Revista Avance

      

Ediciones de los Años 2001 - 2016

Septiembre de 2014

Palabras y piedras sueltas

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Duros recuerdos de hace medio siglo en el pueblo de Molleturo

Ángel Melquicedes Puín Gutama, en su puesto de trabajo en la Biblioteca Municipal de Cuenca.

 

Angel Melquecedes vio, aún niño, cómo quemaron a una mujer en el caserío entonces remoto. Luego vivió en el penal con su hermano condenado por el crimen con otros campesinos y ahora, con títulos universitarios, tiene escritos libros  históricos sobre su pueblo. En la presente versión periodística él aporta precisiones sobre aquel episodio

El 22 de marzo de 1964 –Domingo de  Ramos-, no fue un día de gloria en Molleturo. En el templo repleto de campesinos había rostros tristes y ojos con lágrimas. Lo recuerda con claridad Ángel Melquecedes Puin Gutama, entonces niño de nueve años.
 
Según los ritos vigentes el celebrante oficiaba las misas en latín de espaldas al pueblo y sólo la consagración, el levantamiento de la hostia y el cáliz y la bendición, lo hacía de frente. Pero el cura ni en esos momentos volvió la cara y quienes estaban cerca comentarían luego que era para esconder el llanto.
 

El centro parroquial de Molleturo, con el parque de vegetación colorida y el templo compitiendo en imponencia con las montañas del entorno.

Raquel Teresa de la Nube Gutama Escandón, ahora abuela, tenía 15 años cuando vio cómo le quemaron viva a su madre.

Fue una ceremonia tensa, con nerviosismo y rumores de militares acorralando al pueblo, mientras desde la loma Copte un pelotón oteaba en todas las direcciones. Al terminar la misa, en efecto, a las puertas del templo, ninguna persona mayor escapó de la brutal detención a manos de soldados con fusiles, metrallas, granadas, cubiertos la cabeza con cascos envueltos en redes. Las palmas de ramos, recién bendecidas, quedaron desparramadas por el suelo. Una dictadura militar gobernaba entonces al Ecuador.
 
Ángel Melquecedes, gritando de pánico, vio cómo empujaron a culatazos a Dolores Gutama, su madre, y a Daniel Jeremías, su hermano mayor con 11 años, hasta la diminuta cárcel que se hacinó de gente. A otros encerraron en la Tenencia Política y en aulas de la escuela Juan León Mera, donde él cursaba la primaria.
 
Culpables e inocentes fueron capturados, incluidos hombres y mujeres de caseríos vecinos que vinieron a la misa dominical obligatoria y nada tuvieron que ver en la macabra orgía en la que fue quemada viva la Josefa Escandón el sábado 14 de marzo por la noche, frente al templo parroquial.
 
El encierro no fue suficiente. Los presos, maniatados, uncidos entre ellos, estuvieron así el Domingo de Ramos y el lunes santo, hasta que el viudo de la Josefa, Daniel Bermeo, y Nube, la hija, los identificaran para enviarlos a cárceles de Cuenca. La tarea fue difícil, pues actuaron con los rostros tiznados con carbones y tintas. A quien Nube estuvo segura de identificarlo fue a su tío, Rigoberto Ortega, por las patillas inconfundibles, además de que a él le había implorado inútilmente que ayudara a salvar la vida de su madre, por la influencia que tenía en la turba.
 
El párroco y la Josefa mantenían litigio sobre un terreno en Limba, cerca al pueblo, que su finado padre, supuestamente, había donado a la Iglesia, mientras su madre le había asignado a ella, todo sin escrituras. La Josefa se daba modos para cosechar el maíz de las siembras del cura, lo que causó la creciente disputa hasta el fatal extremo de los pobladores, en respaldo al sacerdote.
El traslado de los presos a Cuenca, para investigarlos en la Intendencia de Policía, tampoco olvidará Ángel Melquecedes: el operativo empezó con la requisa de acémilas para uso de los soldados y reses para la alimentación en tres días de viaje. Varones y mujeres, con las manos atadas al rabo o a las monturas de las bestias, caminaron a tropezones, cayéndose y levantándose. La carretera sólo llegaría a Molleturo muchos años después.
 
El maltrato en la prisión y el hambre habían deprimido el ánimo de los campesinos, pero no faltaron en el trayecto las protestas e intentos de insubordinación, sofocados a latigazos. Agustín Misacango, joven y fornido, colérico ante la humillación, a fuerza de sacudones y mordiscos rompió las ataduras y fugó como una fiera herida por los despeñaderos. Los militares intentaron recapturarlo e hicieron disparos, pero el hombre escapó definitivamente. Días luego, él mismo se entregó por solidaridad con los compañeros. 
 
La noche en que quemaron a la Josefa el párroco, Adolfo Clavijo, participaba en las fiestas en San José de Angas, caserío de la parroquia Chaucha. Quizá no supo que la víspera unos cincuenta pobladores reunidos en casa de Teolinda Misacango decidieron la suerte de la Josefa, a quien no podían perdonar que haya denunciado al Jefe Civil y Militar el pleito de tierras que mantenía con el sacerdote que vino en 1962 tras difíciles gestiones a conquistar el corazón del pueblo. Él organizó a la gente, entusiasmándola por las mingas para arreglar puentes y caminos o para las fiestas en las que se rescataba viejas tradiciones, como el juego del carnaval con agua, harinas de colores, alegría y comilonas, o el desfile patriótico del 24 de mayo.
 
Ángel Melquecedes recuerda que antes del cura, el lego Jerónimo Loja, nativo del lugar, apodado Fray Jeremías, dirigía actos religiosos sin ser sacerdote, pues su condición humilde le impedía alcanzar esa jerarquía. Este religioso, en compañía de Alfredo, Toribio y Víctor Manuel Chiple, Trinidad Muevecela y Blas Guayllas, acudió a pedir al Arzobispo un párroco. La respuesta fue que recogieran 25 mil sucres para enviarle al primero que se ordenara en el Seminario de Cuenca. Ángel Melquecedes evoca el ajetreo de las colectas y los remates para reunir el dinero que serviría para cristianizar a Molleturo con un cura. “Salían a subasta desde un zapallo hasta un toro. Los 25 mil sucres eran una fortuna, pues una yunta de bueyes valía menos de 20 sucres y hubo gente que se endeudó con los chulqueros para dar su aporte”, dice, seguro de lo que vio y respaldado en entrevistas grabadas a varios mayores.
La suma final alcanzó 23 mil sucres, insuficientes para el fin que se perseguía. Pero se llegó a un acuerdo con la Curia para ampliar la recolección en la parroquia Chaucha, a la que también serviría el sacerdote. Y así fue aprobado y consentido, luego de ajustar los 25 mil sucres. La gente acabó queriéndole al cura como a un semidiós.
 
La Josefa Escandón no era una campesina cualquiera, pues servía como doméstica en casa de un abogado cuencano de apellido Chérrez, que al parecer intercedió para que hiciera su denuncia contra el cura ante la autoridad civil y militar, coronel Oswaldo Navarrete, quien citándole a su despacho le habría dicho que si fue a Molleturo para evangelizar, no debía apoderarse de tierras ajenas y si eso lo hacía, debía botar la sotana.
 
Panorámica de Molleturo actual en el declive de la Cordillera Occidental, hacia la Costa
El sacrílego comentario –entendido así por los campesinos- lo hizo en presencia de José Antonio Gutama, Víctor Chilpe y Carlos Morales, compañeros inseparables del cura: el primero, Guía, se adelantaba en los caminos para detectar algún peligro; el segundo, Regidor, llevaba la alimentación, enseres para calentarla en el camino y la vajilla; el tercero, Sacristán, los ornamentos, el cáliz, las hostias y utensilios para las liturgias. Ellos habrían llevado la tremenda versión que atizó el fuego en contra de Josefa, campesina de 45 años, con cuatro hijos en su matrimonio con Agapito Gutama, a cuya muerte casó con Daniel Bermeo y tuvo dos hijos más.
 
La deliberación en casa de la Misacango –que la presenció el niño Ángel Melquecedes- fue de cómo castigar a la Josefa: unos propusieron golpearla advirtiéndole para que no molestara más al párroco; otros, que cuando viniera de Cuenca se provocara un derrumbe en el camino para que su muerte apareciera como un accidente; Agustín Misacango dijo disponer de una escopeta con dos cañones para “blanquearla”. 
 
Al fin, se hizo lo que se hizo: la multitud, apenas llegó la noche y luego de rezar el Rosario en la Iglesia, rodeó la casa de la víctima, la prendió fuego y cuando ella salió desesperada recibió golpes de puño, palos y puntapiés. Luego la arrastraron a la plaza, donde atada a un parante de la cancha de Voley y empapada en combustible, ardió varias horas como una fogata, alimentada con leña, hasta apagarse al aguacero de madrugada, sin dejar siquiera cenizas para los funerales.
 
El terreno de Limba, de aproximadamente tres hectáreas, motivo de la mortal disputa, permanece desde entonces abandonado, sin nadie que lo cultive ni se interese por reclamarlo como propio.
 
 
 
La dura niñez y adolescencia de Ángel Melquecedes
 
La imagen de esa noche la guarda nítida Ángel Melquecedes, entonces de nueve años, ahora camino a los sesenta. Juan Mateo Puin, su padre, se enteraría tarde de todo, pues vivía lejos, en propiedades agrícolas de la costa.
 
Desde entonces Micaela, la hermana de 15 años, sería su padre y madre hasta un año después, cuando se largó a buscar a Daniel Jeremías, el hermano que purgaba en el penal García Moreno los 16 años de prisión a los que sentenciaron a 25 campesinos por la orgía de sangre y fuego. Quince mujeres pagaron la condena en la cárcel Buen Pastor, en Cuenca.
 
Su nombre bautismal fue Ángel Melquisedec, pero ya adulto, cuando hizo la inscripción tardía de su nacimiento porque no había oficinas en Molleturo, en el Registro Civil de Cuenca escribieron Melquecedec y tuvo que resignarse al mal nombre de por vida, pues la enmienda necesitaba un trámite hostigoso que prefirió no hacerlo.
 
De los 10 a los 21 años vivió con su hermano en el penal, ayudándolo a fabricar armadores y cepillos de ropa, actividad que se convirtió en fuente económica rentable a más de saludable para ocupar el tiempo y la mente. Como él era libre de salir, entregaba los productos en comercios de Quito, Otavalo, Ibarra. Algunas veces llegó a pueblos del sur colombiano, hasta Cali. 
 
El grupo de Molleturo fue solidario en la prisión y cada uno laboraba en talleres artesanales de sentenciados que disponían de maquinarias para fabricar objetos, especialmente de carpintería. Al cumplir la condena –rebajada a 12 años- todos perfeccionaron sus aptitudes artesanales convertidas en fuente de vida. Daniel Jeremías, hermano de Ángel Melquecedes, tiene hoy varias mueblerías en ciudades del Guayas.
 
La vida en prisión marcó al niño y adolescente luego del drama macabro que presenció en su tierra. “Yo no se cómo resistí a estos hechos, hoy no lo podría”, dice. La cárcel fue su escuela, para no aprender lo que veía: hombres que se mataban por una cucharada de comida; abusos de los más audaces o de los guardias de seguridad; escenas de homosexualidad y violencia, insalubridad, torturas a los revoltosos que gemían de desesperación y dolor en sitios equipados para estos maltratos habituales.
 
“Los presos más peligrosos dentro de la prisión no son los grandes criminales o narcotraficantes, sino los que están allí por pequeños robos o delitos de poca importancia, que esconden cuchillos y amenazan por todo. Los afamados por muy peligrosos, más bien, los vi como caballeros y tranquilos”, comenta.
 
Cuando el hermano cumplió la condena Ángel Melquecedes tramitó la orden para que saliera libre y se dedicó a recuperar el tiempo estudiando para graduarse de bachiller a los 30 años en el colegio nocturno Octavio Cordero Palacios, de Cuenca. Luego estudió Filosofía y Letras, Economía Política y Sociología. La tesis de licenciatura en Filosofía se llamó La ética helenística en el Imperio Romano.
 
En 1989 ingresó como empleado en la Municipalidad de Cuenca, en el área de infraestructura de las parroquias rurales y hace nueve años pasó como asistente a la biblioteca Daniel Córdova Toral. Es doblemente padre de familia, pues enviudó en 2001 luego de procrear tres hijos y ahora, en segundo matrimonio, tiene una niña pequeña.
 
Ángel Melquecedes Puín Gutama aprendió en la niñez a vencer las adversidades. Ha escrito tres libros sobre Molleturo y prepara un cuarto. En ellos recupera la vida y la historia del pueblecito sumergido en una geografía accidentada en las estribaciones occidentales del Azuay, camino a la Costa, así como reivindica al terruño olvidado por los gobiernos y hasta por las autoridades de cercanía, lo que habría llevado a la gente a cometer esos hechos propios de la ignorancia y fanatismo en que vivieron en cristianos tiempos que van haciéndose increíbles y lejanos. Hoy, Molleturo es un pueblo alegre, atractivo por los hermosos paisajes y su gente laboriosa y positiva.
 
Amante de su pueblo, muestra en la Redacción de AVANCE los tres libros que ha publicado sobre la historia de Molleturo.
 








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