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Por: Rolando Tello Espinoza

La cantera de sus más enérgicas expresiones poéticas fue Galápagos. Murió el 8 de abril y sus cenizas serán arrulladas al son del resuello de leones del mar o de bosques que se derrumban de súbito en la arena, en Floreana. Intentamos aquí un somero perfil humano del personaje que vivió, amó y trabajó intensamente por la razón de ser de su existencia: la poesía, campo libre al disfrute de los lectores, cuyo estudio corresponde a críticos y especialistas.

Los alumnos por graduarse de bachilleres en la sección de sociales del colegio Benigno Malo no olvidan la clase de Efraín Jara Idrovo, profesor de literatura, el 2 de mayo de 1967, sobre un poeta cuencano, apenas entonces conocido, que se suicidó ese día en Caracas, cortándose la yugular con una hoja de afeitar: César Dávila Andrade.

Lo recordaba como un ser extraño en el mundo soterrado de la ciudad nativa, alternando largas temporadas de meditación y ejercicios yogas con otras tantas de alcoholismo, a quien había visto con una pistola al cinto oficiar de guardián en la cárcel municipal de Cuenca y desapareció luego, para radicarse en Quito, donde Carlos Arroyo del Río le ocupó para cuidar y sacar a mear al ostentoso perro de la familia. Menor a Dávila con ocho años, Jara había compartido con él los sorbos primerizos de bohemia. 

Tampoco los alumnos olvidan sus clases de Ciencias Naturales en los primeros cursos, cuando a poco de volver del primer viaje a las islas les cautivaba hablándolos de los paisajes mágicos, de la flora y la fauna de Galápagos, o de los corales y seres vivientes del mundo submarino donde gustaba bucear. Maravillados escuchaban los vívidos relatos del maestro capaz de pintar de colores sus narraciones, con palabras pronunciadas con esmerada sonoridad, casi deletreándolas.

Entonces ya le llamaban Cuchucho, pero no fueron los alumnos quienes le bautizaron el apodo, que años más tarde dijo entre carcajadas se lo debía a tener el sexo radioactivo, pero explicó que lo impusieron en la infancia los compañeros de escuela “cuando un tío mío trajo un cuchucho del Oriente –entonces insondable y desconocido-, que se encariñó conmigo y creo que acabé por identificarme con mi tótem”.

Nació el 26 de febrero de 1926, hijo solitario de un matrimonio que se disolvió temprano. “Mi hogar era mi madre, mi abuela y mi tía: allí un niño no tenía qué hacer y eso me indujo a la lectura como una forma de concretamiento de mi ser. En el jardín, la escuela y el colegio estuve entre monjas y jesuitas. Siempre entre polleras. En el colegio Borja se formaba un tipo de estudiante sometido a disciplina anuladora de la individualidad, homogeneizante, llena de castigos: la concepción de la muerte en mi poesía es un resabio de la educación religiosa, a base del terror, que no pudo pasar sin dejar huellas”, dijo en una entrevista en 1995.

En el colegio siguió la especialidad de ciencias biológicas, con miras a cursar Medicina, a la que renunció para no castigarse más después de los torturantes años de secundaria. Y optó por Derecho, lo más afín a su inclinación por las letras, luego que la madre le sentenció: “¡estudias, o trabajas!”. 

Por entonces había nacido la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Cuenca y se matriculó también en ella, lo que le permitió tratar con maestros españoles traídos para fundar la carrera de estudios. En particular, hizo amistad con Luis Fradejas y José López Rueda, quienes estimularon su vocación literaria.

Eran tiempos en que alternaba los estudios con la bohemia, por lo que fugó al Archipiélago luego de cursar tres años de Filosofía: “Fue una decisión temeraria, huyendo del alcohol, pues si me quedaba estaba condenado a ser un alcohólico anónimo”, comentaría años luego. De 1954 a 1958 permaneció en Galápagos, oficiando de profesor de escuela, de pescador y de juez. Al regresar terminó la carrera de Filosofía y Letras. 

“La vida en las islas me enseñó a que nada pase inadvertido. Demorarse en todo larga y pacientemente viendo algo hasta agotar con el ojo la realidad de ese objeto, de manera que uno no necesite nunca volverlo a ver para saber exactamente con toda minucia y detalle, cómo es. Yo soy un mirón empedernido. Tengo grabados con nitidez los corales, los pececillos o la espina de un erizo en la memoria”.

En Floreana, profesor de una escuela que la fundó con cinco niños, descubrió otra vena de su vocación: la docencia, dándose tiempo para escribir largas cartas a su madre y a los amigos del continente, en las que se empeñó en asociar el encanto del paisaje con el mundo maravilloso del lenguaje, así como justificar el sacrificio de los renunciamientos: “Compensa con creces, el hecho de que la soledad me deslinda en dos porciones y me permite una duplicidad en virtud de la cual soy un ser asomado de continuo sobre la corriente del río de su vida: espectador y espectáculo de su propia vida…”, escribió a su madre en enero de 1955. Redactar cartas es ocupación importante de entrenamiento en el manejo de la lengua y la recopilación de impresiones que sustentarán la creación poética. “Alguna vez te mencioné que era un buen autor de epístolas –escribe en diciembre de 1996 a una amiga-. Tuve excelentes modelos –José Martí, R.M. Rilke, André Gide, Paul Valery- y cinco años de ejercicio durante mi primera permanencia en el Archipiélago. En ese período escribí innumerables cartas y adquirí cierta soltura expresiva y capacidad para comunicar todo lo que llegaba hasta mis ojos y mi pensamiento”.

Cierto día de junio de 1955 –las fechas son inciertas en un paraje donde el tiempo no transcurre- Jara escribe a Eugenio Moreno, entrañable amigo, sobre su rutina en la isla: “Las clases iniciáronse a las 7 a.m. Primero: revisión de los deberes; luego, cálculo, lectura, escritura, dibujo, gimnasia y baño en el mar. Una mañana rápida, tal vez rutinaria de no estar, como las otras, colmada de sorpresas por la revelación del mundo interior de mis pequeños, dispuesto a verterse a la menor estimulación. De la tarde, en cambio, podría decir algo especial. La jornada escolar (una sola) dura hasta las doce y, de esta suerte, dispongo del resto del día para los requerimientos personales: escritura, lectura, pesca, remo, aprovisionamiento de agua en el manantial, recolección de naranjas y ciruelos silvestres, lavado y zurcido de ropa y pequeños paseos de inspección por los alrededores de Playa Prieta… Los días sábado y domingo, los dedico a la cacería y exploración de los lugares más apartados de la isla…”

Al extremo izquierdo Atala Jaramillo, esposa del poeta, en una reunión para preparar la obra teatral “El Doctor Ruilova vuelve por su sombrero”, escrita por Efraín Jara, quien aparece con boina junto a Leonardo Espinoza, Fausto Sánchez y Estuardo Cisneros, a su izquierda.

El poeta cuenta al amigo las impresiones impactantes del mundo solitario en su cuerpo y en su espíritu: “Debió ser el olor agrio, salino de las piedras, la frescura de la espuma en mis tobillos, y no simplemente la convicción de que me encontraba solo en el puerto lo que me indujo a desnudarme por completo y tenderme en la arena. Nada había en el pensamiento y en la vista. Todo golpeaba el oído, se introducía por su conducto y resonaba adentro, como un viento furioso en el pecho de un animal.

“¡OH Eugenio, amigo entrañable, pon el oído en tu alma. ¿No son estos los instantes supremos en los cuales, igual que al resplandor de un relámpago, se iluminan, de súbito, los vastos sectores de nuestra vida y tenemos la convicción de que cuanto hemos acumulado, cuanto nos sobrevendrá lo agotamos, pleno de intensidad, en este momento único en que la eternidad parece vacilar sobre nosotros?…  ¿No son ellos los que nos inclinan sobre el papel para dejar en las imágenes del poema un testimonio, una huella de nuestro paso por el infinito?”.

La estancia en Floreana la interrumpió para casarse en 1955 con  Atala Jaramillo, quien le acompañó una temporada en el Archipiélago, pero volvió al continente embarazada del primogénito, Juan Cristóbal, que nació en 1956. “La enfermedad de mi esposa forzóme a abandonar las islas. Mas el mar y la soledad habían hecho presa de mí. Nada se agitaba en mi ser como no fuera el impulso de su aliento. Así, retorné a Galápagos a ganar el pan, esta vez, en la bella y dura faena de la pesca. Del alba al crepúsculo trabajé de pescador. Pero mientras las manos se endurecían con el remo y el cordel de pesca, mientras la madrugada y los pájaros me sorprendían en islas distintas y parajes de hermosura peregrina, mi pensamiento y mi corazón iban dejando en el papel el testimonio de su fluctuación y henchimiento. Nacieron dos libros: uno sobre las islas y otro, el más entrañable, de meditaciones surgidas en torno a ciertas experiencias vividas con radical intensidad en Galápagos: la soledad, la muerte, el sexo, el tiempo, la salud”. Así escribió a Ramón Burbano Cuesta, otro de los pocos amigos confidentes, el 21 de agosto de 1957.

El poeta mantiene correspondencia con su madre, la esposa y los amigos entrañables. “Gracias, muchas gracias, bienamada Atala –escribe el 30 de octubre de 1957- por el nuevo hijo que, con Juan Cristóbal, apuntan la cercanía de la dorada estación de la cosecha. El verano se anuncia en mi vida; el verano que agobiará de madurez y dulzura los frutos de nuestro amor y la de mi existencia solitaria de hombre entregado a escuchar las voces profundas de la vida. ¡Paciencia, amor mío! Me preparo en la soledad para nuestro próximo encuentro: en marzo o abril, con seguridad”.

La correspondencia es irregular, sujeta al incierto paso de los barcos. Las cartas llegan tarde o no llegan y apenas los cablegramas permiten intercambios urgentes. En la misma carta del 30 de octubre, señala el nombre escogido para el segundo hijo: “Recibí el radiograma de tu padre y lo contesté por dos ocasiones. Una, felicitándote por el nuevo hijo y otra, días más tarde, avisándote que se llamará Pedro Iván. Cuatro o cinco días después del segundo, me entregaron otro con tu firma, exigiéndome avise el nombre elegido para el niño, lo cual me indujo a pensar que mi último radiograma, por llevar la dirección de mi casa, no llegó a tu poder. Volví a dirigirte otro. Ignoro si lo  recibiste. Me contrariaría que tú lo inscribieras con un nombre diferente en vista de la demora de mi contestación”. 

En enero de 1958, según la correspondencia conocida, hay tensión en las relaciones de Efraín y Atala. Ella parece cansada por su ausencia prolongada en las islas y él le escribe: “No pude enviarte un presente de Navidad, conforme hubieran sido mis deseos, y esto por dos razones: primero, la dificultad implícita en el envío de cualquier cosa desde el Archipiélago; y segundo, porque estuve impago desde el mes de Septiembre, viéndome en el penoso caso de acudir al crédito inclusive para menesteres tan ínfimos como el corte de pelo y lavado de ropa. ¿Qué podía yo enviarte en tales circunstancias?: mi pensamiento, mi amor y algo que hablara a aquello que no por secreto es menos evidente en ti, amado y añorado por ti: tu vocación por el teatro. Con mi amor y el pensamiento puestos en ti, y utilizando las líneas generales del cuento de un tal Charles Alden Peterson, escribí la farsa en tres cuadros “El Dr. Ruilova vuelve por su sombrero”, que tengo a bien dedicarte a cambio de los reproches acerbos y sarcasmos que me prodigas con tanta generosidad en tu carta del dieciséis de enero”.

La misma carta anuncia el deseo de regresar a Cuenca, pues le pide a Atala gestionar “sobre la posibilidad de ocupar esa vacante en el Benigno Malo. Ponte también en contacto con Pepe López y Luis Fradejas y habla con ellos para ver si es asequible mi nombramiento de rector del colegio “Solano”. En un periódico de noviembre leí que habían asignado a la Universidad de Cuenca cincuenta mil sucres, destinados para el colegio. Así, pues, ya podrán pagar un rector. Bien ves, deseos de regresar no me faltan”.

Al comenzar la década de los años 60 del siglo XX está de profesor en el Benigno Malo: Ciencias Naturales en los primeros cursos y Literatura en los cursos superiores, son las asignaturas que le han asignado y está a gusto. La docencia y la poesía son las pasiones a través de las cuales se realiza y justifica la existencia. En 1969 ha nacido Renata, la hija a la que dedicó el poema Balada a la Hija y las profundas evidencias y, un año más tarde, Renán, el último hijo.

Joaquín Zamora y Efraín Jara, amigos entrañables desde la infancia, en una escena familiar en 2007,  catando el brindis que ofrecerán en una reunión de amigos.

 

Por esos tiempos ya es catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras, donde ejercerá lo más fructífero de su vocación docente: formar alumnos con una visión nueva en el ejercicio y la crítica literaria, rescatándolos de los conceptos anacrónicos predominantes en el mundo intelectual comarcano, al que juzga con implacable desdén. La morfosintaxis, la gramática estructural y la periodización generacional de la literatura hispanoamericana ubican a los críticos por él formados en la actualidad del análisis y la creación literaria. Él mismo, había desechado su producción poética inicial: “Tuve una etapa incipiente de torpeza inherente al ejercicio que empieza, tanto que repudié mis primeros poemas y los quemé, pero se recuperaron sometidos a un nuevo trabajo, tras larga demora y purga despiadada”.

Pronto vendría la mejor cosecha poética cimentada en cuánto acumuló su alma en energía de las islas encantadas y la incursión en el estudio de la Linguïstica. “En Galápagos tuve por primera vez un encuentro genuino con mi propio ser. De la experiencia salí con una carga vital enorme, metamorfoseado, y desde entonces he vivido un poco de los réditos. El ambiente obra mágicamente sobre uno al vivir fuera del tiempo una existencia paradisíaca, al margen de todos los problemas, dedicado a ahondar en sí mismo. Esas experiencias enérgicas dan formas de expresión ricas y trascendentes”, confesaría en 1999 en una entrevista, cuando luego de idas y vueltas por el océano, se percató de que “lo que las islas me pudieron dar para llegar a ser como escritor y como hombre, está agotado…”

Además, en los últimos viajes ha visto la depredación que ha llevado el “progreso” al Archipiélago, donde el sonido del “resuello de leones” del mar, o su “estruendo incesante acometiendo desaforado las rocas de la orilla o tendiéndose fatigado como el sonido de un bosque que se viniera abajo de súbito en las arenas”, han silenciado al bullicio de la vida moderna y el turismo.

En 1976 el poeta experimentó un golpe que le estremeció el ánimo: Pedro, el hijo cuyo nombre escogió en Galápagos, se suicidó colgándose de la cadena del servicio higiénico. “La libertad del hombre se prueba sobre todo frente a la muerte. Si el hombre es un ser libre tiene derecho no solamente a elegir su manera de vivir, sino también su manera y su tiempo de morir. Mi hijo eligió su muerte y yo he sido respetuoso de eso. Con Sollozo por Pedro Jara no escribí una elegía para lamentar la muerte de él, no tenía porqué lamentar si él había decidido…Para un homenaje a mi hijo tenía que hacer algo nuevo, que no se pareciera a nada. Por eso es un poema tan experimental, tan de búsqueda de nuevas formas, que inclusive su subtítulo es ilustrativo: Estructuras para una Elegía, comentaría dos décadas después. Este poema, atravesado por relámpagos, farallones de basalto o rugidos del mar, vuelca en explosión volcánica panoramas del Archipiélago, sacudones sísmicos del espíritu y estructuras monolíticas formadas por la conjugación del pensamiento con un lenguaje pulido como si las palabras fuesen piedras preciosas talladas para encajar con precisión en las unidades semánticas dispuestas para lecturas combinadas múltiples.

El 12 de agosto de 2015 se bautizó con el nombre del poeta al Salón del Pueblo de la Casa de la Cultura. Aceptó posar bajo el rótulo para la revista Avance

El poeta – terminada su función docente y luego de dirigir varios períodos la Casa de la Cultura de Cuenca- seguirá visitando esporádicamente Floreana, la isla que se resiste a los embates, gracias a que apenas dispone de agua dulce para pocos pobladores. En 1996 anuncia su último viaje a las islas, para no retornar más, pero no puede cumplir el propósito por problemas de salud que le obligan a retornar al continente. Además, en su proyecto estaba ir en compañía de una mujer, pero ninguna respondió al aviso publicado en el diario El Telégrafo, “a pesar de que yo no quería una reina de belleza, sino no más que una joven a quien no le pifiaran los zapatos”, comentaría sobre la propuesta. 

En Floreana revisa los sonetos y otros poemas en los que cree está lo más cumplido de su producción. “Es bello y perturbador leer una y otra vez los textos y gozar con encontrado espíritu de dubitación: ¿Soy verdaderamente yo el autor de estas hermosas líneas poéticas? Y notamos que un sentimiento de orgullo y beneplácito nos fuerza a leerlos una y otra vez en voz alta, convenciéndonos de que sí, de que nosotros somos los autores, de que podemos dar por justificadas las abdicaciones y penurias con que pagamos el resplandor expresivo. Si hemos sido inducidos a admitir que nada se nos otorga sin un precio estipulado, con mayor razón aceptaremos que el precio abonado por la consecución de lo que se estima óptimo y decisivo (el éxito, el amor, el poder o, en mi caso, la relevancia literaria) será cuantioso…”, apunta en una carta de finales de diciembre de 1996 a otro amigo de Cuenca.

Un filón literario de imponderable valor son las cartas que el poeta envía desde las islas a sus seres queridos. Además, muestran al otro Efraín Jara, al hombre de carne y hueso, con sensibilidades acaso contrapuestas a la terquedad del creador literario riguroso, implacable consigo mismo, para extraer la poesía que palpita en las profundidades telúricas del corazón y del cerebro. No hay poema importante suyo sin la tensión entre la conciencia y el mundo, experimentada en los áridos roquedales y acantilados, golpeados por el bramido del mar, donde el tiempo tiene magnitud de eternidades y el espacio dimensiones infinitas.

Jhonny Jara Jaramillo, Juan Cristóbal, el primogénito, se ha propuesto la paciente tarea de recuperar la correspondencia que su padre ha esparcido en muchas direcciones desde la estadía vital en el Archipiélago. Aparte de su valor literario, servirán para entender la enérgica fulguración del mar y de las islas en el trabajo paciente, esforzado, del orfebre del lenguaje esculpiendo, con precisión, palabra por palabra, las aristas luminosas de sus poemas.

Las cartas muestran sintonía entre el Efraín Jara poeta y los fenómenos cósmicos del Archipiélago, pero dejan ver a través de sus confidencias, las variables imprevisibles propias de la condición humana, consciente de que “la radical menesterosidad humana, y al mismo tiempo su dudoso privilegio, obedece a que el ser del hombre no está hecho como el del pez o el árbol. Nosotros carecemos de consistencia entitativa, no somos de una vez y para siempre: devenimos, somos posibilidades urgidas por concretarse, por llegar a ser…”, escribiría en septiembre de 1996 al más íntimo de sus amigos, Joaquín Zamora, con quien mantuvo invariable afecto desde la infancia, hasta el final de sus días. Por sobre esa inconsistencia de la condición humana, la fidelidad a las islas y la cordialidad con la madre de sus hijos –ella murió en 2010- se mantuvieron a pesar de las reiteradas fugas a otras playas.

Las mismas razones llevarían a comprender su renuencia a recibir reconocimientos y condecoraciones, para ceder al fin ante el Premio Eugenio Espejo en 1999 y a la presea municipal Fray Vicente Solano en 2014. 

El poeta hará su postrer viaje a Floreana, donde se esparcirán puñados de sus cenizas en la playa Black Beach y en la orilla del mar, en las cercanías de la casa donde residió en las repetidas permanencias en el Archipiélago. Otra porción irá a la sección de personajes ilustres, en el cementerio patrimonial de Cuenca.

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