Por: Edwin Caicedo

Las mujeres operan los sistemas energéticos instalados y enseñan a otros miembros de la comunidad. Imagen: Renata Moreno / UAO

Las localidades rurales Robles y Quinamayó tienen poco más de 6000 habitantes. Estas comunidades del departamento Valle del Cauca, al suroeste de Colombia, tienen dificultades de acceso a la energía y los servicios públicos. Un grupo de mujeres busca cambiar, con la Universidad Autónoma de Occidente (UAO).

Desde 2019, académicos de la UAO -con su sede en Cali, capital del Valle del Cauca- han desarrollado en Robles y Quinamayó distintos proyectos con al menos ocho asociaciones que integran cerca de 80 personas, bajo el liderazgo exclusivo de mujeres de los dos corregimientos, como se llaman en el país a las divisiones en áreas rurales de los municipios. El objetivo es capacitar a la población local en el desarrollo e implementación de soluciones energéticas sostenibles enfocadas en procesos productivos y, además, brindarles la posibilidad de tener acceso a ellas.

Y es que, a pesar de ser una zona interconectada a la red eléctrica, los costos de la energía para procesos productivos son muy altos para la población. Asimismo, el servicio es intermitente e incluso hay muchas fincas que no tienen ningún tipo de servicio público. Han logrado la instalación de dos biodigestores, dos paneles solares en un vivero para la producción de plantas medicinales (que esperan comercializar a futuro) y varias estufas ecoeficientes, como parte del plan piloto para mostrar que es posible el sueño que buscan: convertirse en una comunidad energética autosuficiente, es decir, una población que produce y se autoabastece de energía a partir de fuentes renovables.

Hasta el momento las 80 mujeres que han participado en el proyecto han sido capacitadas en talleres de energías renovables que se han dictado desde 2021, pero los sistemas energéticos instalados han beneficiado únicamente a la Institución Educativa Agropecuaria Presbítero Horacio Gómez Gallo de Robles, a la Asociación Palenque 5, a la Asociación Mujeres de Robles, al emprendimiento La Felisa, a las asociaciones Mujeres Emprendedoras de Robles, Rosafro, Mujeres Virtuosas de Villa Paz y la Distribuidora de Alimentos Las Robleñitas. Según explica la doctora en política ambiental y recursos naturales Renata Moreno, lo que buscaban en principio era fortalecer zonas muy alejadas, sobre todo fincas tradicionales, a través de fuentes de energía renovable con soluciones sencillas, pero también educar a la comunidad para que pudiesen multiplicar esas soluciones.
Y si bien, al principio el proyecto no tenía enfoque de género, fueron las mujeres las que, desde que inició hasta que terminó la primera fase, estuvieron comprometidas y aprendieron, por ejemplo, a instalar, operar y dar mantenimiento a biodigestores (un sistema para generar biogás con residuos o excrementos de animales) y a entender el funcionamiento y cuidados de los sistemas de paneles solares. “La idea es que se asocien para crear un fondo rotatorio y poder promover la instalación de esos sistemas de biodigestores en otras fincas, que ellas ya saben cómo instalar”, resalta Moreno.

Las mujeres operan los sistemas energéticos instalados y enseñan a otros miembros de la comunidad. Imagen: Renata Moreno / UAO

El primer proyecto denominado vivero ‘Valle de la Salud’, e impulsado por la UAO en 2019, buscaba crear un espacio para la producción de algunas plantas medicinales y tradicionales que se han ido perdiendo, al tiempo que recuperaba saberes comunitarios y utilizaba para ello energía renovable a partir de paneles solares.

Ese primer proyecto fue tan relevante que resultó merecedor de un premio de la organización ambientalista Censat Agua Viva, por su impulso a la transición energética justa, lo que les otorgó un reconocimiento económico equivalente a 1800 dólares, usado para mejorar el vivero. Pero no fue el único premio. Luego llegaron otros reconocimientos, uno otorgado por el ministerio de Minas y Energía y otro entregado por el Banco W, que aportó nuevos fondos para seguir creciendo el proyecto y la cantidad de soluciones energéticas y paneles que pueden instalar.

Según explica María Caicedo, quien hace parte de la Asociación de Mujeres de Robles, no solo los dos primeros paneles fueron una bendición, sino también el conocimiento sobre los temas de energías y sostenibilidad, algo que ahora quieren replicar en toda la región. “Nosotros hemos adquirido conocimiento, y ese conocimiento lo transmitimos. Este proyecto ha sido hermoso. Hemos aprendido qué es energía limpia. En mi caso yo no sabía qué era un panel o qué era un biodigestor, y ahora ya sabemos qué son y esto nos enriquece mucho a nosotros”, resalta Caicedo, quien ha sido una de las lideresas del proyecto del vivero.

Por su parte, la profesora Florcilena Balanta, otra de las mujeres que integran la asociación, resalta que en el caso del biodigestor, que hace más de un año fue instalado en la Institución Educativa Agropecuaria Presbítero Horacio Gómez Gallo, la realidad ha cambiado por completo. Balanta, profesora de etnoeduación y tecnología, destaca que en ese centro educativo rural son los jóvenes los que han aprendido y se encargan de la administración del biodigestor, cuyo gas se utiliza para cocinar los alimentos que se consumen en la escuela y para generar calor para la zona de cría de cerdos que tiene el colegio, con más de 300 estudiantes. “El beneficio ha sido inmenso, porque nos hemos llenado de conocimientos. No conocíamos antes estas energías renovables”, resalta Balanta.
Según ambas mujeres, ahora el objetivo es crecer en la cantidad de soluciones energéticas instaladas, aprovechando esos conocimientos y los recursos que hay disponibles en el nuevo proyecto.

Se han instalado, bajo el liderazgo de las mujeres, dos biodigestores para generar gas a partir de excrementos y residuos. Imagen: Renata Moreno / UAO

En ese punto, destaca Laura Montoya, gerente de Crecimiento de la compañía de energía sostenible, Teana, este tipo de soluciones de energización -en el caso de los paneles solares- permite a las comunidades rurales un mayor acceso a capacidades productivas, porque tener energía implica, por ejemplo, poder guardar alimentos en una nevera, poder ofrecer servicios y productos hasta más tarde e incluso poder estudiar en horas de la noche. Algo que la falta de electricidad, lamentablemente, impide. El uso de pequeñas instalaciones de paneles solares en distintas parcelas de una comunidad puede cambiar por completo la realidad de quienes allí habitan y permitir cosas tan sencillas como encender una luz.

Por su parte, Martín Atencio, experto en biodigestores de la empresa Consultores y Asesores Agropecuarios (COA), en el caso de la solución para la generación sostenible de gas considera que una gran ventaja es la facilidad que existe para que esta solución pueda ser de grandes tamaños y de esa forma distribuir, entre varias parcelas, el gas producido por el biodigestor. Es decir, tanto los biodigestores como los paneles son una opción que (si se masifica) podría llevar a Balanta, a Caicedo y las demás mujeres y familias de la zona, hacia el objetivo de convertirse en una comunidad autosuficiente en términos energéticos.

Sin embargo, aún quedan retos por superar. El primero: lograr que toda la comunidad se apropie del proyecto y lo proteja, porque en el caso del vivero, los paneles solares instalados fueron robados por desconocidos, dado que esta es una zona de alta conflictividad. Sumado a ello, explica el doctor en energía renovables, Yuri Ulianov López, otro problema que surge es que hasta ahora no se ha legislado alrededor del concepto jurídico de comunidades energéticas. Si bien el Gobierno lo agregó como parte clave en su proyecto para la transición energética, hoy una comunidad no puede producir su propia energía e integrarla a la red eléctrica. Eso es algo que ha limitado las soluciones de paneles solares.

López, quien asesora esta segunda parte del proyecto y se encargará de la instalación de las nuevas soluciones fotovoltaicas, espera que se logren instalar unas siete soluciones con los fondos disponibles. Por ahora, las mujeres de Robles y Quinamayó siguen persiguiendo el sueño, de a poquito, de convertirse en una de las primeras comunidades autosuficientes en términos de energía del país. Con la ventaja de que ya dieron sus primeros pasos.

(Este artículo se elaboró con el apoyo de Climate Tracker América Latina y Open Society Foundation)

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