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Una ocasión para que la indiferencia cayera en cuenta de que las provisiones para la subsistencia no provienen de supermercados ni de tecnologías agroindustriales, sino de la prodigalidad de la madre tierra y del esfuerzo de quienes la cuidan desde hace siglos y amorosamente la cultivan.

Acaba de despedirse el año 2019 con lluvias de ceniza que ensombrecieron el paisaje andino. Durante un par de días, el horizonte amaneció cubierto de un velo que ocultaba el perfil de las montañas, pues el Sangay había despertado con furia largo tiempo reprimida. Respetuosos de las recomendaciones oficiales, muchos ciudadanos acudieron a las actividades cotidianas provistos de los elementos indispensables para proteger la vida y la salud. Por ventaja, estos fenómenos tienen causas conocidas, técnicamente evaluables que no requieren de la nube de analistas que se encargan de tergiversar la realidad. Suele ser suficiente seguir las instrucciones y adecuar la conducta a lo inesperado, salvo el caso de situaciones que alcanzan niveles de catástrofe y desbordan las normas legales que garantizan la convivencia.

Pero hace dos meses, el año ya había adelantado su clamorosa despedida con un fenómeno social que aún entenebrece la mente, privándola de la percepción cercana del antes y el después. La situación, esta vez humana, imprevisible, incontrolable, estuvo a punto de desconcertar lo poco que restaba de la presunta cohesión nacional. El movimiento de protesta, liderado en un comienzo por el sector indígena, fue cobrando, conforme pasaban los días, dimensiones de catástrofe. El estallido, que nos tomó desprevenidos, alteró la rutina en el hormiguero urbano. De la mañana a la tarde, una densa humareda oscurecía los barrios debido al fogoso enfrentamiento entre agentes del orden y manifestantes.

Pero no hay mal que por bien no venga. Fue una ocasión favorable para que la indiferencia ciudadana cayera en cuenta de que las provisiones para la subsistencia no provienen de supermercados ni de tecnologías agroindustriales, sino de la prodigalidad de la madre tierra y del esfuerzo de quienes la cuidan desde hace siglos y amorosamente la cultivan. Quizás por primera vez, en lo que va del siglo, se reconoció a regañadientes la razón de ser de los sectores campesinos, mal generalizados bajo la denominación de indígenas, cuyo reclamo ya no era reprimible del modo cruento en que lo fue en las goteras de Cuenca hace cerca de cien años.

Generaciones atrás, cuando el ciclo vital de los seres humanos no estaba marcado ni asegurado por el precio del petróleo, sino por la lenta sucesión de la siembra y la cosecha, por el florecimiento de los huertos y la dorada maduración de los trigales, no se cansaban los poetas cuencanos de cantarle a la madre tierra con fervor romántico. Movidos por otros entusiasmos, escribieron luego poemas memorables que condenaban la explotación del indio o exaltaban la maravilla de los dones frugales, sin que todo ello haya aliviado la indigencia humana. Pero consecuentes con esa tradición, las últimas generaciones, que odian el imperialismo, pero se nutren de hot dogs, visten sus marcas y bailan a su ritmo, aún nos deben una oda a los petróleos, un epinicio en honor de los mártires de su revolución o, por lo menos, una elegía a las quiebras bancarias.

Los tiempos han cambiado, se replicará. Eran épocas en las cuales la sociedad estuvo organizada alrededor de la tenencia de la tierra. Sus propietarios controlaban la economía, presidían las procesiones religiosas y trazaban el rumbo que debían de seguir las expresiones culturales. Es cierto que mantenían bajo control a la masa campesina para conservarla a su servicio, y que la vigilancia se extendía a la población urbana. Tenían, pues, el tiempo y los recursos para cantarle a lo que era el sustento de su vida. Los reclamos persistentes, los movimientos libertarios y las condiciones del propio desarrollo dieron al traste con aquella organización perversa. Los espacios mudaron de dueños, pero ello no ha menguado la indigencia humana.

Apagados los fuegos, apaciguados los rencores, podemos observar ahora que las revueltas de octubre fueron una leve anticipación de futuras reacciones mundiales en contra de una crisis global cuya atención compete a la propia supervivencia de la especie, amenazada por su inimaginable capacidad de autodestrucción. La redistribución de la riqueza, el acceso universal a una educación capaz de transformar en emprendedores a los meros consumidores, podrían ser medidas suficientes para aplazar la llegada del apocalipsis. No por el realismo mágico; por Zygmunt Bauman sabemos que tres hombres ricos del mundo poseen en conjunto ingresos equivalentes a varias decenas de países pobres del planeta.

 

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