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El argentino – aunque no lo parezca – tiene poca autoestima. La gente desconfía de casi todos los mandos: de los políticos, de los militares, de los empresarios, de los sindicalistas…; y, hasta, de los sacerdotes y los periodistas. Desconfía de su clase dirigente. Y viene bien la pregunta: ¿Dirigente o simplemente dominante?

Describir a la Argentina de hoy es – como puede suponerse – un asunto largo y bastante complejo. Resumámoslo. Y empecemos, al azar, por cualquier parte. Dicen las buenas lenguas, por ejemplo, que este país tiene unas Fuerzas Desarmadas. Es que – tal como ocurre en el Ecuador – la organización militar se ha deteriorado. No podríamos soportar -- señaló recientemente un general en retiro – unos pocos días de guerra… Chile es una potencia… / La misteriosa desaparición del ARA SAN JUAN – uno de los tres submarinos de la armada – mostró aún más, hace poco, la gravedad del problema. Los diversos análisis señalan, a propósito, que un estado debe tener una fuerza militar proporcional a su población, a su territorio y a los recursos que debe cuidar. Y nada nuevo: La seguridad interna y externa de una nación – importantísimas -- depende de sus soldados. (Que deben ser profesionales y competentes. Y, de ningún modo, militaristas.) ¿Qué pasó? ¿A qué se debió? Bueno, la historia hizo lo suyo: errores de los mismos militares; propaganda negativa y exitosa de la izquierda y sus aliados populistas; cierta condescendencia e indiferencia del centro y la derecha… Telón de fondo: la desorganización nacional; resultado de una persistente decadencia, ya casi nonagenaria.

La educación es otro aspecto de lo mismo. En Marzo -- como casi siempre en los últimos años – el curso escolar se inició, o no se inició, con un paro y unas paritarias. (Paritarias: negociaciones salariales.) Se está gastando más en este rubro, pero, de hecho, la educación no mejora. Y, así, el país de Sarmiento se ubica en un bajo puesto del escalafón educativo internacional. Los maestros se han desprestigiado… La Reforma de Córdoba – este año, se está celebrando su centenario --- es ya tan gloriosa como anticuada. (Sus innovaciones – notables en su momento -- no funcionan bien en la problemática universitaria de hoy.) Casi todas las instituciones superiores se han venido a menos. Ineficacia, politización, sindicalismo vicioso… (Unas dos muestras: En las elecciones de rector de la antes prestigiosa Universidad Nacional de Cuyo, de Mendoza, se enfrentaron los peronistas y los antiperonistas… Los doctorados honoris causa que se han concedido a personajes como Rafael Correa y Evo Morales. Casi para la vergüenza; o, directamente, para la vergüenza sin el casi.) En fin…

La economía va algo mejor. Mediciones no gubernamentales muestran un incremento del empleo y una disminución de la pobreza. (Ya no se manipulan, ni se ocultan las estadísticas…) No es poca cosa. Se ha pasado, en apenas un par de años, del 33 al 25 por ciento en el índice respectivo; se ha bajado, pues, del un tercio al un cuarto. Pero, claro, sigue preocupando el hecho, ”injustificable”, de que uno de cada cuatro argentinos sea pobre. (Y, en los grupos de jóvenes, el porcentaje es superior.) Además, las anunciadas inversiones extranjeras no llegan. Y hay una inflación mediana que no cede. La causa: No se logra, aún, establecer una confianza económica y social. (Para la admiración: Hasta algunos de los mismos gobernantes reconocen tener dinero afuera. Y la suma total de ese dinero expatriado es muy grande.) Reiteremos algo sabido: Manejar bien una economía es un asunto difícil y delicado. Sólo los países más ordenados, disciplinados y sofisticados pueden hacerlo.

Otros aspectos. La sociedad – se dice – sigue siendo anómica. Hay una suerte de tradicional desorden e incoherencia. Y los argentinos no han sido capaces

La sociedad – se dice – sigue siendo anómica. Hay una suerte de tradicional desorden e incoherencia. Y los argentinos no han sido capaces de definir bien su identidad. (Hay quien habla de la existencia de unos cuatro países diferentes; sólo más o menos adosados o juntados.) Y el argentino – aunque no lo parezca – tiene poca autoestima

de definir bien su identidad. (Hay quien habla de la existencia de unos cuatro países diferentes; sólo más o menos adosados o juntados.) Y el argentino – aunque no lo parezca – tiene poca autoestima. Y la gente desconfía de casi todos los mandos: de los políticos, de los militares, de los empresarios, de los sindicalistas…; y, hasta, de los sacerdotes y los periodistas. En otras palabras, desconfía de su clase dirigente. Y, aquí, viene bien la pregunta: ¿Dirigente o simplemente dominante? Claro, esto, al momento, es un mal de todos: La desconfianza en los dirigentes, o las élites, ha llegado a ser casi una epidemia política de las sociedades occidentales. Se debe, por supuesto, combatir el mal; y no hay que caer en el consuelo de los bobos. La yapita que faltaba: El papelón de la selección de fútbol en el estadio Wanda de Madrid. (Ese 6 a 1, – del triunfo español -- que les dolió a los hinchas argentinos y se convirtió en un mal presagio para el mundial de Moscú.)

Y, en estas circunstancias, debe trabajar el Presidente Macri. Lleva ya dos años en el poder; la mitad de su período de cuatro. Tiene una aprobación popular apreciable: unos cuarenta y tantos puntos porcentuales. (La oposición suma unos treinta y tantos; y los indecisos y desinformados unos 12 – 14.) Su estrategia es la modernización del país; incluida la reinserción en el mundo. (Lo opuesto de la involución y el aislamiento kirchnerista.) Y sus tácticas están dentro del gradualismo operativo. (Para evitar la dureza y el malestar de los correctivos violentos; cosa que, ciertamente, no se ha logrado del todo.) Jaime Durán Barba – el consejero ecuatoriano, a quien algunos llaman “el brujo de la tribu” – ha querido presentar dicha política como algo bien pensado, deliberado y calculado. Pero, en general, no se le cree. Ciertos observadores piensan que es sólo la adecuación a unas pesadas y avasallantes circunstancias: La herencia recibida… La reconstrucción, después del terremoto populista, Y, así, la política de CAMBIEMOS – la alianza oficial -- se queda, modestamente, en el arte de lo posible.

En todo caso, Macri, como político, tiene lo suyo. Es, básicamente, un liberal; en el sentido mejor y más positivo de la palabra. (Una mente abierta y tolerante. Y eso puede ser mucho, en un mundo de cerrazones, estrecheces y dictatorialismos. Basta con que nos acordemos de Trump, Putin y Xi Xin Ping.) Es, más bien, una figura mediana… Aunque, -- dadas las carencias del presente de la región – quizás sí sea el político actual más influyente. (Manifiesta una orientación latinoamericana bastante firme; algo que Lula Da Silva no quiso asumir, si siquiera en sus mejores días. Macri tuvo una buena actuación en la cumbre de presidentes de Lima. La revista TIME lo ha colocado en la lista de los cien líderes más influyentes del mundo; de la cual han salido el Papa Francisco y el futbolista Messi…) / Y las limitaciones internas parecen obvias. El periodista Rosendo Fraga dijo que Macri ha venido a aliviar; no a ilusionar… Hay que conformarse. Nos dice, pues, que recordemos que salimos del infiernillo o del manicomio; que recordemos que el asunto pudo ser peor; y, por lo tanto, que apreciemos lo que tenemos. Sí… Quizás se evitara el camino de Venezuela. Pero la Argentina está pidiendo, desde hace mucho, un liderazgo superior; una visión alta; un estadista. Y esto es, justamente, lo que, en estas condiciones de la decadencia, no se ha podido aún producir. Se explica, así, perfectamente, la sensación de mediocridad, de escasez, de insuficiencia. Eso que los argentinos suelen describir, en forma muy gráfica, con una caprichosa expresión gastronómica: “sabor a poco”…

 

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