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Portada de la edición única de la revista RICTUS, en 1920. 

CAMINO AL BICENTENARIO

AVANCE arranca la cuenta regresiva del bicentenario de la Independencia de Cuenca. Y la inicia reproduciendo un reportaje de ingenioso humor de Alfonso M. Borrero, en la edición Nro. 1 de la revista RICTUS, que apareció por el primer centenario, en 1920. Trata del regreso desde ultratumba del prócer Tomás Ordoñez, para curiosear las celebraciones centenarias de la gesta heroica en la que fue protagonista.

La irreverencia es atributo de jóvenes inteligentes, con culto humor frente a situaciones serias y solemnes. Una jorga de ellos sacó esa publicación, anunciando el Nro. 2 para el 3 de noviembre de 2020. La suscripción por un milenio costa S/. 9,90.       

Los autores, con temas conmemorativos, poesía, crítica social, firmaron con pseudónimos, que corresponderían a Alfonso Moreno Mora, Rafael Albornoz, Alfonso Andrade Chiriboga, César Peralta Rosales, Remigio Tamariz Crespo, Cornelio Crespo Vega y Carlos Cueva Tamariz. Víctor Manuel Albornoz y Alfonso M. Borrero ponen sus nombres. Atractivas caricaturas son de autoría de Julio Arévalo.

 

 

LA ODISEA DE UN PRÓCER: Narración Fantástica

Afonso M. Borrero

El capitán Dn. Tomás Ordóñez, a fuer de patriota, católico y cuencano, logró después de sus días, la salvación eterna. Hallábase el bravo capitán gozando de las venturas celestiales, cuando, en virtud de la memoria intelectiva, propia de los bienaventurados, recordó que era el Tres de Noviembre de mil novecientos veinte y que había transcurrido un siglo, desde que él, valiente y  denodado, derramó su sangre y consiguió en unión de otros patriotas la proclamación de la Independencia de Cuenca.l capitán Dn. Tomás Ordóñez, a fuer de patriota, católico y cuencano, logró después de sus días, la salvación eterna. Hallábase el bravo capitán gozando de las venturas celestiales, cuando, en virtud de la memoria intelectiva, propia de los bienaventurados, recordó que era el Tres de Noviembre de mil novecientos veinte y que había transcurrido un siglo, desde que él, valiente y  denodado, derramó su sangre y consiguió en unión de otros patriotas la proclamación de la Independencia de Cuenca.   

Entróle, con tal motivo, deseos vehementes de visitar su ciudad natal, para ver si sus paisanos se acordaban de aquella magna fecha y cómo la celebraban. Previa venia del Padre Eterno, y abiertas las gigantescas e indescriptibles puertas de la gran mansión celestial por el veinte veces secular Portero de ella, San Pedro, lanzóse el Capitán al espacio y le recorrió con celeridad vertiginosa. Apenas rayaba la aurora, y cerca ya de Cuenca, vio, en vez de la lóbrega ciudad en que él había nacido, una hermosa y grande, profusamente iluminada con alumbrado que él no había conocido. Vio, también, con asombro, en el poético Ejido grandes masas de árboles gigantescos que le quitaban toda la belleza que antes tenía aquel encantador lugar.   

Lleno de admiración y dudando de si la ciudad que tenía bajo sus plantas fuese realmente Cuenca, orientóse, quiso descender a la que antes había sido su casa y logró aterrizar nuestro Prócer en una placeta que daba frente a ella. Pasmóse de que sólo aquel edificio fuese uno de los pocos que no había transformado ni había sido reedificado durante un siglo y de que todavía se mantuviese en pie con sus antiquísimos y largos balcones que iban de oriente a poniente y del medio día al septentrión.   

En virtud de una de las cualidades maravillosas de que gozan  los bienaventurados, penetró Dn. Tomás, sin ser visto y sin necesidad de abrir la puerta de la calle a la que podemos llamar su casa (hoy de Don Remigio Peñafiel), y fuese derecho al prehistórico balcón, desde donde vio, al frente de él, la fachada de un grandísimo templo, el de San Alfonso. El de San Agustín, que el Capitán, durante su vida, había conocido, se hallaba reemplazado por la casa conventual de los Padres Redentoristas.   

Era hora de misa. Dirigió una mirada Don Tomás a los fieles que penetraban en el Templo, fijándose, como amante que había sido de la belleza, en las señoritas. Llamóle sobremanera la atención de que éstas, en gran número, mostrasen las piernas casi hasta las rodillas, pues usaban vestidos estrechos altos. Creyó el bueno de Don Tomás que no podía ser el traje ordinario que usaban sus bellas paisanas, sino que, con motivo de las fiestas centenarias, se  habían disfrazado; o bien, que uno de los números del programa era una exhibición de piernas femeninas, para que las pertenecientes a la que obtuviese el primer premio sirviese de modelo al mejor escultor de Cuenca, para una estatua de Venus. Y qué de piernas vio nuestro Capitán: muchas, muchísimas delgadas como patas de mirlo; otras pasables y presentables; pocas torneadas y tentadoras; y algunas que pecaban por exceso, pues eran gruesas como las columnas de Hércules.   

Engolfado se hallaba en estos pensamientos nuestro Capitán, cuando sonidos extraños y ensordecedores aturdieron sus inmortales oídos, y vio, alelado, que maravillosos aparatos de locomoción caminaban solos y con rapidez por las calles conduciendo elegantes caballeros y preciosas mujeres. –“Felices son mis paisanos, dijo Don Tomás, que pueden viajar y pasearse cómodamente sentados en los muelles asientos de esos fantásticos carros. En mi tiempo no teníamos ni un mal coche. Nos trasladábamos de un lugar a otro, pédibus andando, o cabalgando en la híbrida mula o el generoso caballo. Ni al panteón nos trasladaban en carroza, (en ese momento veía pasar una elegantísima conduciendo un cadáver), sino en las pesadas y siniestras andas”.   

Trasladóse el Capitán, siempre invisible, a la plaza principal (hoy Abdón Calderón); lo que más le llamó la atención a nuestro héroe fue el hermoso parque enverjado que hoy se ostenta, lleno de flores y arbustos, en dicha plaza. Notó que en medio de él, y con motivo de las fiestas centenarias se había erigido una columna a los “Próceres del 3 de Noviembre”, y que en ella se encontraba un retrato del Capitán Ordóñez con el brazo en cabestro y otro del famoso clérigo patriota, cura de Chuquipata, Don Javier Loyola. Supo que esos retratos eran de aquellos personajes, porque al pie de ellos se habían puesto sus nombres; pero protestó don Tomás contra la autenticidad y parecido de los susodichos ni había sido  herido en el brazo, sino en una de las piernas, en el combate del 3 de Noviembre. Y en cuanto al Clérigo Loyola no tenía la cara de monja boba como aparecía en el retrato, sino una muy viva y animada con ojos azules y nariz aguileña.   

Pero reflexionando el Capitán que ni él y probablemente ni el Presbítero Loyola habían sido retratados en vida, agradeció sinceramente a  los cuencanos el que hubiesen querido perpetuar la memoria de ellos, mediante sendos retratos.   

Como era todavía de mañana, vio Don Tomás abiertos muchos almacenes de comercio, y recordando que en su tiempo había poquísimos, siendo el principal el de don José Cárdenas, que también tomó parte en la gloriosa revolución de 3 de Noviembre, penetró en uno de los mejores; y notó, con grande admiración, que por cada uno de los artículos de comercio, se pedía pecios exorbitantes, en una moneda que llamaban sucre, en recuerdo, sin duda del inmortal héroe del Pichincha y Ayacucho. No tuvo la dicha Don Tomás de conocer aquella moneda de oro ni de plata, pues todas las transacciones mercantiles se hacían con unos papeles, en su mayor parte rotos, sucios  y nauseabundos y  con unas monedas de un metal blanquecino, para él completamente desconocido, a la que daban el nombre de grillos. –Los compradores ponían el grito en los cielos protestando contra los precios exorbitantes de las mercaderías y el comerciante alegaba que aquello era consecuencia de la guerra mundial que tantas víctimas causara, del bolcheviquismo, de la huelgas, etc. Comprendió, entonces, Don Tomás, las causas de la carestía de los artículos de exportación; pero comprendió, también, que los comerciantes se aprovechan de ellas para hacer su agosto. Lo que no comprendía nuestro héroe porque las transacciones se hacían con papeles y grillos y no con las monedas de oro y plata denominadas sucres; pues ignoraba la fundación de aquellas grandes instituciones de crédito llamadas Bancos.   

Hace un siglo varias publicaciones periodísticas y literarias circulaban en Cuenca. La caricatura de Julio Arévalo muestra un desfile de los personajes que las dirigieron. Desde la izquierda, Andrés F. Córdova, David M. Ponce, Rafael Burbano, Luis Cordero Dávila, Ariolfo Carrasco Tamariz, Juventino Vélez, Francisco Talbot y José María Astudillo Regalado.

Fue a conocer el Banco del Azuay, penetró en el sótano y vio en él una gran cantidad de oro y se dio cuenta de los inmensos servicios que aquella institución estaba prestando y prestaría a las provincias azuayas. La vista del oro le recordó a nuestro protagonista las onzas españolas con el retrato de los narigudos reyes Carolus III, Carolus IV y Ferndinandus VII y la inscripción “Rex Hispanarum et Indiarum”, monedas que en su tiempo circulaban y que sus contemporáneos las guardaban, en grandes cantidades, en escondites o las enterraban”.   

Con el título “La Remigiada”, esta caricatura ironiza un tema latente de aquellos tiempos: la coronación con laureles de oro al poeta Remigio Crespo Toral.

 

Fuése a la plaza de mercado el Capitán Ordóñez, y allí se cercioró de que todos los artículos de subsistencia tenían pecios fabulosos. “Pobres paisanos míos, exclamó, perecerán de hambre, porque no tienen huevos, ni leche, ni pan. Perecerán de hambre”.   

Al atravesar una de las principales calles oyó nuestro Capitán los acordes de un instrumento para él desconocido. Penetró en la casa donde se lo tocaba; y vio que los armónicos sonidos salían de un hermoso mueble con teclado banco y negro pulsados por una blanca mano de una gentil señorita; y que los hombres y mujeres de la reunión bailaban estrechamente entrelazados, bailes extraños o mejor dicho gringos: el Boston, kake walk, one-step, tango, foxtrot. Comprendió Dn. Tomás que los bailes antiguos, tan hermosos y alegres para él, habían caído en la insondable fosa del olvido, junto con el arpa y los maestros rascadores de ella.   

Fatigada demasiada su atención, quiso el Capitán regresar al Cielo, pro antes quiso dar el último adiós a la que había sido su casa, y al llegar a la equina de San Alfonso, oyó en la casa que antes había servido para contaduría real, estentóreas voces que decían: “doy doble, pago doce, voy grillo, voy malatóleo, ya les metimos, este es el hijo del gran siruchi”. Penetró en el patio de dicha casa y vio que multitud de jugadores estaban entretenidos en peleas de gallos – Notó con asombro, que tanto el gallo triunfante como el vencido eran sombras de gallos, tales estaban de desplumados, cansados y sanguinolentos. En mi tiempo no se estilaban, dijo Don Tomás las peleas a pico, interminables y cansadas sino a navajazo limpio.   

Lleno de cólera y disgustado de que la casa donde habían nacido dos ilustres cuencanos: el Mariscal José de Lamar y el Capitán Abdón Calderón, se hubiese convertido en cancha de gallos, emprendió el gran Capitán su regreso a la mansión celeste. Hallábase ya a una altura considerable de la tierra, cuando la estupefacción y el espanto casi le hizo descender a ella. Y no era para menos, pues veía nuestro héroe volar encima de él una ave gigantesca que daba fantástico vuelos. Escapándose de una costalada, no mortal, porque el Capitán era inmortal. Acercóse al ave y subió al punto su admiración, viendo que era el biplano del experto aviador italiano Elia Liut, que galantemente había venido por primera vez a una ciudad del interior del Ecuador, Cuenca, para dar el espectáculo más grandioso que se puede imaginar: resultado de la fecunda y portentosa invención humana: el dominio del aire.   

Recibióle San Pedro con benevolencia y le preguntó qué es lo que había visto en Cuenca. El Capitán, retrospectivamente, le refirió:  el tope con el gran Liut y su biplano en el espacio; y en seguida, sin recordar que en la casa del ahorcado no hay que mentar la soga, la riña de gallos. –Oír este nombre el Príncipe de los Apóstoles, darle un empellón al Capitán Tomás Ordóñez, lanzarle a los abismos, cerrar las puertas de los Cielos, todo fue uno.   

Qué fin tuvo el alma del Prócer cuencano?, será materia de una curiosa y extensa relación que se publicará en el número próximo de esta revista, o sea, el 3 de Noviembre del año 2020, por un bisnieto o un tataranieto de este humilde narrador.

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