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Palabras y piedras sueltas

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Rodríguez Castelo: Genio y Figura

Definir los rasgos esenciales de su personalidad humana e intelectual es tarea compleja de resumir en una columna de opinión, pero en pocas palabras fue un escritor erudito, inofensivo y extraordinariamente radical, probo e insobornable. Una institución pública y una instancia político-moral. Un crítico literario de fiar, hasta su último día
 
El fallecimiento del académico Hernán Rodríguez Castelo representa una profunda pérdida para el Ecuador y sus escritores, por quienes abogara con un incansable compromiso crítico. Era él luminoso y profundo, hombre de buena fe, era sincero, honrado y sabio.
 
El país e Hispanoamérica, han perdido no sólo a un brillante escritor, sino que con su muerte ha concluido también toda una época. La sentida aflicción, que desde el 20 de febrero, día de su fallecimiento, se ha ido acumulando tan intensamente en el Ecuador, está basada en la sensación de que ha abierto una brecha, que no será fácil de cerrar. Es una pérdida real, directamente perceptible. Y no le afecta únicamente a la familia de Hernán Rodríguez, ni tampoco sólo a sus amigos académicos y lectores, es algo que atañe a todos. Principalmente a cuantos seguiremos necesitando de su erudición, amparo y ayuda.
 
Fijar y definir con entera propiedad los rasgos esenciales de la personalidad humana e intelectual de Hernán Rodríguez Castelo, es tarea compleja de resumir en una columna de opinión, pero en pocas palabras, fue un escritor erudito y también un escritor inofensivo y extraordinariamente radical, probo e insobornable. Fue una institución pública y una instancia político-moral.
 
Hernán Rodríguez Castelo era un crítico literario de fiar, y lo sería hasta su último día. La crítica, que consideraba injusta, le indignaba. Al contrario que la mayoría de los escritores, estaba él dispuesto, no obstante, a perdonar a sus críticos, incluso a todos aquellos que le negaron el Premio Nacional Eugenio Espejo. Desconfiaba del éxito y se contaba entre los más exitosos escritores; se rebeló contra las instituciones, y él mismo era toda una institución.
 
¡ Con qué satisfacción y desprendimiento prestó él ayuda a autores jóvenes, se acreditó como crítico literario y pronunció repetida e incansablemente maravillosos discursos literarios, históricos, festivos, políticos, ensayos y ponencias, prólogos y biografías ¡ Entre el gran público era apreciado por sus sátiras magistralmente discretas y en la conversación personal, como figura de la vida intelectual que era, siempre se alejaba de las lisonjas que da el chismorreo de ocasión.
 
Un hombre de su exquisita calidad humana, de su clarísima lucidez mental, de su angustiada preocupación por la cultura y de su imperturbable respeto a la verdad, no podía menos que rechazar con su pluma la mediocridad, la chatura intelectual y la mentira.
 
Con sinceridad y valor poco comunes entre nosotros, desenmascaró los mitos y las farsas, denunció falacias, criticó vicios consuetudinarios en la vida cultural y política. Tenía clara y honesta conciencia de que la grandeza de un país, no podía levantarse sobre un tinglado de engaños hábilmente urdidos para conservar las granjerías del poder. Pensaba igual que Benjamín Carrión, con rigor, persistencia y estilo vigoroso.
 
Como escritor y compilador crítico, dejó Hernán Rodríguez Castelo, una obra vasta y polifacética acaso única e irrepetible en el Ecuador. Uno de sus trabajos más conocidos son los 100 tomos que prologó para la Biblioteca de Autores Ecuatorianos de Clásicos Ariel; sus volúmenes sobre Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana y Literatura de la Audiencia de Quito, Siglo XVIII.
 
Una de sus obras más emblemáticas es el Diccionario crítico de artistas plásticos ecuatorianos del siglo XX; sus biografías, sus manuales de retórica, gramática, ortografía, sus centenares de ensayos y una inabarcable bibliografía de estudios históricos y literarios.
 
Lo que él valía, lo sabía de sobra. Era natural que sus lectores le admirasen, que sus colegas le estimasen en grado sumo, incluso cuando discrepaban de él. Añoraremos su voz valerosa, comprometida y siempre exhortadora en la literatura ecuatoriana, y se lo recordará con respeto y gratitud.
 

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