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…en América Latina, … , hay una cierta forma de idiotez
ideológica que parece irreductible.
Mario Vargas Llosa

Se pide mucho al estado; y poco a los individuos. Ya nos proveerá el gobierno… Olvidamos la célebre indicación de Kennedy. No preguntes: ¿Qué me puede dar a mí la sociedad? Pregúntate: ¿Qué puedo darle yo a la sociedad? Olvidamos que los empresarios, los científicos, los inventores, los artistas son los que hacen progresar a los países.

El esquema es simplificador. He aquí, el principio esencial: El Capitalismo es la causa de todos los males; el ámbito de lo perverso. Los capitalistas – personas y países – son los explotadores; los enemigos de los trabajadores y de los pueblos. La ganancia – mejor, la avaricia; porque se habla con palabras moralizantes – es el motor de la economía capitalista. La acumulación de capital – el sano y previsor ahorro de los liberales – traspasa la riqueza. (De los pobres, que la producen; a los ricos, que la arrebatan o la roban…) El Socialismo – es decir la economía y el poder comunitarios – deberá corregir estas distorsiones y aberraciones. ¿Cómo? Pues, mediante un particular, y poderoso, proceso que se denomina revolución. Algo que – voluntaristamente – planifica, prepara y ejecuta el partido de los trabajadores organizados. Hay un poco más: complementos, detalles, matices… ¿Tinglado endeble? Sí, señor. Para derribarlo, bastaría señalar que el capital – en último término – es sólo un gran saco de billetes. Sencillo, redondo. Saquémosle, pues, el misterio a la cuestión. Estamos hablando, en realidad, apenas, de unos papelitos – resistentes y coloreados – con los que cambiamos unas cosas por otras; unos papelitos que se aceptan en el comercio, en el mercado… O sea, hablamos del dinero, con los adjetivos que usted guste ponerle; del dinero que necesitamos; si no queremos volver a trocar peces con porotos… Pero, claro, los creyentes sociales no ven así las cosas. Y prefieren complicarlas, con el dogma abstracto; que suele alimentarse del mito duradero. Adelante.

No sólo los fanáticos asumen estas creencias. Más gente las toma, de una u otra forma, por una u otra razón Y, así, las creencias – como el agua – se extienden por la superficie de la sociedad; y penetran hasta su mismo subsuelo. Para comprobarlo, es suficiente mirar a nuestro alrededor. Resulta, por ejemplo, que encontramos – aun en los diarios de la derecha – columnistas que apelan a fundamentos de esta clase. (Una lista variopinta y curiosa: Socialdemócratas sesgados, paradójicos liberales comunitarios, progresistas indefinidos, partidarios de la doctrina social de la Iglesia Católica, nacionalistas, populistas, ecologistas, inconsecuentes varios…) Y el resultado es notable. Fabián Corral Burbano – de EL COMERCIO, de Quito – lo muestra de cuerpo entero. El marxismo popular, o popularizado, de la región – dice – es el catecismo de nuestro atraso; es la ideología de nuestro subdesarrollo. Y eso es eso. Muy desgraciado. ¿Hay que darle tanta importancia? Pues, sí; por una razón muy simple y muy poderosa: El contenido de nuestra cabeza nos informa y conforma. Como suele decirse: Todos somos lo que ella nos hace. Afirmación aplicable tanto para las personas, cuanto para los grupos. Entonces, -- oírlo bien -- si tú tienes disparates y desaciertos en tu cabeza, actuarás desacertada y disparatadamente. ¿Una determinación? Claro; no puede ser de otro modo. Ergo; Se debe vigilar y cuidar las ideas; y, por supuesto, evitar y cuidarse de las creencias. Sanidad mental… Bueno… Y -- señalado esto -- volvamos al hilo de nuestro argumento. Un detalle importante: Estamos ante el resultado de un largo proceso. ¿Cuál? Continuemos y lo veremos.

La difusión del Socialismo, en América Latina, es, ya, un proceso secular. Y esto es evidente. Aunque los marxistas y marxistoides – que siempre pretenden ser puros y actuales – lo nieguen. (Como suelen negar también – sin vergüenza y abiertamente – sus grandes responsabilidades históricas.) En el área rioplatense, por ejemplo, ya se registró la presencia de socialistas, y anarquistas, a finales del siglo XIX. Y la influencia se intensificó, mucho, con la Revolución Rusa de 1917. En el Ecuador, su acción, algo retrasada, – por el tardío Liberalismo – comienza con las huelgas guayaquileñas de 1922. Y se incrementa con la aparición de los populismos. Dicho sea de paso: En muchas partes de la región, los débiles, y teorizantes, socialismos debieron pegarse a los populismos emergentes: fuertes, rústicos y entradores. (En nuestro país, apoyaron al populismo militar de Enríquez Gallo y al populismo conservador de Velasco Ibarra.) Fue un aprovechamiento, y una manipulación, hábiles. De carambola, los primeros se fortalecieron, en cierta medida. Y, así, avanzaron. Y – a mediados de la década de los cincuenta – ya fueron capaces de un gran logro: la toma del sistema educativo. Primero, dominaron a las pocas universidades que había; menos la Politécnica de Quito, que se salvó por excepción; luego, los sindicatos de los docentes; y, en tercer lugar, los colegios y las escuelas. (En el proceso, las universidades públicas fueron destruidas, en nombre de la revolución social. La clase media baja y la ascendente clase popular debieron contentarse con una educación “superior” de muy baja calidad. /La clase alta y la media alta pudieron estudiar en las universidades privadas o, aun, en el exterior…/ Se creó, así, la gran legión de los profesionales subeducados; flojos y chapuceros… No es una coincidencia que muchos de ellos integraran la gran corriente emigratoria de los noventa.) Un pasito más – fácil de dar – fue la apropiación del campo de la cultura. (La Literatura, las demás artes… En este punto, se debe mencionar a un personaje: Benjamín Carrión; con su ingenua utopía de la Patria Cultural; y su falsona obra efectiva, la Casa de la Cultura Ecuatoriana. (Nótese – algo sintomático del asunto – la inadecuación del nombre mismo. ¿No habría debido llamarse Casa Ecuatoriana de la Cultura? Esto sería otra cosa. Pero, bueno, el lojano – oficioso santificador de escritores y políticos – no estaba, precisamente, para preocuparse de estas nimiedades…) Y los intelectuales – que debieran ser la voz de la independencia personal y de la inteligencia del país – aceptaron el Socialismo dominante; o lo permitieron; o, hasta y peor aún, se volvieron sus entusiastas agentes. Obra terminada: La revolución superestructural, al estilo de Gramsci. Y en esas estamos… Y – poco para dudar -- de tal modo, continuaremos, en el futuro previsible.

Y, ahora, deberemos ver los resultados del proceso. Son varios. Uno. El irrealismo. Queremos decir que el “relato” – en otras palabras, la interpretación antojadiza – sustituye al análisis. Vemos lo que deseamos ver; nos autoengañamos… Creemos, por ejemplo, que hemos avanzado bastante en lo educativo. (En un país de analfabetos funcionales; donde se lee, en promedio, un medio libro por año; donde nuestra mejor universidad – la San Francisco de Quito – se clasifica en el puesto 56, entre las 150 primeras universidades de la región…) Dos. La prédica del odio. La sociedad se divide por la lucha de clases; que – en condiciones de inequidad -- se suma a la natural envidia de muchos humanos. Nadie se esfuerza para superar los conflictos y las diferencias; tan normales y comunes. Nadie se empeña en lograr la cooperación, la solidaridad. Que cada uno se las arregle como pueda. Y que los más desfavorecidos, y los desgraciados, se jodan… Tres. El victimismo. Hemos sido sobajados; aplastados por las clases dominantes, los poderes fácticos, las corporaciones; por ese infaltable y omnipresente Imperialismo… Caemos en la “filosofía” lacrimógena y quejumbrosa; el tango de los giles y los pobres de espíritu. Cuatro. La irresponsabilidad. Se pide mucho al estado; y poco a los individuos. Ya nos proveerá el gobierno… (Olvidamos la célebre indicación de Kennedy. No preguntes: ¿Qué me puede dar a mí la sociedad? Pregúntate: ¿Qué puedo darle yo a la sociedad?) Olvidamos que los empresarios, los científicos, los inventores, los artistas son los que hacen progresar a los países. Cinco. En los casos peores, nos enfilamos hacia el totalitarismo. Cuba, Venezuela… La igualdad…; malamente conseguida en la pobreza, las carencias y el fatalismo. El gobierno de la burocracia, los militares y la policía; además de la mafia y la corrupción. El Gran Hermano vigilante; y los hermanitos tranquilos y obedientes.

¿Y, a la final, qué? Pues, que seguimos con el esquema intelectual y político de la Guerra Fría. Ese mismo esquema anticuado; y abandonado – ya hace décadas – en las otras regiones del mundo. Y seguimos detrás de la tantas veces fracasada revolución socialista. Y, en cambio, le damos las espaldas a la revolución cartesiana. A ésa que iluminaría las mentes jóvenes y los caminos nuevos. La única salvadora. La única que puede preparar los proyectos nacionales y latinoamericanos. Y terminemos con el remache necesario: Hay que cambiar de actitud mental. Aprendamos a pensar. Es la clave… Sí no lo hacemos, no podremos atravesar el gran pantano del atraso y el subdesarrollo. Para advertirlo adecuadamente: El futuro, entonces, está, también, en nuestras cabezas.

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