El año 2022 ha sido uno de los más inicuos en mucho tiempo de la historia social, política, económica y moral de los ecuatorianos. A las puertas de uno nuevo, preciso es dejar atrás las cargas negativas y ponerle cara buena al ciclo de vida personal y colectiva por delante.

Dejarlas atrás, sin claudicar en la exigencia de ser mejores ciudadanos, pues el país está al filo de un precipicio de profundidades inconmensurables, por errores y actitudes gubernamentales y de las funciones del Estado que ni en las dictaduras llegaron a más bajos niveles de desprestigio.

Sin dejar atrás, también, ni olvidar, peor perdonar, a los autores de la corrupción cundida al amparo de gobernantes recientes beneficiarios de la economía pública a través de redes de delincuencia organizada para triunfos electorales, enriquecimiento ilícito o compra de impunidades judiciales.

La desconfianza en los organismos de control público, las pugnas entre entidades llamadas a dar confianza y seguridad a los ecuatorianos, no pueden seguir indiferentes a la opinión pública y de los mandantes, al aceptar sin protesta esas aberraciones, o la libertad de reos sentenciados en todas las instancias.

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