Revista Avance

      

Octubre de 2013

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Palabras y piedras sueltas

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La llama que perdura

Por Marco Tello

Marco Tello Rendidos al llamado de la eternidad, descansan los amantes de Sumpa en Santa Elena, ligados por el amor. Al morir, la amada se ha inclinado ligeramente hacia el amante, mientras él se ha ceñido con pasión a su cintura

Nuestro personaje anda en la edad ya poco susceptible a lo que pueda ocurrir en este mundo. Sin embargo, puesto a observar una escena por el cubo de cristal, perdió durante un momento el aplomo y tardó en recuperarse de la impresión que recibió en el museo de Santa Elena. Para qué articular palabras –se dijo-, si lo que asomaba ante los ojos pertenecía a un orden probablemente anterior a la sintaxis; esto es, a un modo de percibir la naturaleza sin la engañosa mediación del lenguaje y -lo que es mejor- sin la represión fundada en preceptos tomados al dictado de una voz imaginaria. Ante la inesperada situación, no cabía otra actitud que hacer guardia silenciosa frente a la caja de cristal y dejarse llevar  no por la añoranza sino por las reminiscencias culturales.
 
Asomado con cautela al borde del sarcófago, don Gabriel empezó por recordar la revelación agustiniana según la cual durante los primeros siglos de la era cristiana se calculaba que el mundo había sido creado hacía para entonces seis mil años. Según eso, cuando el padre del linaje humano se propuso disipar la soledad edénica dando nombre a las bestias del campo y a las aves del cielo, una pareja humana reposaba en las entrañas de otro paraíso.
 
Tres mil años antes de nuestra era –siguió recordando-, empezaron a horadar el cielo las grandes pirámides construidas sobre el valle del antiguo Egipto. Esas moles de piedra labrada por miles de canteros estaban destinadas a proteger los cuerpos de los faraones durante el viaje de las almas por los confines del más allá, y también a perpetuar su divinidad y la magnificencia de sus obras. Según ese registro, antes de que Imhotep, el famoso arquitecto, erigiera con tenacidad la pirámide de Sakkara para esconder en sus oscuras galerías la tumba de Zeser, un hombre y una mujer se desprendían de sus formas, a esta lado del mundo, para convertirse en dos jeroglíficos de hueso, unidos por el trazo aún visible de la pasión amorosa: un fragmento de eternidad conservado bajo seis piedras menudas sin labrar.
 
Por el legendario tiempo en que Moisés dividió las aguas del Mar Rojo a fin de que el pueblo elegido apurara su marcha en pos de la tierra prometida, él y ella ya llevaban muchas lunas entrelazados y a salvo del golpe de las aguas. En otro episodio memorable, el dedo de Josué detuvo el avance del sol hasta ganar la batalla y aniquilar por completo al enemigo; pero ella y él ya dormían en un lugar muy alejado de la furia bíblica. Los milenios continuaron prodigando lustre a los huesos, sin desfigurar las condiciones externas del reposo, pues prosiguieron ellos abrazados, indiferentes a su desintegración, ajenos a la ambiciosa sucesión de héroes y dioses. Hace apenas 520 años, el papa Alejandro VI fijó la línea que dividió el Nuevo Mundo y lo repartió como buen padre entre Castilla y Portugal; él y ella, no obstante, perduraron inseparables, dueños absolutos de un legado inmemorial. 
 
Impasibles al lento transcurrir de los siglos -él de treinta años de edad y ella de veinte y cinco-, yacían más de cuarenta siglos al abrigo de seis piedras sin labrar, cuando don Francisco de Quevedo compuso el soneto “Amor constante más allá de la muerte”, cuyas estrofas volvieron a rondar muy oportunas en la mente del ahora emocionado espectador. Se disgregarán, serán ceniza los órganos del cuerpo, decía el poeta español, y acertaba en la forma impecable de coronar la composición con este verso labrado asimismo para la eternidad: “polvo serán, mas polvo enamorado”. 
 
Rendidos al llamado de la eternidad, descansan los amantes de Sumpa en Santa Elena, ligados por el lazo del amor: la llama que perdura. Al morir, la amada se ha inclinado ligeramente hacia el amante, mientras él se ha ceñido para siempre a su cintura. Quizás don Gabriel Alero no desacertó al creer que frente a él aparecía una de las expresiones poéticas más conmovedores que se hayan depositado bajo la superficie de la tierra talvez antes de que se inventara la escritura; probablemente, antes de que las palabras fueran suplantando a la poesía. 

 

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