que habla de los primeros cañaris salvados por dos guacamayas de la inundación.

Entre el mito, la poética y la geografía, surgió la ciudad inca de Tomebamba, que la llamaron Cuenca los españoles hace 462 años, cuyos nombre y destino se asocian a las aguas tutelares: “Durante milenios, incontables milenios, las fecundas aguas de un lago primitivo abrigaron estas tierras esmeraldinas, para que en su seno cuajase la perla”, reseñó Nicolás Espinoza Cordero la trayectoria del entorno cósmico cuencano, en el Libro de Oro de 1957, por el cuarto centenario de la fundación de Cuenca.

“Más tarde –añade- abrióse la ciclópea compuerta de granito. Las aguas se precipitaron por las verticales hoces del Tahual y apareció la virginal región azuaya para recibir los besos del sol”.

Fray Vicente Solano (1791-1865) previó lo que ocurriría si a ese desfogue de El Tahual le taponara un derrumbe: “Supongamos por un momento que estos ríos no tuviesen su curso por la travesía de El Tahual, claro es que todas las aguas se represarían, formando un lago inmenso”, escribió en el tomo IV de sus obras completas. Y eso pasó el 29 de marzo de 1993, cuando más de 50 millones de metros cúbicos desprendidos del cerro Tamuga cerraron un mes el cauce unido de los ríos cuencanos, más otros, formando el Lago de la Josefina que, el 1 de mayo de 1993, se destapó en una oleada mortífera evocadora de aquella premonición.

Las advertencias se valoran después de las desgracias. En marzo de 1991, técnicos de la Dirección de Minas apuntaron en un informe de rutina: “Cuán preocupante sería si gran parte de la altiplanicie se viniese hacia abajo y taponara el curso normal de las aguas en la garganta del río que se forma en el sector de La Josefina… La represa o embalse natural traería consigo situaciones peligrosas y por qué no decir desastrosas para las poblaciones localizadas en el curso inferior del río…”

Y antes y después de La Josefina, Cuenca ha sufrido estragos por los ríos enfurecidos en días invernales. El 3 de abril de 1950 –hace 69 años- el Tomebamba salió de madre al pasar por Cuenca y se llevó casas, puentes, personas y bienes públicos y privados. Y aún hoy los ríos son noticia frecuente de daños en la vialidad, los cultivos, en las plantas potabilizadoras, en barrios inundados o la desaparición de personas arrastradas en sus súbitas crecientes.

Pero el control de caudales permite disponer de medidas de seguridad, saldos positivos en la producción agrícola, el esplendor de los paisajes –flora y fauna-, el aporte para riego y consumo humano, y la generación eléctrica. Hace más de un siglo (1914), cuencanos visionarios instalaron una planta hidroeléctrica a la que seguirían otras, en cascada, que operan hoy, y otras más están en proyecto.

El Machángara es un recurso invalorable de beneficios para Cuenca. La presa de El Labrado, construida en 1972, con reservas de más de seis millones de metros cúbicos de agua y, Chanlud, en 1996, con 17 millones de metros cúbicos, permiten operar las centrales hidroeléctricas Saucay y Saymirín, que generan 24 y 8 megawatios, en su orden. Además, aportan a la regulación de caudales y a la producción de 1.9 metros cúbicos por segundo de agua potable en la planta de Tixán.

La subcuenca del Machángara tiene 32.500 hectáreas, de las cuales 25.225 son bosques cuidadosamente protegidos para preservar las condiciones ecológicas a favor de 2.900 usuarios del agua para riego, en 1.900 hectáreas de cultivos, cuyo principal mercado es Cuenca.

La Avenida Solano inundada como consecuencia de uno de los desbordamientos incontrolados del río Yanuncay

La empresa Elecaustro –que en agosto cumplirá 20 años- es responsable de las plantas de generación eléctrica de la subcuenca del Machángara y otras en Azuay y Cañar. En sus planes consta además la regulación de caudales, monitoreos hidrológicos, preservación de las fuentes de agua, riego y obras de interés comunitario de las poblaciones involucradas. Entre 2000 y 2018 ha sembrado 450 mil plantas forestales en la cuenca del Machángara, con participación de los vecinos.

La experiencia de la cuenca del Machángara se pude replicar al occidente de Cuenca y el proyecto multipropósito Soldados-Yanuncay está en la mira próxima de la empresa. Se ubica en las parroquias San Joaquín y Baños y consiste en el aprovechamiento del río Yanuncay para generar 22 megawatios de electricidad, con las centrales Soldados (7 Mw) y Yanuncay (15 Mw). En el sitio Quingoyacu se levantaría una presa de 42 metros, para disponer de reservas de 21 millones de metros cúbicos de agua.

La generación eléctrica no será la única razón del proyecto, que servirá para regular caudales y controlar las crecientes con las que el Yanuncay con frecuencia inunda y destruye viviendas, puentes y vías en las comunidades de Soldados, Bayán, Barabón, Misicata y otras, y hasta en barrios de Cuenca. La regulación también aseguraría la operación de la planta municipal de agua potable de Sustag, cuyos 460 litros por segundo proveerán a 300 mil nuevos usuarios en futuro no lejano. El proyecto tiene estudios de factibilidad y diseños definitivos, así como la licencia ambiental y el título habilitante, concedidos por los entes gubernativos.

Obras como el proyecto Soldados-Yanuncay, aparte de la generación eléctrica, podrían traer beneficios agrícolas y ambientales, que deberían ser ampliamente socializados en la población vecina, con sustento en razones técnicas, para evitar que sean motivo de confrontaciones.

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