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A la izquierda, sitio donde se levantaría la Catedral de la Inmaculada, en una foto de fines del siglo XIX o inicios del XX. En la plaza central animales se alimentan con el pasto. A la derecha, desde un ángulo similar, el Parque Calderón de hoy: un automóvil al pie del edificio del Seminario marca la contrastante diferencia alrededor de 126 años después.

   Entre julio de 2001 y abril de 2002 el alcalde Fernando Cordero remodeló el parque Calderón. Fue notable su rejuvenecimiento y la recuperación de la antigua glorieta, escenario de eventos públicos. Ahora la alcaldesa Marisol Peñaloza termina otra remodelación, con piedras, baldosas antideslizantes y mármol en el piso, y mejoras en iluminación. El sitio donde se fundó Cuenca en 1557, preserva valores materiales y simbólicos de la trayectoria urbana a través de los siglos 

Todas las ciudades se formaron alrededor de un parque central que registra la historia y el destino de sus habitantes. En Cuenca, los españoles al fundarla en 1557 montaron la cruz y el patíbulo, signos divino y humano de la Justicia, en medio del llano al que llamaron Plaza de Armas, en cuyo entorno marcaron espacios para funciones administrativas, servicios civiles, militares, judiciales y religiosos de los vecinos de entonces y del futuro.

El antiguo edificio de la Gobernación del Azuay, demolido hacia 1970, y el que lo remplazó desde 1977. Fue una reliquia arquitectónica que merecía conservarse.

   Cuatrocientos sesenta y nueve años después la ciudad ha crecido por todas las direcciones y el lugar impregnado de simbolismos cambió diseños y nombres, conservando el referente invariable de su origen, núcleo del centro urbano, sala mayor de todas las edificaciones levantadas, remplazadas o destruidas al paso de los tiempos.

   En la época colonial se nomina indistintamente plaza pública, plaza de armas o plaza mayor. Las primeras fotos del sitio a fines del siglo XVIII muestran las condiciones rústicas del espacio, la pileta de mármol al medio, construida un siglo antes, pieza ornamental y primera fuente pública de abastecimiento de agua del vecindario.

   En 1895 la Revolución Liberal llevó al poder a Eloy Alfaro y la plaza se bautizó como Luis Vargas Torres, mártir liberal ejecutado allí el 20 de marzo de 1887 por orden del presidente José María Plácido Caamaño, quien firmó la sentencia mientras festejaba entusiasmado su onomástico. “Desde hoy, la plaza de armas llevará el nombre de Plaza de Vargas Torres, en memoria de que en ella fue sacrificado este heroico Mártir del liberalismo”, dice el decreto alfarista de 2 de septiembre de 1895. El nuevo nombre no trajo mejoras, y dispone erigir un monumento a Vargas Torres al centro, que nunca se hizo.

La sede de la Municipalidad de Cuenca, de estilo sigular, con la torrecilla del reloj. Y al frente la estructura de líneas rectas, de hormigón, con el que la ciudad irrumpió en la “modernidad” al conmemorar 400 años de su fundación, en 1957.

   En 1899 el comandante de Armas Antonio Franco puso a trabajar a sus soldados en adecentar la plaza que deslucía del entorno con edificios de arquitectura colonial y nuevas construcciones, modernas a la época. Entre las mejoras constan pilastras de cal y ladrillo alrededor de la pila central, dividiendo a la plaza en cinco segmentos, cuyo cuidado asumen el Concejo en el área central y los otros cuatro el colegio seminario, la gobernación, el cuartel y Hortensia Mata, dueña de una vivienda esquinera.

   En 1920, centenario de la independencia de Cuenca, la municipalidad pide a Octavio Cordero Palacios rediseñar el parque que pasa a llamarse Abdón Calderón, en honor al héroe cuencano que a los 18 años combatió y murió gloriosamente en la Batalla del Pichincha el 24 de mayo de 1822, luchando por la independencia de la patria. También resuelve que al centro luzca un monumento a su memoria, que acaba por inaugurarse en 1931 tras largas demoras por problemas de financiamiento. El nombre de Vargas Torres desaparece, pero no hace muchos años apareció bajo los revoques de un frontis repintado varias veces, y permanece a la vista.

   Por esa época se lo rodea con verjas, para ornamento y protección, y se las retira veinte años después para dejar libres todos los accesos. Del rejado metálico hay profusión de reliquias fotográficas. La pileta con tres escudillas de mármol se la saca para hacer sitio al monumento de Calderón, obra en bronce del escultor europeo Carlos Meyer, que la ejecutó por 30 mil sucres, sobre un pedestal marmóreo que levantó el cuencano Benigno Vintimilla por 14 mil sucres. Se inauguró el 24 de mayo de 1931, conmemorando la Batalla de Pichincha.

Para entonces los ocho pinos araucarias son casi sesentones y hoy superan los 150 años. Los plantó el poeta Luis Cordero en 1875, trayéndolos en macetas al regreso de su exilio en Chile, donde se refugió luego de ser derrocado de la presidencia de la República, para que luciesen por siglos como longevos gigantes en la Plaza Mayor. Desde los años 90 del siglo pasado sufren envejecimiento prematuro, acaso porque fueron trasplantados a un medio extraño, pues viven más de mil años. Entonces se talaron más de treinta quintales del ramaje apretujado entre los siete metros que separa a cada árbol y todos hoy lucen amputados en lo alto, en intento de curarlos de los musgos que los corroen de arriba abajo.

Los pinos crecientes del centro del parque, donde está la pileta histórica, hacia los años 20 del siglo XX, y el enrejado metálico del entorno. El monumento a Calderón ocupó el privilegiado lugar desde 1931 y en la actualidad las araucarias envejecidas prematuramente lucen amputadas del ramaje en el intento de salvarlas de la extinción.


   En 1937 el Concejo contrata el embaldosado con la firma INCA. “No era posible que el antiestético ladrillo de tierra cocida fuese el pavimento de este parque, situado en el corazón mismo de la ciudad”, dice un informe del presidente municipal Antonio Borrero Vega. Los 3 800 metros de baldosas, al precio de 8,50 sucres el metro cuadrado, costaron 32 300 sucres financiados con bonos municipales de un crédito de tres millones concedido por el presidente Federico Páez el 2 de noviembre de 1936.

Este parque es el sitio público más importante de Cuenca. Por las calles adyacentes pasan los desfiles cívicos, las marchas de protesta, las celebraciones de estudiantes y gremios, los campeones deportivos con sus preseas, las procesiones religiosas, los pases del Niño Viajero o de los políticos que pregonan sus candidaturas. Allí fueron coronados en 1917 los poetas egregios de la ciudad y al pie del monumento al Héroe Niño depositan ofrendas florales los presidentes y autoridades nacionales en honor a Cuenca en sus efemérides. En sus bancas hacen tertulia los jubilados o descansan turistas embelesados por la belleza del entorno cargado de memorias, alojamiento de fotógrafos que enfocan sus lentes entre jardines o edificios imponentes. Desde allí se contemplan fachadas de fisonomía administrativa, como la Municipalidad, la Gobernación, el viejo seminario que ya estaba allí al comenzar la construcción de la nueva catedral a fines del siglo XIX, el majestuoso edificio de la Corte de Justicia y, sobre todo, las dos catedrales que se miran, frente a frente, consagrando doblemente la fe de los morlacos.

    La catedral vieja, al sur oriente del parque, iglesia matriz levantada en el sitio asignado por los fundadores, se elevó a jerarquía catedralicia cuando en 1779 el Rey de España nombra al primer obispo, José Carrión y Marfil. Su torrecilla fue referente de la Misión Geodésica Francesa que en 1749 midió la tierra y fijó al metro como unidad de medida universal. Una placa al frontis magnifica a la torrecilla como más importante que las pirámides de Egipto.

   La Catedral Nueva o de La Inmaculada es la obra arquitectónica más atractiva de Cuenca. La empezó a construir en 1885 el lego alemán Juan Stiehle por orden del obispo Miguel León, que proponía un templo tan grande como su fe. Las cúpulas son visibles desde todos los accesos a la ciudad y la imagen de Santa Ana con María, su hija niña, luce sobre la terraza hacia el parque, obra del Sacro Instituto Religioso de las Artes, de Roma. El conjunto escultórico se inauguró el 26 de julio de 1965. El primer acto religioso oficial en la catedral fue la consagración episcopal del primer arzobispo de Cuenca, Manuel de Jesús Serrano Abad, el 13 de abril de 1957.

En 1887 fue fusilado en los bajos del edificio municipal el liberal Luis Vargas Torres. En su honor se levantó una columna con su efigie el 20 de marzo de 1936. El nombre del personaje impuso el liberalismo al parque central y aún se conserva la nomenclatura, próxima
al nombre de Calderón, con el que se lo remplazó.

    Entre la Catedral Nueva y el edificio del Seminario, una estrecha vía es la calle más antigua, nominada Santa Ana por el encomendero español Gonzalo Núñez de Bonilla, hacia 1538, casi dos décadas antes de la fundación de Cuenca. La calle permaneció oculta hasta que se la reabrió al público, remodelada y embellecida en 2016, punto emblemático ligado al parque Calderón.

     La Gobernación y la vivienda de Hortensia Mata, en la esquina nororiental del parque, y casas particulares de la calle Bolívar, evocan edificios restaurados de más de un siglo, cuyos rasgos identifican la tradición constructiva del núcleo principal del centro histórico. La actual remodelación invita a revalorar el parque, epicentro de siglos de historias, vidas, muertes, alegrías y pesadumbres de los cuencanos de ayer y de hoy.