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por: Jhonny Jara Jaramillo

El curioso placer de descubrir y desempolvar recuerdos de personajes y episodios culturales, artísticos y existenciales del quehacer cuencano de hace ocho décadas en el pasado

Mientras removía y ordenaba papeles, encontré una caja grande, sellada con cinta de embalaje durante la última mudanza. Era una de las cajas de mi padre que, luego de su muerte, estaban por revisar. La abrí con mucho tino. En su interior se encontraban carpetas bien organizadas de papeles importantes, poemas inéditos, algunos periódicos originales de La Escoba y un número de la revista ECRAN, de 1945, cuyo editor y propietario fue mi tío abuelo Polivio Idrovo Aguilar. Ese número, supe después, le fue entregado a mi padre por el apreciado amigo Eugenio Lloret O. y provocó el presente artículo.

ECRAN es un “Almanaque ecuatoriano”, “Síntesis de la vida Mental, Profesional, Económica, Técnica, Política e Industrial de las provincias azuayas”, como se auto define. Entre los escritores del consejo editorial constan Alberto Andrade y Arízaga (Brumel) y Vicente Moreno Mora; y, entre los colaboradores literarios Honorato Vásquez, César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo, Remigio Romero y Cordero, Luis Moscoso Vega, entre muchos otros.

Me llamó la atención un texto original de César Dávila Andrade, del joven Dávila, titulado “Visión y elogio del río Paute”, en el que ya se nota el vuelo del gran poeta y narrador; está salpicado por un romanticismo tardío y es una visión un poco ingenua de la campiña azuaya, pero sus descripciones son muy bellas, cargadas de expresividad sensorial. Una joya literaria. Y otra: “Cuento de Navidad” de Alfonso Cuesta y Cuesta, empapado de dolor humano, con una desgarradora ternura. Entre otras perlas de la literatura de su tiempo, están una prosa poética de Efraín Jara Idrovo, poemas de César Andrade y Cordero, de Vicente Moreno Mora y de Luis Moscoso Vega.

Hay una traducción que mi abuela Leticia Idrovo Aguilar hizo de un pequeño cuento de la escritora norteamericana Beatrice Bradshaw Brown “Un corazón por un portamonedas”. Creo que fue un esfuerzo literario remarcable porque hoy, gracias a la magia del internet, pude encontrar ese cuento en su idioma original. La traducción fue un poco forzada y se nota el diccionario detrás de ciertas formas expresivas propias de la cultura estadounidense pero, en general, es una buena traducción para un tiempo en que muy pocas personas hablaban Inglés en Cuenca; un aporte significativo a la difusión de la literatura norteamericana en nuestro medio.

Durante toda la vida se regresa a ciertas moradas que fueron costumbre; se regresa siempre y de los más diversos modos: en viajes por hacer, en los recuerdos y a veces, como hoy, de un modo inesperado. Me transporté a la casa de mi abuela, en la esquina de las calles Luis Cordero y Juan Jaramillo, una bella casa colonial, y recordé el olor húmedo del patio, los helechos colgando de sus balaustradas, mi abuela y sus lecciones de taquigrafía. Las cosas de la casa que parecían puestas donde estaban, en orden inmutable, ya no están: el mundo cambió, la abuela murió, el perro dejó de ladrar desde hace muchos inviernos; aquellos fieles servidores espectrales, dueños de secretos y desgracias dejaron de existir poco después de la abuela. La casa colonial donde nació mi padre y crecimos los nietos ha desaparecido y en su lugar tan sólo queda ese desgarrado irse natural, la confusión entre perder y la ausencia y un horrible edificio en cuyos cimientos está sepultada parte de mi niñez.

En la edición Nro. 20 de la revista AVANCE, de abril de 1983, se publicó una entrevista al artista Polivio Idrovo Aguilar.

Fue precisamente en esa casa donde conocí a mi tío abuelo Polivio Idrovo Aguilar, un hombre renacentista y un personaje olvidado por la historia de la cultura cuencana. Impresor, periodista, escritor, articulista, editor, dibujante, pintor, caricaturista, litógrafo (profesor de Litografía en la escuela de Bellas Artes de la U. de Cuenca), repujador en cuero, tallador, anticuario, artesano, fabricante de finos estuches para el comercio; y sobre todo, insigne bohemio. Autodidacta con profunda vocación artística, amigo de la intelectualidad cuencana, se preocupó en difundir los valores de la literatura de su tiempo. A él le debemos la magnífica edición de la revista ECRAN, un almanaque que reunió colaboraciones de los más prestigiosos intelectuales, artistas, poetas y pintores de Cuenca.

El “Tío Polivio”, como cariñosamente lo llamábamos, era un hombre taciturno; uno de esos hombres que anhelaban ansiosos el espíritu puro, pero lo deponía y lo postergaba para arremangarse y ensuciarse las manos forjando valores culturales en esta nación que hoy es casi un doloroso deshecho. Con su cara siempre melancólica, delgado, encorvado y pensativo, se ganó el apodo de “palillo Idrovo” y perteneció a esa raza de artistas hoy en extinción, en la que el talento y el trabajo casi obsesivo, lograban la maestría en el arte. Una especie de francotirador solitario, perteneciente a la clase de artistas comprometidos de quienes señaló Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. Fue testigo insobornable de su tiempo, uno de los fundadores del Partido Socialista en la Cuenca de los años treinta y eso significó vivir una dualidad: los poderosos lo calificaban de comunista por reclamar justicia para los desvalidos y los hambrientos, y los comunistas lo tildaban de reaccionario por exigir libertad y respeto para la persona. Esto le ganó el confinamiento como preso político en el Oriente y en Galápagos.

Entre sus producciones editoriales se cuenta El Libro de Oro del Cuarto Centenario de la Ciudad de Cuenca (1957), la Revista Ecran, Artistas que honraron a Cuenca, fascículos que fueron acompañados por exposiciones retrospectivas de la obra de esos artistas. El periódico El Gráfico (Sindicato de gráficos de Cuenca), la revista Remanso (Sociedad de Jubilados del Azuay), entre otros. A continuación, un texto de su autoría.

 

 

EL “ATELIER ZULOAGA”

El siguiente texto, de Polivio Idrovo Aguilar, es testimonio de la actividad cultural de Cuenca en aquellos tiempos: “Transcurría el año de 1938, la Ilustre Municipalidad cuencana, con motivo de celebrarse las festividades del 3 de Noviembre, convocó a un concurso de arte pictórico y escultórico que debía realizarse en los salones de la Universidad. A los muchos años de haberme ausentado de Cuenca, retorné de Guayaquil y tomé parte en este concurso mediante la aportación de una serie de dibujos y fotografías revestidas .con telas de diferentes colores; el Jurado Calificador de los trabajos exhibidos tuvo a bien adjudicarme Diploma de honor y medalla de oro. Por las circunstancias indicadas fue de satisfacción para mi persona contraer amistad personal con toda la intelectualidad morlaca.

En 1940, los pintores Luis Toro Moreno, Luis Pablo Alvarado, Manuel Moreno Serrano, Emilio Lozano, Ricardo León; los dibujantes Héctor Serrano, Marco Antonio Sánchez, Oscar Donoso, y el caricaturista Rigoberto Andrade (Rigto); los escritores y poetas Cesar Andrade y Cordero, Alberto Andrade Arízaga (Brummel), César Dávila Andrade, Vicente Moreno Mora, Abelardo Andrade (Juan de la Rada), y Rigoberto Cordero y León, juntamente con el que estas líneas escribe, llegamos al acuerdo de formar un Centro Artístico-Literario encargado de mantener latente las inquietudes artísticas comarcanas. En estos días falleció en España Ignacio Zuloaga, pintor de fama universal y fue el doctor Andrade y Cordero quien autorizó se le ponga nombre al Centro: “ATELIER ZULOAGA.”

De inmediato se alquiló un departamento en la calle Gran Colombia, muy cerca de la plazoleta de Santo Domingo y se instaló un estudio de arte turístico mediante el aporte de cuadros costumbristas, paisajes y retratos ejecutados por los mismos miembros del “Atelier”. Este centro muy pronto adquirió fama y frecuentemente fue visitado por personas distinguidas de la ciudad y del exterior que visitaban Cuenca. Se publicó “ECRAN”, revista que tenía por objeto recopilar en gran parte la poesía cuencana que en esos tiempos ya se iban olvidando ante la presencia de la poesía moderna que buscaba nuevos rumbos huyendo del romanticismo tan apegado al espíritu sutil de nuestros escritores, esta revista fue campo propicio que enalteció tanto a empleados públicos, obreros y trabajadores en general, a toda persona que signifique esfuerzo y dignidad en el cumplimiento del deber.

El Cronista Vitalicio de la ciudad de Guayaquil, señor Modesto Chávez Franco, desempeñaba las funciones de Director de Educación de la provincia del Guayas y fue quien solicitó previo el pago del valor correspondiente, se le envíe la mitad de los ejemplares de cada edición, con el fin de distribuirlos entre los estudiantes de los Planteles Secundarios difundiendo el arte y la literatura morlaca en la conciencia de los estudiantes costeños.

El “Atelier Zuloaga” mantuvo latente el quehacer cultural mediante una serie de conferencias y mesas redondas; formó el “Centro Artístico Honorato Vázquez”, anexo al Atelier, cuyos presidentes Luis Toro Moreno y Luis Moscoso Vega realizaron una gran labor educativa en lo que respecta a la historia del arte pictórico y escultórico de nuestra querida Santa Ana de los Cuatro Ríos. Nota de feliz recordación fue la velada de arte que se verificó en el teatro de la Universidad de Cuenca, lugar en que se realizó la entrega de sendas condecoraciones a los viejos artistas Luis Toro Moreno, Daniel Salvador Alvarado, Manuel de J. Ayabaca y Nicolás Vivar, medallas de oro concedidas por la Ilustre Municipalidad, Casas Bancarias y Centros de cultura del Azuay.

Al aire libre, en el Pasaje “Hortensia Mata”, se llevó a cabo por dos ocasiones las exposiciones de pintura de Luis Toro Moreno y su discípulo Carlos Beltrán; estas exposiciones llamaron la atención de un numerosísimo público que aplaudió a los artistas. De las actividades sobresalientes del “Atelier Zuloaga” también se recuerda la exposición escultórica realizada en casa de la familia Farfán Mendoza (hoy “Casa de la Cultura, Núcleo del Azuay”), esta exposición pudo efectuarse mediante el apoyo del Ilustrísimo Señor Obispo Daniel Hermida Ortega que puso todo empeño para que los Templos, Conventos y Comunidades Religiosas nos proporcionen en préstamo las siguientes esculturas: de Gaspar Sangurima, el Señor de los Azotes, obra sublime de propiedad de los Padres Oblatos; de Miguel Vélez, El Calvario, propiedad del Padre Crespi; de Manuel Ayabaca, El Descendimiento que se conserva en la iglesia de La Virgen de Bronce; de Daniel Alvarado, la colección de 30 bustos de personajes célebres del Ecuador que hoy se encuentra en poder de su hijo don Antonino; de Miguel Guamán, discípulo de Vélez, La Divina Pastora, obra propiedad de la Iglesia de El Cenáculo; de Filoromo Quizhpe, Santa Teresita del Niño Jesús, propiedad de las Madres Conceptas del Carmen Bajo; de autores desconocidos se presentaron muchas obras, entre las que se destacó, El Señor de la Buena Esperanza, obra de arte colonial que se venera en la Iglesia Catedral. Sería recomendable que instituciones como la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, retomasen esta clase de iniciativas y exhibiciones a que el público amante del arte conozca el valor de los artistas cuencanos, y de los afincados en esta tierra, y sepa, quién es quién” 

 

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