Revista Avance

      

Octubre de 2013

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Palabras y piedras sueltas

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El Fracaso de las Revoluciones

¿Por qué tenemos que vivir en tan miserables condiciones para que otros gocen y se beneficien de nuestro trabajo? ¿No resulta claro, camaradas, que todos nuestros males provienen de la tiranía? Eran las preguntas elementales en el discurso que había despertado en la población un sentimiento reprimido: la rebeldía
 
Como suele ocurrir al cabo de cada proceso revolucionario, una vez obtenida la victoria había que reorganizar la vida comunitaria a fin de plasmar los anhelos colectivos. ¿Por qué tenemos que vivir en tan miserables condiciones para que otros gocen y se beneficien de nuestro trabajo? ¿No resulta claro, camaradas, que todos nuestros males provienen de la tiranía? Eran las preguntas elementales en el discurso que había despertado en la población un sentimiento reprimido: la rebeldía.
 
   Las ideas habían encendido el fervor revolucionario; por un tiempo, la comunidad se abigarró alrededor de un objetivo único: conquistar la libertad. Caldeados los ánimos, un alzamiento general dio al traste con el orden impuesto y puso en fuga a la gavilla gobernante. Se eliminaron los protocolos, las costumbres, los símbolos del antiguo poder y resonaron los acordes marciales del nuevo orden, anunciando dentro y fuera de las fronteras el advenimiento de la felicidad.
 
   Pero el ideólogo de la revolución había muerto. Una vez llorado y sepultado era menester que alguien se hiciese cargo de llevar adelante el proceso. Y no tardó en surgir la imagen carismática del valiente Snowball, héroe de la revuelta. Admitido su liderazgo, organizó un equipo de ayudantes con quienes se encargó de la asignación de las tareas y, lo más importante, de la distribución de las raciones. La situación empezó entonces a mejorar gracias a la buena organización del trabajo colectivo.
 
   No obstante, también se tornó inocultable que la nueva dirigencia adoptaba el sistema de comunicación de los antiguos amos y que acaparaba el fruto del esfuerzo ajeno. Tampoco trabajaba, pues había asumido como única ocupación la de dirigir y supervisar el desempeño de los demás, habiendo llegado al extremo de maltratar cruelmente a quien desobedeciera. Expertos y voceros oficiales explicaban la nueva situación. No hay privilegios –insistían-, sino que el esfuerzo intelectual demandado por la función de planificar y controlar la vida social es superior al de cualquier otra tarea, salvo que queráis –amenazaban- regresar al sistema anterior que os esclavizaba, argumento frente al cual enmudecía cualquier opositor.
 
   Todo iba bien hasta el momento en que apareció un poderoso rival opuesto al proyecto de construir un molino de viento. Napoleón –así se llamaba- irrumpió en la asamblea rodeado de su guardia pretoriana y obligó al sorprendido Snowball a desaparecer con el rabo entre piernas. Acto seguido se hizo cargo del gobierno y anunció que en adelante aplicaría una férrea disciplina y que todo problema sería resuelto por un comité de expertos presidido por él.
 
   Sin embargo, no tardó en difundirse el rumor de que el nuevo líder y sus secuaces adoptaban las maneras de los antiguos amos y entablaban estrechas relaciones con ellos, en tanto que sometían a la población a sacrificios extenuantes para alimentar la voracidad del grupo dirigente. Cuando arreciaron las críticas y se generalizó el descontento, sin que el discurso oficial lograra aplacar los ánimos, entró Napoleón en escena con su guardia pretoriana e hizo una carnicería entre los sospechosos.
 
   Ejecutados los traidores, los sobrevivientes se habituaron a sobrellevar en silencio sus insatisfacciones, convencidos de que bajo el nuevo régimen trabajaban más, pero que la penuria era peor que la experimentada en tiempo de los primitivos amos. Nadie se opuso a que se reiniciaran los trabajos para construir el mismo molino de viento ideado por Snowball; nadie dudaba en público de cada informe oficial que ponderaba los beneficios logrados por el régimen, entre ellos, el crecimiento de la producción en un doscientos, en un trescientos y hasta en un quinientos por ciento, mientras la población languidecía. Tampoco importaba el que los gobernantes de turno volvieran a las costumbres y a los símbolos de aquellos a quienes la revolución había derrotado.
 
   Tal vez nadie ignore que Snowball y Napoleón fueron los cerdos que comandaron la revuelta contra el señor Jones en “Rebelión en la Granja” (1945), de George Orwell, novela aludida en nuestro comentario anterior. Se cree que el autor había reflejado en su obra la situación por la que atravesaba la Rusia de Stalin. Según parece, el don profético del escritor inglés anticipó el fracaso de todas las revoluciones que han estallado desde entonces y que han sumido a otras poblaciones en la penuria bajo la férrea disciplina impuesta por otros dictadores.
 

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Manuel Orellana Ayora falleció el 18 de mayo, en Quito. Fue uno de los diez integrantes iniciales del Semanario La Escoba, resucitado en 1949 para continuar la publicación fundada por Fray Vicente Solano en 1854 y del que el religioso polémico sacó a luz 36 ediciones hasta febrero de 1858. Además, Orellana fue hombre público y maestro universitario con destacada trayectoria como investigador del desarrollo regional y nacional. Ejerció altas funciones en organismos internacionales. En varias épocas, con silencios y resurrecciones, La Escoba perduró hasta enero de 1961, cuando vio la última luz el Nro. 196. El Semanario, polemista y humorístico, irreverente, se rebeló contra los políticos, los intelectuales y personajes de viejo cuño y fue ventana anunciadora de nuevos tiempos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Vida en Broma

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