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Freud destaca el contraste entre aquellos modales bondadosos y el hábito de acompañar hasta el patíbulo a los condenados para observar el último terror y trasladarlo a sus bosquejos

La imagen exterior (esbelto, rubio, ojos azules) armonizaba con su carácter alegre y expansivo. Poseía una fuerza excepcional (presionaba en la mano una herradura y la doblaba). Amante de la música, tocaba un laúd diseñado por él; cantaba y danzaba. Iba al mercado, compraba un pájaro, lo liberaba de la jaula y se entretenía observando el vuelo (pensaba en la posibilidad de echar a volar un artefacto). Era cordial, pero prefería en sus jóvenes discípulos la belleza física al talento. Por los conocimientos, el ingenio, el buen humor, encantaba a todos y era admirado en las cortes. Estos detalles dejan adivinar la figura inconclusa (igual que sus pinturas) del maestro universal.  

Sábato pondera que de día Leonardo construía puentes y represas, máquinas textiles, armas, juguetes mecánicos; investigaba los fenómenos de la naturaleza y se daba tiempo para fabricar objetos que aún maravillan, cinco siglos después. Pero por la noche se recluía en la morgue del hospital Santa María y se ocupaba en disecar cadáveres. Quería hallar entre los despojos, a la luz de un candil, el asiento del alma y el misterio de la vida.

Sigmund Freud destaca el contraste entre aquellos modales bondadosos y el hábito de acompañar hasta el patíbulo a los condenados para observar el último terror y trasladarlo a sus bosquejos. De modo que se mantenía en una actividad incesante, impulsada a la vez por la energía de una mente científica y una vocación artística. Al pintar adoptaba las reglas aritméticas y geométricas que ya habían innovado el canon en la antigua Grecia, pero no dejaba de imprimir en los rostros el anhelo de infinito, que no proviene de la ciencia sino de una zona recóndita del alma.

Ello ha llevado a ver en sus pinturas la confluencia de claridad y penumbra, la conjunción de ciencia y sensibilidad pictórica; la perspectiva y el cálculo, por un lado y, por otro, el desborde emocional, elementos solidarios del humanismo renacentista, que reconocía el valor del ser humano en su individualidad. Doblegado por el tiempo, a la hora de morir (2 de mayo, 1519), lejos de la patria, en una pequeña aldea al pie del Monte Albano, tal vez reconocería con estupor que la mirada seductora y la sonrisa enigmática eran recuerdos neblinosos de la infancia trasladados al rostro de sus personajes.

Tal es la explicación psicoanalítica, hoy discutida, que ofrecía Freud. Tenía cincuenta años Leonardo cuando aceptó el encargo de retratar a Mona Lisa, una florentina con rostro de extremada belleza cuya sonrisa de labios alargados y arqueados probablemente coincidía con el recuerdo que él conservaba de Catarina, una bella joven campesina de Vinci, su madre. Hijo ilegítimo, no tuvo en la primera infancia otra experiencia que el contacto maternal, y esta fijación reprimida ensombreció su existencia. En Santa Ana, la Virgen y el Niño, las dos mujeres sonríen igual que Mona Lisa, y así lo hará, después, el rostro iluminado de San Juan Bautista.

Pero al margen de estas consideraciones, la vida de Leonardo transcurrió en un período histórico radiante. La luz del pensamiento había ido opacando el resplandor de las hogueras medioevales, y las miradas se volvían a la antigüedad clásica. La Florencia del siglo XV, como otras ciudades europeas, había sido el resultado de un largo proceso de urbanización que dejó atrás la organización feudal de la sociedad. Según Luis Racionero, el proceso se había iniciado en el siglo XI. Obligados por el incremento demográfico, los siervos de la gleba empezaron a abandonar las tierras para dirigirse a los centros poblados. En el tránsito -tomó varios siglos-, las olas de migrantes habían aprendido a negociar, a acumular el capital, lo que les facilitó, una vez asentadas, modelar una nueva ciudad, próspera, democrática y autónoma.

Eran condiciones ideales para que surgiera el individuo; esto es, la persona libre, consciente de sí misma, y para que concertaran hacia un fin único –forjar un nuevo ser humano- la prosperidad material y el afinamiento estético. Habían asomado los pensadores, los artistas y paralelamente los mecenas, dispuestos a invertir en la plasmación de los sueños. Sinónimo de libertad, fue el impulso humanista el que echó a volar el genio de Leonardo y también el de Sandro Botticelli, Maquiavelo, Miguel Ángel; y el que echó a la mar las carabelas de Colón.

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