Las fotografías que evidencian la ocupación de vías públicas serían suficientes para corregir absurdos y sospechosos procedimientos burocráticos que aunque fuesen del pasado, deberían corregirse en beneficio del tráfico y el ornato de la ciudad sin necesidad de trámites también sospechosos en espesas marañas de la gestión municipal
Los edificios de altura son una fiebre que ha cundido en Cuenca. Por todas las direcciones de la periferia urbana se levantan torres de departamentos que muestran el auge de una industria y negocio que hasta invade -en ciertos casos- los linderos de las vías públicas. En la Municipalidad hay incapacidad o complicidad en la aplicación de las normas de planificación con casos que llegan al absurdo.
Están a la vista obras que se ejecutan con autorización municipal pese a los reclamos del vecindario y al escándalo de los armatostes que una vez terminados pasarán al repertorio de los hechos consumados y de bienes arquitectónicos monumentales y elegantes que agreden los paisajes, y hasta podrían conseguir premios de ornato.
En la esquina del Paseo Tres de Noviembre y calle Ramón Cortázar, al occidente de la ciudad, se construye una mole de siete plantas, con tres parqueaderos subterráneos, ocupando alrededor de ocho metros de la una vía y cinco de la otra. El consorcio constructor tiene aprobaciones municipales para tomarse los espacios públicos, con el sustento de planificaciones aprobadas en años pasados, mediante procedimientos que dejarían sospechas de dolo o influencias para evadir las regulaciones sobre el uso del suelo. La política de los hechos consumados, que por poco cuenta con una ordenanza de respaldo, presuntamente impide revisar increíbles y escandalosos casos como el citado y otros que ocurren en la ciudad patrimonio cultural de la humanidad.
Este tipo de actuaciones legalizadas por organismos de planificación urbana, de antigua historia, recuerda a un edil de hace alrededor de tres décadas, experto en tramitar la legalización de esta clase de infracciones. Era un concejal al que el vulgo acabó por apodarlo Mucho Lote, por la cantidad de predios en los que logró beneficios de participación.
En el caso del Paseo Tres de Noviembre y calle Ramón Cortázar ningún concejal tendría motivo de sospechas, pero sí funcionarios municipales ciegos a la realidad y al sentido común: que el propietario de un terreno esquinero gracias a alguna índole de influencias haya logrado aprobación para mutilar dos vías públicas, estrechándolas para salirse con las suyas, debe investigarse, pues el dolo del pasado no debería quedar impunemente intocado en el presente. Por de pronto, lo mínimo que debería ocurrir es que ante la grave denuncia del vecindario, se suspendan los trabajos hasta investigar el caso y resolverlo por sobre los criterios de los “hechos consumados”. A simple vista y con pruebas fotográficas irrefutables, la anomalía es increíble: las dos vías se las enangosta alterando las líneas de fábrica y reduciendo la anchura de las calles, con todas las incomodidades de circulación imaginables y la frustración de vecinos que cumplen honradamente las normas.
Según los burócratas municipales la construcción ha sido “legalmente” aprobada y replanificada en tiempos pasados. La pregunta es: ¿cómo pudo aprobarse un disparate, por qué y con sospechosos procedimientos? De la municipalidad, con la alcaldesa encargada a la cabeza, lo menos que debiera esperarse es la suspensión de la obra cuestionada hasta resolver bajo simples consideraciones del sentido común. La falta de una decisión emergente y oportuna, parecería alentar a los constructores a acelerar su obra para apurar los hechos consumados y, en caso de que se ordenara la demolición, tener causales para reclamar indemnizaciones y ganar de todas maneras.
Casos parecidos parecen ocurrir habitualmente en Cuenca. Para prueba, solamente uno más: en el barrio Misicata hay una calle que lleva el nombre Cantón Manta. Se llega a ella por la calle Chordeleg y en un tramo de alrededor de cien metros, llaman la atención casas que ocupan la vía pública a tal punto que al estrecharse causa bloqueos que sirven para estacionar vehículos en espacios protegidos por cerramientos. Las fotografías que acompañan testimonian estos absurdos en la planificación urbana consentida por organismos públicos cuyo personal debería no solo ser cuestionado, sino investigado, aunque hayan pasado años del cometimiento de esos dolos. Si técnicos del pasado aprobaron tamaños absurdos, la simple observación de las fotografías que respaldan los reclamos ciudadanos, debería sustentar la urgencia de acciones investigativas frente a casos que, con pruebas incuestionables, muestran que algo o mucho anda y anduvo mal en ciertas instancias de gestión municipal relacionada al uso y al mal uso del suelo.
Según funcionarios municipales responsables del caso del Paseo Tres de Noviembre y la calle Ramón Cortázar, los constructores del edificio de siete plantas en esta esquina tienen documentos en regla para proseguir la obra. ¿Y no es posible que, con la regla en la mano, comprueben con metros lineales y cuadrados que esta mole cobra altura reduciendo el espacio de las vías públicas? Según el abogado Tarquino Orellana, denunciante, hay dependencias municipales en las que habría incapacidad o complicidad al autorizar las incorrecciones.
Por fin, vale recordar que la calle Ramón Cortázar lleva el nombre de un arquitecto español afamado por sus obras que lograron premios y reconocimientos de organismos públicos y de instituciones especializadas en temas de construcción. ¿No convendría rendir homenaje a tan destacado personaje enmendando los errores que son escándalo en la Cuenca patrimonial por una calle de la que, aunque desconocido en el medio, le han hecho su patrono?