Por Rolando Tello Espinosa
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| La casa con características de estilo francés, con torrecilla y vitrales para contemplar el cielo |
La enigmática presencia de Ernesto López Diez vaga por el ruinoso Palacio de Cristal, diseñado a su gusto, hacia la primera década del siglo XX:
en las escaleras y tablados aún crujen las pisadas silenciosas del personaje fantasmal en su vida y desconcertante en su poesía
Según una condolencia mortuoria en diario El Mercurio del 24 de junio de 1963, doliéndose por la partida del “intelectual azogueño”, nació en Azogues. Pero sin pruebas documentales, la versión no es definitiva. Una tesis de Arquitectura, dirigida por Carlos Jaramillo Medina, publicada en 2002, al aludir al edificio donde vivió, dice que “perteneció al poeta cuencano de ascendencia peruana Ernesto López Diez”. Una escuela rural en Cutchil, parroquia de Sígsig, lleva su nombre.
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| El libro de Cristóbal Zapata en homenaje a Ernesto López |
De la bruma de incertidumbres sobre su biografía, lo probable es que nació en 1860, en Azogues. Luego cursó la secundaria con los Hermanos Cristianos en Cuenca y la carrera de Derecho en la Universidad de esta misma ciudad, donde residiría siempre, pero dándose placer y tiempo para viajar por América y Europa, como revela en sus versos. Vivió, entonces, casi cuarenta años del siglo XIX y algo más de sesenta del siglo XX: un centenario longevo de tiempos cruciales en la vida y desarrollo de un pueblecito rural convirtiéndose en ciudad moderna de los tiempos nuevos.
En efecto, vivió cuando los cuencanos tenían como medio de transporte las acémilas, vio luego llegar los primeros carros motorizados y después el avión; vio las calles empedradas de noches iluminadas con mecheros y más tarde con bombillos eléctricos, o las calles con acequias descubiertas que presidieron a las alcantarillas; y vio, con ojo atento, la irrupción en Cuenca de nuevas formas de pensar y mirar el mundo en el traslaparse de las generaciones.
Se conoce que fue un hombre de fortuna. ¿De dónde provenía la riqueza? Es otro misterio, pero tenía dinero suficiente para comprar casas y ofrecer alojamiento gratuito a las familias pobres. La Casa López, en la calle Sangurima, hasta ahora es un conventillo que hospeda a gentes en miseria.
Pulcro en el vestir, bien peinado el pelo lacio, con ternos oscuros, pañuelo en el bolsillo del pecho y un clavel en la solapa, soltero de por vida, despertó intriga en la gente por sus modales y había rumores de que estaba vinculado a la masonería. Gustaba de la música –tenía un gran piano en la sala- y sobre la casa despuntaba un cuarto como torrecilla y balcón a la calle Bolívar, para contemplar la ciudad, los horizontes lejanos y los espacios siderales, cautivado por la astronomía.
Lo importante del personaje es que fue un poeta singular por la extravagante elegancia y contenido de su producción, diferente del común de los más notables contemporáneos suyos. Se ubica en las postrimerías del romanticismo y en la vanguardia del modernismo, lo que le permitía reunir en su mansión a artistas y literatos de las dos corrientes, admirado por igual de unos y otros.
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| La única foto que se ha conservado del personaje |
En 1926, Jorge Carrera Andrade, al obsequiarle un libro suyo le apunta en la dedicatoria:
“Para mi amigo el caballero Don Ernesto López. Poeta recio, orgullo de nuestras letras”. Manuel María Muñoz Cueva, al obsequiarle sus Cuentos Morlacos, le escribe: “Al alto espíritu de Ernesto López, el esteta múltiple”. Luis Moscoso Vega le autografía: “Al Señor Doctor Don Ernesto López, encantado poeta de su palacio de luz”. Rigoberto Cordero y León le dice “Poeta altísimo y verdadero Poeta, único en su concepción y expresión…” al prologar una colección de poemas editados por la Universidad de Cuenca. Remigio Romero y Cordero le dedica un poema al que llama La Ernestiada: el emocionado doctor López contesta la generosidad mandándole un árbol navideño en el que en vez de guirnaldas o bombillos, cuelgan billetes.
En los años veinte del siglo pasado, implantó en su casa la Fiesta de la Primavera, especie de contrarréplica a la Fiesta de La Lira. El extraño poeta quería manifestarse diferente del común de los valores literarios de su época, marcando distancias, aunque compartiera generosamente la amistad con ellos, que además le admiraban y buscaban su compañía, como lo confirma una tarjeta que recibe con el siguiente texto: “M. Moreno Mora saluda al Príncipe Único y solicita su venia para ir esta noche a pasar el Año Viejo en el Palacio del Águila, en espera del Rey Sol, en compañía de algunas vestales abrileñas. Gracias anticipadas…”
Una águila con las alas extendidas en sitio destacado del Palacio de Cristal, es el símbolo de la libertad y de las alturas a las que remonta su pensamiento y en las que vive el poeta, en cuyos versos experimenta con palabras de rebuscado diccionario y metáforas insólitas la creación estética con recursos de sus propias originalidades.
En 1926 publicó los Versos Blancos, talvez lo más representativo de su producción, que no alcanza a satisfacerle, al punto que incinera en la huerta de su palacio los ejemplares que le quedan a mano. Ernesto López es, realmente, un caso de estudio más allá de la trascendencia de lo literario. Su pensamiento vuela más alto de las cumbres terrenales, como lo expresara en una estrofa de Versos Blancos:
Piedra, seas granito, o bien basalto,
que me hagas de arco o plinto no lo quiero;
que digas en la tumba te requiero:
nada de él está aquí: buscadle en lo alto
Y como si más allá de la muerte impusiera su voluntad, sus cenizas no pueden ubicarse en ninguna parte en el cementerio municipal donde fue sepultado. Lo único que queda en el archivo del camposanto es el registro de que sus funerales se cumplieron el 25 de junio de 1963, pero con el pasar de los años y la soledad en que vivió y murió, nadie da cuenta del destino final de sus despojos: hay que buscarlos en lo alto…
En la vida y en la muerte, el poeta López ha tenido éxito en su aspiración de trascender hacia lo enigmático. La mansión que habitó, donde reunió a los artistas y poetas de su tiempo, sumida en abandono y deterioro, parecería sumar, en el siglo XXI, ingredientes que configuran una suerte de arcano a la memoria del personaje que pasó paradójicamente oculto tras los cristales de su palacio.
Una morada en ruinas
El escritor Cristóbal Zapata acaba de publicar una antología de poesía escrita por Ernesto López entre 1893 y 1942, con un estudio preliminar sobre su vida y su obra. Su nombre es El Palacio de Cristal.
Después del aporte que en los años 80 hiciera Antonio Lloret Bastidas, quien descubrió al poeta cuya memoria se escondía en su palacio y la recupera para la historia de la literatura morlaca, este trabajo de Zapata está entre lo más notable que se ha dicho y hecho sobre el personaje. En la parte final consta un perfil estético y humano de López, de la autoría de Marco Tello, quien había contribuido ya en 2004 a rescatar al poeta del olvido, incluyéndole en su tesis doctoral publicada en el libro El Patrimonio Lírico de Cuenca.
Ernesto López fue uno de los escritores exaltados en la Fiesta de la Lira de 2012, evento que promueve cada dos años la Fundación Cultural Banco del Austro. La publicación de Zapata se inscribe dentro de los actos asociados a la cita iberoamericana.
La nota que aparece en estas páginas no tiene más propósito que destacar al personaje valioso de las letras cuencanas –los estudiosos hablan de su vida y producción-, interesando a los lectores a conocerlo a través de la biografía y la producción constantes en la publicación de Zapata. Pero también lleva el interés por reclamar la restauración del edificio patrimonial que perteneció al Poeta, quien lo legó a la Conferencia San Vicente de Paúl, entidad que luego lo vendió a un particular.
Apena, por decir lo menos, recorrer por los espacios otrora majestuosos del inmueble, ahora en deterioro y ruinas fantasmales. La misma fundación cultural Banco del Austro podría aportar para que el Palacio de Cristal no acabe por destruirse definitivamente.
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| Página del libro de archivo que se conserva en el Cementerio Municipal de Cuenca, donde constan datos sobre la inhumación del personaje: fue sepultado el 25 de junio de 1963 en el sector B, tumba Nro.67. La cruz señala que los restos fueron exhumados, pero no se conoce el destino final donde fueron depositados. |



