Revista Avance

      

Palabras y piedras sueltas

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Fidel Castro. Una Personalidad Enorme, Excepcional, Difícil...

Cuando la Revolución llegue, las cosas serán diferentes. ¡Ojo!: No, mejores; simplemente, diferentes… Ronald M. Novinson
 
Algo lo volvía avasallante; imponía admiración y respeto; y, aun, cierto temor reverencial… Y no sólo entre los ingenuos creyentes socialistas y los incondicionales fanáticos. También -- de manera bastante menos explicable -- sucumbieron a su magnetismo, temporal o permanentemente, muchos personajes, destacados y distintos…
 
Con Fidel Castro, todo es debatible, controvertible, conflictivo… Menos, quizás, un solo par de hechos. Primero. Bien pronto, el líder se convirtió en un mito; un mito muy grande, notorio y notable. Nadie lo ha negado. Por esto, -- cuando murió -- nosotros nos sorprendimos un poco… Y no, precisamente, por el final previsible; sino, más bien, por un detalle secundario: la “rápida” divulgación de la noticia. ¿Y por qué la extrañeza?  Porque  -- como afirmaban los sabedores -- el caudillo viviría todo el tiempo que hiciera falta; con precisión: lo que, políticamente, hiciera falta… Y eso era eso: Es decir, el uso y el abuso del mito. Y, para tal ocurrencia, ya se había ido preparando el terreno. Indicios. En una ocasión, un médico había afirmado que -- por sus extraordinarias condiciones físicas -- Fidel podría vivir unos 120 años… Tenía, además, unos tres o cuatro dobles; que lo reemplazaban -- cuando era necesario -- en forma convincente. Bueno… Entonces, ¿qué pasó?  ¿Por qué no se “prolongó” artificiosamente su vida? Nuestra conjetura: El ego desmesurado y el protagonismo invasivo del líder decidieron, malamente, la cuestión. De otro modo, echaron a perder las previsiones y los planes. 
 
       No se pudo ocultar, pues, a pesar de todo, el notable deterioro, físico y síquico, de la última década de su vida. (Al revés de Guevara, Fidel tuvo la desgracia de morirse siendo apenas la sombra de sí mismo…) ¿Una muestra  de tal condición? Aquí está. ¿Vio usted ese lamentable e infantiloide jueguito de pelota que hizo con Maradona? Era ridículo; daba vergüenza ajena. Y, por ello, en último término, a los manipuladores, no les quedó más remedio que reconocer la muerte no prevista; con el acabose, implicado, del mito viviente. (Que podía, aún, al presente, haberle sido muy útil a su hermano Raúl; en el futuro, al ya nombrado delfín: Miguel Díaz-Canel; y, hasta y por supuesto, a Maduro, Ortega, Morales y compañía.)  Y, de esta manera, quedó --  privado de espíritu  -- sólo el restante mito histórico; que, a escala internacional, había estado cediendo, hace décadas, ante la gigantesca figura de El Che. (Se confirmó, así, la tardía revancha del argentino; que ya pudo permanecer  ahora -- sin competencia -- en el  podio revolucionario más alto. Las vueltas de la vida…)
 
     Segundo hecho indiscutible: Fidel era un hombre muy carismático. No conocemos, tampoco,  a nadie que lo haya negado. Y hubo quienes notaron esto desde los primeros años de la revolución. Un periodista del NEW YORK TIMES -- cuyo nombre se nos ha escapado por completo y talvez para siempre -- advirtió que el caribeño llegaría a ser un émulo de Mussolini y Hitler. En efecto, algo, en la personalidad de Castro, lo volvía avasallante; imponía admiración y respeto; y, aun, cierto temor reverencial… Y no sólo entre los ingenuos creyentes socialistas y los incondicionales fanáticos. (Quienes, trémulos y emocionados, estrechaban su mano; y, luego, ponderaban, de por vida, el altísimo honor…) También, -- de manera bastante menos explicable -- sucumbieron a su magnetismo, temporal o permanentemente, muchos personajes, destacados y distintos: desde Sartre a Velasco Ibarra; incluyendo a García Márquez, León Febres Cordero, Rodrigo Borja, Bernard Fougéres… Aunque, con posterioridad, algunos de ellos -- Vargas Llosa, Cabrera Infante… -- denunciaron la terca e inflexible ideología del dictador; y se mostraron indignados por sus abusos y desafueros. (Comprendieron, pues, que -- detrás del poderoso atractivo personal -- había una carencia de  escrúpulos, una enajenación y, hasta, un cierto grado de perversidad…) / Bien… Y, así, nosotros, -- como naturalmente -- estamos advirtiendo ya otras facetas de la personalidad del caudillo. A verlas. 
 
     Se ha dicho que Castro era megalómano, paranoico, hiperactivo, estrafalario, supersticioso, insomne, verborrágico… Decenas de anécdotas se originaron en cada una de las tales cualidades. Aquí, sólo podemos resumir un tema aislado; y, por ello, nos limitaremos a la última, la verborragia. Todos saben de sus discursos maratónicos; pasémoslos. Realismo mágico: Daba conferencias de prensa a trasnoche. (En realidad, sólo oía la primera pregunta de un periodista; y, luego, empezaba un monólogo interminable; que continuaba aún después del amanecer; y que -- según cuentan -- ni siquiera interrumpía para ir al baño…) Al respecto, ¿no se debiera contrarrestar semejante incontinencia palabrera con alguna discreta y conocida parquedad?  Claro… Al canto. Escuchémosle, entonces, a Don José de San Martín, libertador de cuatro naciones: Habla poco y lo preciso. ¡Qué diferencia! / De esa manera,-- hablando hasta por los codos -- Fidel dijo toda clase de dislates; y redundó, divagó, se contradijo… (Cuba había sido, antes de él, un prostíbulo de los yanquis. Luego, por cierto, esos afrentosos fornicadores dejaron de venir. Pero, el prostíbulo no desapareció. Y, -- más bien, muy explicablemente -- continuó con las “jineteras”; el nuevo nombre de las pobres chicas del turismo sexual socialista. Y a éstas, un día, él las describió nada menos que como los ángeles guardianes de la Revolución… ¿Qué tal?) /  Bueno… El Gran Jefe de la tribu puede hacer cualquier cosa; y, desde luego -- ¿por qué no? -- decir lo que le venga en gana. Y contradecirse. Al cabo, se trata  nada más que de palabras; aire, pequeñeces… (En serio: He aquí una pintoresca muestra de las usuales obsecuencias y los vergonzosos servilismos que generan todas las dictaduras.)
 
       A redondear. Hay  quienes creen que una buena y rápida forma de evaluar a una persona es ponerle valores -- calificaciones --  a sus principales cualidades. (Las pertinentes, según su personalidad y su trabajo.)  Hagamos este aproximativo ejercicio con Fidel. Carisma, 10; liderazgo, 10; oratoria, 8: / Tenía una voz débil y algo chillona; que compensaba, bien, con su vigorosa expresión corporal. / Capacidad organizativa, 7; discernimiento general, 4; prudencia, 3; ecuanimidad, 2; sentido común, 3; empatía, 2; tolerancia, 1. Promedio de las diez cualidades: 5,5. (Es decir, el líder estaría un poco sobre la media de los 5; en otras palabras, tendría una puntuación, más bien, baja. Para comparar: Con los mismos ítemes, Winston Churchill superaría, con un poquito, el promedio de los 9; puntuación netamente alta. Fidel tiene tres notas altas por sus cualidades personales; que, en general, pueden o no aplicarse a la política. Y sus notas bajas se deben, explicablemente, a sus  grandes defectos democráticos (de la democracia liberal); los que, por supuesto, si  pueden ser marcadamente políticos… (Hitler y Mussolini seguían también esta fallosa línea… Con el británico, ocurre al revés… Precisión: Somos conscientes del valor-- más o menos parcial y relativo --de las pruebas, las encuestas, los exámenes, los cálculos, los premios… Pero algo suelen añadir, en verdad, las apreciaciones concretas, las cuantificaciones…) Pregunta que viene: ¿Cabe admirar a un político con semejante idiosincrasia? Usted dirá. Nosotros, hace mucho, que tenemos la respuesta: Definitivamente, no.
 
     Hemos dejado aparte, en forma intencional, las circunstancias sociales, políticas e históricas que rodearon al caudillo. Ahora, las tocaremos; pero sólo por  los bordes del asunto. / Bueno… Esta fue la persona que gobernó -- durante medio siglo -- un país que muchos consideran bastante especial, muy simpático y algo impolítico. (Entre ellos, un cierto número de los mismos cubanos.) Fue quien más influyó, en la América Latina, -- el continente inmaduro y errático -- durante la Guerra Fría. (Cuando todos sus países --  quizás con la única excepción de México -- equivocaron, malamente, su política con las potencias dominantes.)  Quien --  se afirma -- intentó hacer una revolución que trajera, a su pueblo, la prosperidad, la igualdad, la fraternidad y la felicidad; lo óptimo e ideal; la utopía…  (¿Lo intentó, realmente?) Y siguió, así, por el  camino del infierno. Y sólo logró, al fin, algo muy diferente: una trágica involución. He ahí, Fidel Castro; el guerrillero del nombre fácil...; según escribió, temprano, en 1959, el conocido  periodista Germán Arciniegas.      
 

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