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Tres naciones, tres personalidades, tres instantáneas... Imprimir

Por Julio Carpio Vintimilla

 

Julio Carpio Vintimilla

El Ecuador está confundido, pasmado, estupefacto, mentalmente bloqueado…  No sabe qué hacer… No sabe adónde ir… ¿Y el futuro?  Plomizo, como las nubes de tormenta del mes de Mayo… Sólo una minoría simplona, irrealista, dogmática y  semirreligiosa  es capaz, en este momento, de hacerse ilusiones…

La Argentina, fue hasta 1930, el octavo país del mundo. Entre otros cambios, la inmigración transformó la sociedad criolla en la más europeizada de América Latina
“Madrid, hermosa, como siempre… Y  España,  –  como en  otras ocasiones – nos parece una Italia más simple y  menos neurótica…”  Muy buenas palabras. Estamos leyendo a Beppo Severgnini, en el CORRIERE DELLA SERA. Y, luego, pensamos un poco. Sí, señor. España – en comparación de Italia, su prima; “nuestros primos ibéricos” - suelen decir los italianos, refiriéndose a los españoles – es bastante simple. Y lo es en varios sentidos, buenos, regulares  y  malos: cultura, tradición, dicotomía religiosa, ideológica y  política, modernización incompleta, folclore… Y esa audacia, confiada e inconsciente, que la hizo tan grande,  ¿no fue, en el fondo, una simpleza?  Un paso más en un camino más amplio: Las naciones tienen su personalidad. Es lo básico y duradero de ellas. Y tienen sus estados de ánimo;  que son lo momentáneo y   pasajero de ellas. Lo primero  se puede describir con palabras. Lo segundo, – e. g., positividad, resignación, confusión – más sencillo, hasta podría ser literalmente graficado por un buen dibujante.  (¿No han visto ustedes al Tío Sam  satisfecho, preocupado, amenazador?)  Y, aquí, la metáfora adicional: Podríamos tener unas fotografías instantáneas de esos estados de ánimo. (Algo más natural y  revelador que  el escueto dibujo.)
Avancemos con las personalidades. En primer término, la de España. Bueno, el país ya ha llegado al desarrollo. Ya está en el Primer Mundo. (Más bien sorpresivamente, se adelantó a sus competidores latinoamericanos: Argentina, Brasil y  México; que parecían llevarle, hace unas décadas, alguna ventaja.)  Pero, España no está aún plenamente desarrollada. Tomemos unos rasgos, al azar, para probarlo. La  industrialización española no tiene una buena base nacional; como la de Francia, como la de Italia… Su sistema educativo es, al presente, bastante defectuoso. (Una sola de sus universidades – la Complutense de  Madrid – se incluye en el muy representativo grupo de las primeras cien del mundo. Puesto 69.)  Su periodismo – sólo de mediana calidad --  es más “latinoamericano” que europeo… Su producción investigativa, científica e intelectual es modesta.  (Cajal, por ejemplo, fue una isla científica, ya algo lejana; Unamuno y  Ortega  y  Gasset no han sido superados; los dos, de pasada, muy buenos representantes de la antigua España, simple y dicotómica.)  Y – volviendo a la comparación del periodista italiano – no hay en España nada parecido a un Giovani Papini, a un Antonio Gramsci, a un Claudio Magris, a un Enrico Fermi… (Y, menos todavía,  a un  Jean  Paul  Sartre, a un Albert Camus, a un  Raymond Arón, a un Claude Lèvi-Strauss.)  España, pues, en Europa, sigue siendo un poco periférica.  
Y, ahora, algunos otros agregados peninsulares. Aunque  España ha dejado de ser esencialmente católica, no es todavía plenamente laica. Aunque acepte el aborto y  el “matrimonio” de los homosexuales, no es aún una sociedad suficientemente abierta. (Al estilo de los encomiados modelos nórdicos.) Aunque  haya recibido bastante inmigración, es, todavía, en las desnudas cifras, un país de emigrantes; y  resulta, en el fondo, mentalmente, más provincial que cosmopolita. (Madrid es una gran ciudad, pero, no tiene la sofisticación de París o Londres.)  Aunque se haya integrado a Europa, paradójicamente, ha manejado mal sus nacionalismos centrífugos  (vasco y  catalán). Aunque invierta bastante dinero en el exterior, no es, todavía, financieramente refinada. En fin, Spain is pain… - dicen los ingleses.  (España es pena, dolor…: la Guerra Civil, el Franquismo, los Etarras…)  ¿España sigue siendo, en buena medida, ruda y  dura? ¿Sigue siendo una nación que se quiebra, pero no se dobla? Talvez, sí…  He ahí la personalidad española. ¿Una instantánea?  Dos. La primera: un pesimismo a corto plazo. (Es que hay, en estos días, unos cuatro millones de parados por la crisis internacional.) Y una buena confianza a mediano plazo: España cambiará mucho más;  todo lo que haga falta; se adaptará bien al mundo moderno…
La Argentina, en cambio, -- aunque no lo parezca a primera vista  -- es una nación compleja. Una clase dirigente criolla – ilustrada y  de largas miras – fundó el país. (En estos días, precisamente, se  está celebrando el bicentenario de la  fundación.)  Dicha clase – con sus más y  sus menos – respaldó la campaña libertadora sudamericana de San  Martín y  Bolívar.  (Culminada en Ayacucho en 1824.) Con otras grandes y acertadas acciones, -- Constitución de 1853, conquista de la Patagonia, proyecto agroexportador, educación, inmigración --  el mismo grupo consolidó el país; y, luego, lo catapultó hacia los más altos niveles contemporáneos del progreso y  la riqueza. (La Argentina, en estos aspectos, fue, hasta 1930, el octavo país del mundo.)  Entre otros cambios, la inmigración transformó la sociedad criolla en la más europeizada de América Latina. En tal oleada humana, llegaron, también, los árabes y  los judíos.  (La nueva Argentina, en cierto modo, pagó, así, la deshonrosa deuda de sus abuelos peninsulares; quienes habían expulsado de España a las dos colectividades.) Bueno, de esta especial manera, se formó el país de Jorge Luis Borges, de Juan Manuel Fangio, de César Milstein… Ese mismo país que, increíblemente, perdió su norte hacia 1930. (Justo cuando los brasileños – que parecían bastante atrasados – hallaban, meritoriamente, el suyo.) El resto – ya se sabe – es una larga e  incoherente historia de estancamiento y  frustraciones. ¿La instantánea correspondiente? Otra vez, dos. Resignación, para hoy; pesimismo, para mañana…
¿Y el Ecuador?  Bien, la incipiencia parece ser nuestro rasgo definitorio. Los ecuatorianos, de alguna forma, siempre estamos en los mismos prístinos y  adámicos comienzos. (O, como el Sísifo de los griegos, llevamos la maldición de la roca.)  No capitalizamos el pasado… Es la refundación – según decía Alfredo Palacio; y  según repite, con más énfasis y  mucho mayor convencimiento, Rafael Correa.  La raíz del problema: nacimos mal…Nacimos como un estado amortiguador.  (Una condición geopolítica que no necesariamente es mala; pero, en el caso del Ecuador, sí lo fue.)  Si  La Mar hubiera triunfado en Tarqui,  la frontera entre Colombia y  el Perú habría pasado, probablemente, por el Nudo del Azuay. (Guayaquil y  Cuenca habrían sido dos ciudades peruanas. Quito, colombiana. Y Colombia, quizás, nunca habría llegado a las riberas del Amazonas.)  Pero, Sucre ganó. Y el Ecuador se hizo; y  perduró.  Y García Moreno y  Alfaro siguen siendo nuestros dos más grandes hombres: el consolidador y el transformador.  Y  Montalvo, el  mejor ejemplo  de nuestra intelectualidad retórica y  bastante vacua. (Y  Benjamín Carrión – en una línea parecida – el autor de la propuesta más endeble y  pedante que se ha presentado en el país: aquello de la “potencia cultural”. Propuesta que  ya está casi totalmente desacreditada con la notoria decadencia de su – de Carrión --  Casa de la Cultura.)  Volver a empezar.  Siempre volver a empezar… Volvimos a empezar en 1860, con García Moreno; en 1895, con  Alfaro; en 1926, con la Revolución Juliana; en 1944, con La Gloriosa; en 1972, con el populismo de Rodríguez Lara; en 1980, con la Democracia; en el 2006, con la Revolución Ciudadana. Y ya tenemos otro inicio a la vista: el que ocurrirá cuando caiga el Correísmo. Y, con tanto comienzo, nunca avanzamos mucho… ¿Y la instantánea?  Hay una muy precisa y  actual: la del  “síndrome”  Yasuní-ITT; tan representativo, tan demostrativo, tan extravagante, tan lamentable; una verdadera comedia de equivocaciones, de la cuál todos salen mal librados… En definitiva, el Ecuador está confundido, pasmado, estupefacto, mentalmente bloqueado…  No sabe qué hacer… No sabe adónde ir… ¿Y el futuro?  Plomizo, como las nubes de tormenta del mes de Mayo… Sólo una minoría simplona, irrealista, dogmática y  semirreligiosa  es capaz, en este momento, de hacerse ilusiones…
En fin, en fin, la conciencia profunda y  duradera y  el rostro exterior y  cambiante de las naciones. Su ser y  su parecer…
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