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Al Cardenal Theodore McCarrick, de Estados Unidos, la más alta jerarquía eclesiástica acusada de delitos sexuales, le aceptó su renuncia el Papa.

El Papa reconoce que mucho tiempo la Iglesia ha callado la gravedad de las acusaciones, pero también recibe críticas por ignorar el caso de un cardenal estadounidense pese a conocer las denuncias de abuso sexual. Francisco visitó a fines de agosto Irlanda, el país más católico de Europa y a la vez uno de los más contaminados por perversiones clericales y abusos sexuales

Ciertos obispos y clérigos reprimidos por el celibato o la deficiente formación acometen con impúdica violencia sexual contra niños y adolescentes en diversas partes del mundo. Su aberración escandaliza cada vez más, cuando las víctimas van perdiendo el miedo y la vergüenza de denunciarlos.

Estos temas se han tratado con temor y encubrimiento por la Iglesia, por la sociedad y hasta los medios. Pero en la actualidad ya no hay filtros que impidan su difusión, ni nadie que considere que denunciar y pedir sanción a los culpables ofende a la Iglesia. Los casos se replican por todas partes, aunque no puede ignorarse que en la Iglesia Católica han tenido y tienen cabida religiosos y seglares cuyas prácticas de fe y santidad de vida enriquecen y siembran luz en el destino actual y futuro de la humanidad.

Ya se han roto las barreras que tradicionalmente escondieron bajo secreto conventual los delitos, al punto que el Papa acaba de aceptar que el dolor de las víctimas “durante mucho tiempo fue callado o silenciado”. La milenaria fortaleza del Vaticano sufre cuarteaduras que claman intervenciones emergentes, antes de que sea tarde para impedir que los fieles huyan de sus templos.

Carles Scicluna, Arzobispo de Malta, investigador de los abusos sexuales, ha emitido informes implacables contra los religiosos acusados.

Las jerarquías han escondido los hechos, pero ya no pueden esquivarlos más, aunque ciertas explotaciones de religiosidad popular parecerían distraer la atención colectiva, como ciertas peregrinaciones multitudinarias recorriendo caminos para pedir milagros o con fines turísticos: la fe mueve montañas, pero ciega a los fieles, indiferentes ante crímenes de curas de Irlanda, de Chile, de Estados Unidos, de Australia, del Ecuador y otros países y continentes, profanadores de catecismos, de los mandamientos y de la dignidad de víctimas inocentes.

El Cardenal y arzobispo emérito de Washington, Estados Unidos, Theodore McCarrick, es el primer jerarca de su nivel al que el Vaticano aceptara su renuncia, por acusaciones de abuso sexual a menores que él siempre las negó, pero según el informe “estaban fundamentadas y eran creíbles”. Con un lenguaje disimulado, las instancias eclesiásticas minimizan la gravedad de las culpas. En vez de abuso sexual, violación o estupro, suelen hablar de “conductas inapropiadas”.

Los investigadores que en Cuenca del Ecuador siguieron en junio de 2018 los pasos de un viejo sacerdote, escuchando a las víctimas de sus abusos sexuales, apuntaron en un comunicado de la Curia que “considera verosímiles las acusaciones”. Esta forma de expresión sería parte de un esquema convenido, para atenuar las culpabilidades. El 28 de julio último, al otro día que el Papa aceptó la renuncia al cardenal McCarrick, la Oficina de Prensa de la Santa Sede emitió un comunicado lacónico: “El Papa Francisco ha aceptado la renuncia del cardenal y ha dispuesto su suspensión del ejercicio de cualquier ministerio público, junto con la obligación de permanecer en una casa que se le indicará, para una vida de oración y penitencia, hasta que las acusaciones a él dirigidas sean aclaradas por el proceso canónico regular”.

El arzobispo Carlo María Vigano, ex Embajador del Vaticano en Estados Unidos, envió el 25 de agosto una carta al Papa, en la que le acusa de ignorar las acusaciones contra el cardenal McCarrick –al que le aceptó la renuncia hace poco- , señalando además que “la corrupción alcanzó la cima de la jerarquía de la Iglesia” y sugiere la renuncia del Pontífice.

Arzobispo Carlo María Vigalo, ex embajador del Vaticano en EEUU, denunció que el Papa Francisco ignoró las acusaciones contra el cardenal McCarrick

Los pronuniamientos del Vaticano dirían menos de lo esperado y apropiado. Francesco Zanardi, abusado sexualmente por un sacerdote italiano, comentó: “Esto se debería aplicar de forma sistemática, no como un golpe de efecto mediático. Que se tomen estas decisiones cuando se ven obligados por la opinión pública no es suficiente. Aunque estas medidas siempre son bienvenidas, no tienen gran valor… Respetamos la idea de la Iglesia y los procesos canónicos. Los valoramos y apreciamos, pero no son suficientes. Estos procesos no deben sustituir a la justicia civil, no es aceptable, porque este hombre se pasa un tiempo aislado pero ¿cuál es el castigo? ¿Y las víctimas? ¿El que ha sufrido el daño, qué recibe? Las víctimas necesitan justicia real no solo justicia mediática”.

Los medrosos pronunciamientos de la Iglesia han concordado con el lenguaje esquivo de los acusados. El escocés Keith O`Brien, en 2013 envuelto en escándalos, reconoció así su culpa: “Hubo momentos en que mi conducta sexual estuvo por debajo de los estándares requeridos de mí como sacerdote, arzobispo y cardenal”.  Este prelado murió en marzo de 2018 a los 80 años, luego que la Santa Sede le aceptó la renuncia por “motivos de edad… a los derechos y prerrogativas cardenalicias”.

Su sucesor, Leo Cushley, al deplorar su muerte, pidió a los fieles orar “por el descanso de su alma, por el bienestar de su familia en duelo y para que se dé apoyo y consuelo a aquellos que ofendió, hirió y decepcionó”.

En el caso del sacerdote investigado en Cuenca la situación fue al revés, pues a más de negar las acusaciones “verosímiles” según los investigadores, consideró que el  Papa “quiere congraciarse con los enemigos de la Iglesia” al pedir perdón a las víctimas de los abusos.

El reciente informe sobre aberraciones de religiosos en Pensilvania, Estados Unidos, desbordó la continencia de la Iglesia ante la magnitud de las acusaciones. El Papa Francisco se vio precisado a pronunciarse en forma directa, como no lo había hecho antes. Cuando a comienzos de año visitó Chile se molestó por las “calumnias” contra el arzobispo Fernando Karadima y otros religiosos, luego desenmascarados como culpables de delitos sexuales, por Charles Scicluna, arzobispo de Malta, experto investigador en otras misiones similares de la Santa Sede.

En la conducta y el lenguaje de los “depredadores sexuales” contra menores, hay también algo común:  convencer a las víctimas de ser culpables. Karadima acusó a los menores que llevó a la cama de “haberlo hecho pecar”. El padre cuencano dijo que en las víctimas “se da una cierta complicidad puesto que aquel que quiere mantenerse íntegro no permite que el abuso tenga lugar…”

De aberraciones de clérigos se ha conocido a través de siglos por versiones clandestinas, guardadas y protegidas bajo escrúpulos y temores ligados a la fe ciega de los católicos. Hablar mal de un cura era hablar mal de Dios. En los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI empezaron a descorrerse los velos, pero se evitó el escándalo por el prestigio de la Iglesia. Un caso espectacular fue del cura mexicano Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo, quien llevó vidas paralelas de religioso, de padre clandestino, de violador de niños, hasta de sus propios hijos, y colaboró estrechamente con Juan Pablo II, en cuyo papado Joseph Ratzinger recibió denuncias de seminaristas y curas violados por él, a quienes respondió que nada se podía hacer, “porque era muy amigo del Papa”. Ratzinger fue el sucesor de Juan Pablo II y renunció al papado para recluirse de por vida.

El Papa Francisco, a través de carta abierta reciente “Al Pueblo de Dios”, como reacción frente al caso de Pensilvania, ha reconocido, lamentado y denunciado los abusos contra los niños: “No mostramos ningún cuidado por los más pequeños, los abandonamos… Con vergüenza y arrepentimiento como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y gravedad del daño que se estaba causando a las víctimas… El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado y silenciado… los líderes de la iglesia se preocupan más por su reputación que por la seguridad de los menores”.

También apunta: “Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de cuidar a los más vulnerables… Pidamos perdón por los pecados propios y  ajenos”.

Y dentro de la Iglesia hay voces que empiezan a vencer el miedo y la hipocresía. El arzobispo de Boston, Sean O`Malley, antes que Francisco emitió un pronunciamiento elocuente: “El tiempo se acaba para nosotros, líderes de la Iglesia. Los católicos han perdido la paciencia en nosotros. Tanto los católicos como la sociedad civil han perdido además la confianza en los obispos de la Iglesia de Estados Unidos… Hay momentos en que las palabras nos fallan, cuando no captan la profundidad de las situaciones abrumadoras que enfrentamos en la vida…”

El arzobispo de Dublín, capital de Irlanda, Diarmuid Martin, país que acaba de visitar el Papa a fines de agosto, dijo en una homilía anterior a la visita pontificia que “No basta con pedir perdón… No es suficiente decir lo siento. Las estructuras que permitieron o facilitaron el abuso deben ser destruidas y destruidas para siempre… “, exigiéndole al Papa hablar de estos problemas “abiertamente y con franqueza”.

El informe de la comisión presidida por la juez Ivonne Murphy en Irlanda –el país más católico de Europa-, ocupa 2.500 páginas, sobre seis años de investigación, concluyendo que varias autoridades episcopales eran encubridoras.

En abril del año en curso en Cuenca se destaparon las denuncias de niños violados por un prestigiado sacerdote y educador, hace un medio siglo. Una comisión de la Arquidiócesis le investigó y escuchó a varias víctimas, para mandar un informe al Vaticano, donde debe resolverse la situación del religioso de acuerdo al Código de Derecho Canónico. Ya va para cinco meses desde entonces, pero no ay resoluciones. La Iglesia Católica parece dispuesta más a elevar con celeridad a los altares a sus santos, que a condenar a los tonsurados que han roto sus preceptos y normas.

 

BOTONES DE MUESTRA

El Fiscal Josh Shapiro, de Pensilvania, denunció los abusos de cientos de sacerdotes a miles de infantes.

El informe sobre la investigación a curas acusados de pedofilia en Pensilvania tiene 1.400 páginas a través de las cuales se denuncian violaciones, torturas, sesiones fotográficas de víctimas desnudas, compartidas sexualmente entre varios.

   Un menor fue atado con una soga en un confesionario en “posición de oración”. Como se resistiera a aceptar las relaciones, el religioso tomó un crucifijo de 18 centímetros para agredirlo sexualmente.

   Josh Shapiro, fiscal investigador de Pensilvania, dijo que “Los sacerdotes abusaron de niños y niñas pequeñas y los hombres de Dios que eran responsables de ellos no hicieron nada, ocultaron todo…” Según documentos investigados, era común que la Iglesia alegara “licencia por enfermedad” o “licencia por motivos de salud” para ocultar el retiro de sacerdotes vinculados a los abusos.

   Al reverendo Edward George Ganster varias veces le concedieron “licencia por enfermedad” y luego de dejar en 1990 el sacerdocio fue a trabajar en Disney World con una carta de recomendación de sus superiores.

   Cuatro curas obligaron a desnudarse a un chico para que posara como Jesucristo en la Cruz para tomarle fotos. Según el informe él “contó que todos se reían y decían que las imágenes serían utilizadas como referencia para nuevas esculturas religiosas para las parroquias”. Otro cura mientras acariciaba a un niño le decía que todo estaba bien, porque “él era instrumento de Dios”.

   En Chile han sido investigados más de 150 religiosos. Cinco hermanas de una familia, incluida una niña de un año y medio, fueron abusadas por un sacerdote. En otro caso un cura embarazó a una joven y luego arregló para que abortara.

   Las investigaciones en varias partes del mundo revelan casos escalofriantes, con capítulos de sacerdotes, obispos y jerarcas que no solamente traicionaron su fe y sus consagraciones eclesiásticas, sino atentaron contra la dignidad y la vida de inocentes víctimas, muchas de las cuales acabaron por refugiarse en el alcohol, la drogadicción o el suicidio. Quedan, por ventaja, en la Iglesia, religiosos leales a su vocación, preocupados por el bienestar espiritual de los fieles que siguen sus huellas y de los que son ejemplo.

 

- Nota: El presente trabajo tiene como fuente medios de comunicación internacionales y páginas informáticas de diferente procedencia.

 

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