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Aquí, Radiodifusora Hondas Penas; transmitiendo, para ustedes,
directamente, desde el fondo del alma.
Leído en un añoviejo del Cuerpo de Bomberos, allá por los años cincuenta.

Hoy en día la Radio es otra cosa: es una asignatura entre las mallas de la carrera de periodismo. El personal de la radio ya no es autodidacta. Hay cursos, ocasionales o permanentes, de programación, de locución…

En la segunda década del siglo XX, nace la radio. Allá lejos y hace tiempo… Y, muy pronto, la comunicación colectiva se vuelve sonora, instantánea y vivaz. La frialdad del texto escrito cede, ante las insinuantes voces de cuerpos que no se ven. (Efectivas, a pesar del molesto ruido parásito que, al principio, las acompaña.) Para nosotros, los primeros recuerdos de la radio se sitúan en los años cuarenta: unas señales débiles. Y, por eso, con bastante frecuencia, sintonizábamos las estaciones colombianas; mucho más potentes. (Sobre todo, las de la Cadena CARACOL.) Así – en Abril de 1948 – podríamos decir que “asistimos” al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la gran poblada que siguió (El Bogotazo). Recordamos, claramente, las voces emocionadas, que nos narraban el asunto. Volviendo a lo nuestro, la radio cambió las costumbres cuencanas; y ocupó, entre ellas, un lugar de preferencia. En aquel tiempo sencillo, las familias la escuchaban con deleite. Esos largos noticieros… Los “mensajes musicales” – canciones dedicadas a alguna persona -- celebraban los onomásticos, los noviazgos, las bodas…Llegó la radionovela; inventada y difundida por los cubanos; afición y devoción de las chicas y las mayorcitas.

Cuenca, 1937. Se inaugura La Voz del Tomebamba. Le sigue Ondas Azuayas (Cuyo lamentable cierre haocurrido hace poco). Luego, vendrán la Atenas, la Cuenca, la Popular, la Tarqui… Los muchachos de entonces admirábamos a los primeros locutores: Jaime Cobos Ordóñez, Fausto Sánchez Valdivieso, Iván Merchán Ordóñez… Un poco más tarde, Osmara de León. Y nos burlábamos de algún microfonista, vozalón y torpe, que aparecía por allí. Para variar, uno que otro “cultito” escuchaba los conciertos de música clásica de la HCJB; la radio quiteña internacional que – según se decía – entraba, en nuestros receptores, como un “cañón”.

Los programas radiales se elaboraban con bastante prolijidad: música ecuatoriana a las 7 horas, para iniciar la trasmisión; noticiero amplio a las 7:30; música argentina, española, mexicana…; algún programa de sorteos; otro, de llamadas telefónicas, para solicitar piezas; la tarde, con repeticiones y variaciones; la noche, ídem; cierre, a las 11 pm. Y – Dios mediante – estaremos otra vez, con ustedes, mañana a las 7am. Aquí, el recuerdo de Hilda Paredes – la secretaria de La Voz del Tomebamba—siempre afanosa; seleccionando discos en las estanterías, apilándolos; y escribiendo las listas respectivas. Y Francisca Dávila Ullauri, con su programa de música romántica. Había algún que otro programa especial: la Noche Cuencana, de Ondas Azuayas; con la presencia de poetas, músicos y cantores. Y, sobre todo, el popular Sábado Morlaco, de La Voz del Tomebamba. (Notable por el piano y la coordinación del quiteño Huberto Santacruz. El espíritu de este artista – dice Martha Cardoso de Piedra – todavía se siente en la atmósfera de la emisora.) Los futboleros escuchaban las trasmisiones deportivas del “Doctor” Rodas (Teodoro – Heredia) Y, aquí, una anécdota. Se hizo famoso el oxímoron de la, fluida y argentinizada, narración de Vicente Serrano Aguilar: Hay un pitazo del árbitro, que el referí sanciona. Otra: Se notificaban los nacimientos. La cigüeña ha traído un hermoso niño al matrimonio Jaramillo--Cordero. Por la misma vía, regresó, de Guayaquil, el señor Kurt Dorfzaum. (El distraído locutor había saltado el título PASAJEROS DE PANAGRA.) ¿Qué tal? Aparte de la programación mencionada, se escuchaban las radios internacionales: Radio Panamericana (“La radio acorta las distancias; la música hermana a los pueblos,” – lema del locutor chileno Iván Silva Acuña; Radio Moscú, con sus sensacionales noticias del Sputnik; Radio Habana, Cuba, para los políticos de la izquierda…)

Hoy día, la radio es otra cosa. Es una asignatura entre las “mallas” de la carrera de periodismo. (El personal de la radio ya no es autodidacta. Hay cursos, ocasionales o permanentes, de programación, de locución…) Ciertamente, el fútbol sigue teniendo sus fanáticos. (Con nuevas voces, de cualquier modo, el pasado se las arregla para encontrar un lugarcito en el presente.) Pero, ya, las emisoras internacionales se quedaron en el viejo antaño. La programación es laxa, informal más bien. Como que se improvisara… Se da la hora sólo de vez en cuando. (Antes, las radios--reloj la remachaban siempre.) Las noticias son breves y espaciadas; sólo se insiste, en ellas, al ocurrir algo extraordinario. Casi no hay programas vivos; salvo las entrevistas. En su mayor parte, el material está grabado. Un solitario operador trabaja, en su mesa de control, a tiempo completo. Así estamos… Claro que la radio sigue teniendo su importancia. Pero ha reducido su esfera, principalmente, a los conductores de vehículos, a las amas de casa y a los albañiles. Nuevos tiempos, nuevas costumbres. El cambio es la vida…Y – como decía otro lema radial, famoso en el entonces de marras – El mundo sigue su marcha; y Radio Canadá, la marcha del mundo.

 

 

 

SE APAGARON LOS MICROFONOS

El 12 de abril de 1949 se inauguró la emisora cuencana Ondas Azuayas, creada por los hermanos Alberto y José Antonio Cardoso. Este último, acabó como propietario único, hasta morir, en1983, cuando asumieron su conducción los hijos herederos.

El 7 de junio de 2020 la emisora salió por última vez al aire, anunciando que había cumplido su meta de supervivencia con los equipos tecnológicos del pasado. El silencio fue una sorpresa, pues la estación se había convertido en voz cotidiana y pensamiento de los cuencanos que tuvieron en ella la orientación, el respaldo o la denuncia periodística sobre temas de interés público. Ondas Azuayas desapareció en forma súbita, en medio del silencio de autoridades de Cuenca, de gremios periodísticos y de radiodifusión, luego de haber cantado y vivido siete décadas en el destino de Cuenca.

Aproximadamente un mes después apagó sus micrófonos radio Splendit, creada en los años sesenta del siglo pasado por Rubén Valencia, con el nombre de Ondas Azules. Fue otra emisora que desplegó una importante función periodística, la última etapa a cargo de los hijos del fundador. Se calló, simplemente y, como de Ondas Azuayas, los cuencanos rápidamente se han habituado a su silencio.

Julio Carpio Vintimilla, cuencano residente alrededor de tres décadas en Argentina, conoce bastante sobre la radiodifusión, pues en sus años juveniles ejerció de locutor primero en la Tomebamba, la primera emisora de Cuenca que nació el 3 de noviembre de1937 y cerró en los cincuentas, para reaparecer en la década del 70 como La Voz del Tomebamba, fundada por Jorge Piedra Ledesma. También pasó por las radios Ondas Azuayas, Cuenca, Splendit, Visión.

La desaparición de las dos radios cuencanas mucho tiene que ver con la pandemia que de varias formas ha venido a alterar la vida y la economía de las personas y de las instituciones. (NdD)

 

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